Siouxsie and the Banshees – The Scream (1978)

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Mi primer contacto con Siouxsie fue a través de un videocasete Beta adquirido en el tianguis del Chopo. La filmación mostraba diversos grupos punk debutando en el legendario 100 Club de Oxford Street, corría el año 1976. Al observar la estética de aquellos músicos quedé fascinado: uñas pintadas de negro, alfileres de seguridad en la ropa, cabello de colores parado en punta, y sobre todo, esa actitud irreverente. Yo quería eso para mí, rebeldía y decadencia, así que añadí algunos elementos a mi propia imagen, era 1988.

Siouxsie tenía diecinueve años durante aquel festival a mediados de los años setenta. Era una jovencita oscura, maquillada en exceso, cuya voz inolvidable y presencia escénica hicieron que yo quedara automáticamente prendado de ella. Me convertí en un fanático incondicional. Con el fruto de mis domingos, chantajes a mis padres, súplicas a mi abuela fui comprando cada uno de sus discos: caros, importados, inaccesibles. Cabe mencionar que en ese tiempo no había internet y no teníamos el acceso a las cosas que tenemos actualmente, todo era más simple, más mágico, qué se yo.

El 19 de mayo de 1995 vino a México, tocó en el Auditorio Nacional y yo estuve ahí. El foro estuvo medio lleno, el conjunto promocionaba su álbum The Rapture, en mi opinión un trabajo flojo, poco innovador y muy apegado a las tendencias pop de los años noventa; nada de esto importó pues era para mí representaba un sueño cumplido. Yo tenía diecinueve años y Siouxsie treinta y ocho. Ella no era como la recordaba, o más bien como la había idealizado, ante mis ojos rebosantes de juventud la otrora sílfide había tornado en venerable matrona; tonterías de chiquillos, la mera verdad, y es que ese rasgo tan mío consistente en conceder a las mujeres propiedades fantásticas tales como infinita perfección, aptitudes para volar, hechicería, belleza sobrenatural, entre otras, constituye material de psicoanálisis y no ropa sucia para ventilar en público.

Sin más preámbulo les presento la reseña de uno de mis discos predilectos.

EL GRITO

Siouxsie and the Banshees fue una banda de rock británica, perteneciente al movimiento denominado post-punk, formada en el año de 1976. A pesar de ser contemporánea a los Sex Pistols y a The Clash, su estilo fue evolucionando de manera distinta al incorporar una estética más oscura y un sonido más cercano al rock alternativo a través de ritmos arriesgados y experimentación.

The Scream (El Grito) es el álbum debut de la banda, fue lanzado en noviembre de 1978, siendo bien recibido por la crítica y alcanzando el éxito comercial al obtener la posición número 12 en la lista de álbumes del Reino Unido; algo impensable según la filosofía propia del movimiento punk de aquellos años, pues incorporarse al sistema era una contradicción y un sacrilegio para los jóvenes de clase trabajadora; no había oportunidades ni un futuro esperanzador.

El lado A abre con “Pure”, un tema lento, algo tétrico, con una guitarra distorsionada, escasa percusión y los gritos de Siouxsie al fondo. Imaginemos la subida a las alturas en una montaña rusa antes de la primera caída: expectación, nudo en el estómago, ansiedad, la promesa cabal de que lo mejor está por venir. Continúa con “Jigsaw Feeling”, un tema vigoroso cuya letra trata de confusión y desconcierto, uno de mis preferidos. A lo largo del álbum los tópicos de las canciones varía, “Overground” habla acerca de la búsqueda de identidad, mientras “Carcass”, el único tema punk per se, aborda los derechos de los animales. El primer lado cierra con “Helter Skelter”, cover de los Beatles, una buena versión a pesar de ser el momento más flojo del disco.

El lado B abre con “Mirage”, un tema movido que deja al escucha, dada su brevedad, con ganas de más. Seguimos con “Metal Postcard (Mittageisen)”, una canción a ritmo pausado cuya letra habla de lo mecánico de la existencia misma y suena como la maquinaria de un reloj en funcionamiento. “Nicotine Stain” trata acerca del tabaquismo mientras “Suburban Relapse”, inspirada en la obra de J.G. Ballard, nos habla de perder la cordura dentro de la tranquilidad reinante en la zona residencial, no olvidando mencionar que las guitarras emulan los violines de la famosa escena de la regadera del filme Psicosis de Alfred Hitchcock. El álbum cierra con “Switch”, dividida en tres secciones en las que se plantean tres personajes, un científico, un médico y un sacerdote que intercambian trabajos con funestos resultados.

Es un trabajo fresco y atemporal de una banda que, similar al escritor inexperto, va buscando su estilo a base de ensayo y error. Se manifiesta como evidente el apetito por trascender, la originalidad, el talento, y el resultado está destinado a resistir la prueba del tiempo. No por nada Siouxsie and the Banshees influenciaron a un sinnúmero de artistas independientemente del género.

P.D. Les iba a dejar el audio de aquella legendaria presentación pero se escucha terrible. En su lugar les dejo “Carcass”.

Canciones de Rock

Hoy les ofrezco un ejercicio que desarrollé en mi clase de literatura infantil y juvenil. Es un relato fantástico. Este cuento viene a cuento en este espacio porque explica el origen de las canciones de rock. Espero sea de su agrado; si les gusta regálenme un comentario o denme una señal.

Canciones de Rock

Había una vez en la selva negra un alegre clavicordio que pastaba a la sombra de un árbol. Saciado, y francamente empachado, se echó sobre su lomo a dormir la comilona. Víctima de un sueño pesado comenzó a roncar y ese resuello tomó la forma de una melodía barroca. Roncaba tan, pero tan fuerte que el sonido se alcanzaba a escuchar en un pueblo cercano. Nada podía interrumpir su siesta; nadie se atrevía a tratar de moverlo para suavizar su respiración. Estaba muy cómodo: cabeza sobre una roca, patas estiradas, tapado hasta la nariz con una cobija de césped y flores. Era la viva imagen del descanso tanto que si te acercabas podías verlo sonreír, pero nadie se atrevía porque la gente le tenía miedo.

En el pueblo acababa de instalarse un trovador. Extrañado por esos acordes preguntó a sus vecinos qué era ese maravilloso sonido. “Es el ronquido de un artefacto del diablo”, le respondieron unos. “Es una sirena come hombres”, contestaron otros. “Es un monstruo que cayó del cielo”, terció un despistado. Nadie se ponía de acuerdo. Johann, pues así se llamaba el bardo, decidió emprender una expedición a fin de investigar el origen de aquella armonía y por qué no, mirar a la presunta criatura de pesadilla. Entonces corrió a casa, preparó sus cosas: una barra de chocolate, un pedazo de pan, papel pautado, lápiz y su laúd. Caminó hasta llegar al claro del bosque de donde provenían las fantásticas respiraciones; subió sigilosamente a una colina que permitía observar al misterioso durmiente desde una distancia razonable por si era necesario correr. Se acostó bocabajo, puso atención y se sorprendió del inusual aspecto de aquel extraordinario ser vivo. Era grande como un piano de cola, tenía las patas doradas y el resto del cuerpo moteado como una vaca lechera; no era feo, solo extraño, muy sonriente y dormilón; no se ajustaba a la apariencia que se había figurado a partir de las ideas de los lugareños. El roncador continuaba imperturbable mientras Johann sacaba lápiz y papel para transcribir graves, agudos y pausas. De pronto el engendro de marras despertó, abrió los ojos cuan grandes eran, enderezó la cabeza y se puso a olisquear el aire. Su mirada se encontró con la de un sorprendido Johann que no sabía cómo reaccionar. Decidió quedarse quietecito como si se tratara de un oso, no fuera a ser que aquel individuo se sintiera amenazado y además fuera carnívoro. El clavicordio se le acercó, con la trompa abrió la mochila, examinó con su olfato las pertenencias del campista y de un solo bocado devoró el pan y el chocolate. Johann se alejó sin darle la espalda; primero despacio, después más rápido. Corrió de regreso a su casa para encerrarse a tratar de olvidar el peligro al que había sobrevivido.

A la mañana siguiente ni siquiera las campanas de la iglesia sonaron para llamar a misa. Era domingo y generalmente el bullicio de los niños despertaba a todo el pueblo; algo estaba pasando. Johann abrió su ventana para encontrarse cara a cara con el clavicordio. Tartamudeando solo atinó a decir: “p-po-por f-favor no me h-hagas d-daño”. La criatura lo miró con sus grandes ojos y le dio tal lengüetazo que por poco lo hace caer de espaldas; Johann suspiró aliviado al percatarse que el supuesto ente diabólico era mansito. A partir de ese día, ambos personajes fueron los mejores amigos. El trovador le rascaba la panza al clavicémbalo, le lanzaba una bola de estambre y hasta le hacía cariñitos detrás de las orejas; el instrumento emitía a cambio música celestial: sonatas, suites, oberturas, todo dependiendo de su estado de ánimo. La gente le fue perdiendo el miedo al artefacto al ver que no mordía a las personas y que su carácter era amable al punto de volverlo mimoso e incluso faldero. Johann se iba a trabajar todos los días mientras su fiel amigo lo esperaba en la estación de trenes. Así fue durante muchos años. Ambos compañeros envejecieron; después Johann enfermó gravemente, los juegos cesaron y finalmente falleció. Sus paisanos velaron su cuerpo, pero no dejaron entrar a su inseparable camarada porque en la funeraria no permitían la entrada a los animales; después del entierro su amado clavecín fue al panteón y lloró inconsolable; emitió un tristísimo réquiem que conmovió a las estrellas; las nubes se tornaron negras. Un relámpago cruzó el firmamento y comenzó a llover a cántaros. Al principio se precipitaron pequeños discos de color plateado: los primeros cedés; después, vinilos de colores: negro, rojo, azul, ediciones limitadas numeradas a mano. Y pensar que las canciones de rock que hoy conocemos se originaron a partir de un suave ronquido.

David Bowie (1947 – 2016)

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Enero y febrero, desviejadero. Al escuchar esa frase pensé en muchas cosas: en viejitas odiosas que se quejan de los ruidos de sus vecinos, en octogenarias con la TV a todo volumen, en ancianos muertos hacía un tiempo y delatados por el olor. Nunca pensé en David Bowie. Las estrellas de rock no deberían morir jamás.

Si ese fuera el caso, podría suceder que llegue un día en que uno de nuestros cantantes favoritos falleciera, entonces nos rascaríamos la cabeza extrañados: yo pensé que fulano era una súper estrella, no lo era… murió o mengana apuntaba a la inmortalidad, ¿en qué se equivocó? Por un instante imaginé a Ludwig van Beethoven, sordo y aburrido, atrapado en un tiempo incomprensible.

En esta ocasión no haré una semblanza de la carrera de Bowie. Voy a honrar su memoria recordando momentos en los que mi vida y su música se vieron involucradas, así ustedes se ahorran leer datos de enciclopedia mientras yo escribo con absoluta libertad.

En mi casa, mis padres no eran aficionados al rock, al contrario, mi madre escuchaba música clásica, trova cubana, conjuntos españoles edulcorados; mi padre, por su parte, era seguidor de las modas pasajeras, consumidor de éxitos radiofónicos y de todo aquello que tuviera una descarada orientación comercial. Así que, como podrán imaginar, no crecí escuchando a David Bowie. Soy un fanático tardío, pero sincero. Me inicié con el Hunky Dory (1971) no por recomendación, sino porque era el único álbum de la tienda. Me enamoré y al poco tiempo me aprendí las letras. Después, con esfuerzo, compré todos sus discos hasta llegar al Earthling (1997).

Siempre me fascinó su capacidad para adaptarse a diversos estilos dependiendo de la época. Del maquillaje y las lentejuelas a los trajes a la medida. Del folk rock a la electrónica. Bowie fue una fuente inagotable de temáticas apropiadas a cada momento, un reflejo vivo de una sociedad cambiante: camaleón, visionario, genio, artista todo terreno.

Un amigo muy querido me introdujo al álbum Black Tie White Noise (1993) y me prestó un VHS con sus videos, lo puse hasta el cansancio. Se terminaba, le regresaba, lo volvía a poner. Lo memoricé como las oraciones de mi niñez. Hasta la fecha no olvido ni uno ni otras. Después llegó a mi vida el Outside (1995). Recuerdo que copié el CD en un cassette y lo traje en el coche durante mucho tiempo. Eventualmente el disco me lo robaron durante una fiesta; la cinta se trabó en el estéreo, al sacarla se le salieron las entrañas y tuve que desecharla. Nunca lo repuse y desconozco el por qué.

Un día anunciaron el concierto en México y fui con mi primer amor. Los teloneros brillaron por su pobreza en el escenario y una falta sensible de apoyo por parte del público. No fue su culpa, en realidad ¿quién podría abrir una presentación de semejante monstruo? El concierto fue inolvidable, David Bowie resultó un artista amable, cálido, sencillo y sin pretensiones. Un genio entregado a su trabajo. Mi novia se portó fatal -no le gustaba particularmente-, pero eso no impidió que yo lo disfrutara. Ya han pasado algunos años de eso; ahora son solo recuerdos.

Durante algún tiempo le perdí la pista a Bowie. Regresaba ocasionalmente a sus álbumes clásicos: mucho Honky Dory, mucho mucho Diamond Dogs (1974), de vez en cuando The Man Who Sold The World (1970) y un larguísimo etcétera. Lo retomé en The Next Day (2013), un trabajo oscuro, lleno de canciones tristonas, videos promocionales gris plomo, esa portada que de una u otra manera presagiaba el final.

Hace ocho días desperté para encontrarme con malas noticias: Bowie había muerto. Sin salir de la cama puse su último trabajo, Blackstar (2016). Me invadió la tristeza. Blackstar es una suerte de despedida, un álbum pesado, triste, un evidente contraste con otros más coloridos, sin dejar de ser una línea interesante para su epitafio. El maestro estaba enfermo, se nota, pero este hecho no opacó la calidad de su arte, pues éste constituye la cereza de ese impresionante pastel que fue su carrera y una invitación a la reflexión: vida, fragilidad y finitud. Un día estamos aquí, mañana ya no.

No nos despedimos realmente. Bowie se reintegra al universo desprendido del cuerpo físico. Si todos somos parte de un todo, entonces no se ha ido, estamos con él y en él, forma parte de nosotros mismos, siempre lo fue. Hasta pronto.

Descanse en paz.

 

 

 

 

Lemmy Kilmister (1945 – 2015)

Lemmy

Lemmy Kilmister se ha ido, su deceso cierra en definitiva uno de los capítulos más importantes en la historia del rock.

Lemmy representa en mi libro personal la figura del hombre que se negó a envejecer, vivió y murió bajo sus propios términos. Un ejemplo a seguir para todas aquellas personas deseosas de vivir hasta las últimas consecuencias. Sin frenos, sin obstáculos infranqueables. Solo Rock and Roll. Pasión sin límites y nada más.

Escandaloso e irreverente solo respondió a sus propios deseos; nadie pudo  someterlo a una obligación contractual, influir sobre su proceso creativo o manipularlo para buscar el éxito comercial. Participó en conjuntos de diversos estilos; a finales de los años sesenta, The Rocking Vickers y Sam Gopal; a principios de los años setenta, con la emblemática banda de space rock Hawkwind y finalmente, a finales de los setenta y principios de los ochenta en el proyecto que lo inmortalizaría: Mötorhead. Una carrera con incursiones en la psicodelia, el space rock, el punk y el heavy metal. Amigo íntimo de Ozzy, fue maestro e influencia de muchos -incluyendo a Dave Grohl- y colaboró con sus más connotados colegas; su participación en Probot fue inolvidable. También incursionó en el cine. Su legado es inmenso.

En mi opinión, Lemmy fue perdiendo el apetito, se encasilló en el personaje que él mismo creó instaládose desde hacía algunos años en la senilidad. Después de grabar algunos álbumes indispensables, continuó tocando lo mismo, siempre lo mismo, como un perro amaestrado. Algunos le llaman estilo, concuerdo con ellos, pero la falta de evolución mata y Lemmy llevaba muerto musicalmente al menos una década. Álbum tras álbum, a partir de los años noventa, su trabajo se tornó un manchón borroso en mi memoria, salvo por algunos momentos rescatables -los menos- y las grabaciones en vivo, pues la banda se distinguió por el derroche de energía en el escenario, la duración de sus recitales y su mítica conexión con el público.

Hay una estrella menos en la tierra y una más brilla en el firmamento de los grandes músicos. Descanse en paz.

Fundamentales: Sam Gopal – Escalator (1969), Hawkwind – Warrior on the Edge of Time (1975), como Mötorhead: Mötorhead (1977) -mi favorito-, Ace of Spades (1980) -el clásico indiscutible-, Inferno (2004) -quizá su mejor álbum en mucho tiempo- y desde luego, los discos en vivo No Sleep ‘till Hammersmith (1981) y Everything Louder Than Everyone Else (1999).

Les dejo un video de Sam Gopal de 1969, en el que aparece un joven Lemmy antes de que su carrera se convirtiera en la vorágine que todos conocemos.

The Cure – Japanese Whispers (1983)

cure japanese whispers

Hay veces que la nostalgia me invade y despierta en mí diversas sensaciones asociadas con la música de mi adolescencia. Discos maravillosos escuchados hasta el cansancio que después de varios años regresan a la mente. Se descubre uno tarareando algún tema, desempolva el disco, lo pone en el aparato y se lanza uno al precipicio del recuerdo. Un ejemplar que conocemos de memoria con la misma precisión que el camino al baño cuando uno se levanta a mitad de la noche con las luces apagadas.

Éste en particular me remonta a una época en que mi extrema timidez me impedía acercarme a las niñas y si lograba acercarme no me atrevía a invitarlas a salir, mucho menos a darles un beso. Un tiempo en que desgarbado daba vueltas dentro de mi habitación fumando como un poseso. En mi mente fantaseaba con todas las cosas que les diría si me atreviera, soñaba con situaciones llenas de romance mientras me retorcía al ritmo de la música porque además de ser un sujeto tímido también soy torpe con el cuerpo.

Siempre me hizo gracia el aspecto de Robert Smith: peinado alto y maquillaje, oscuro, misterioso y ligeramente andrógino. Él ha conservado su estilo a través de los años, pero éste no ha resistido con gallardía la prueba del tiempo. Hace un par de años pude constatarlo en el concierto que ofrecieron en nuestra ciudad. Smith ha ganado algunos kilos, se está quedando calvo como una muñeca desgreñada y su maquillaje lo hace verse más como una gorda borracha en situación de calle que como una estrella de rock. Lo que un día fuera la fachada de un vampiro es ahora la de la tía incómoda que se encuentra uno en las fiestas; una solterona a la que hay que huirle porque si te agarra no te suelta.

Dejando de lado estas consideraciones quiero hablarles de este álbum de The Cure, que más que un álbum es un compilado de diversos sencillos lanzados entre los años 1982 y 1983. En este tiempo la banda toma un camino diferente, dejando el estilo que la había caracterizado en los discos Seventeen Seconds, Faith y Pornography para tomar otro derrotero más cercano al pop, al new wave y a la electrónica conservando algunas reminiscencias del sonido que la hiciera famosa.

Destaca el intenso uso de sintetizadores, piano y percusiones eléctricas en una amalgama perfecta. Las letras podrían considerarse entre las mejores del grupo. Aunque el estilo de algunos de los temas presenta variaciones, indudablemente funciona con efectividad y contundencia. The Walk, por ejemplo, recuerda a las canciones de Depeche Mode en los años ochenta, mientras que Speak My Language y Love Cats, coquetean con el jazz en similitud con el soundtrack de la película de Los Aristogatos de Disney.

Un acierto de esta colección es su duración -27 minutos- que por breve no deja espacio para momentos aburridos o canciones de relleno, lo que hace de ésta un knockout en el sentido más estricto del término. Un disco que no te cansa dando vueltas innecesarias con algunos momentos memorables, sino que se vuelve una combinación de golpes brutal en cuanto a eficacia e inolvidable por necesidad.

Estamos frente a un clásico. Uno de mis discos preferidos de todos los tiempos al haberme acompañado durante mis años de formación. Calostro musical; entrañable como el peluche más amado o el juguete preferido. Aquellos que lo conocen probablemente coincidirán conmigo. Si no lo conoces quizá sea el momento de descubrir algo nuevo. Una joya atemporal y quintaesencia del post-punk.

Recomendable al 92%.

P.D. Vean que buen look tenía Robert Smith por aquel entonces. No se lo pierdan.

The Creatures – Boomerang (1989)

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Después de un largo día tengo la costumbre de quitarme los zapatos, echarme en el sofá de la sala y poner el ipod a tocar en orden aleatorio. No todo es romanticismo, no siempre estoy con ánimos de poner un disco en la tornamesa, darle la vuelta al terminar el lado A, poner el lado B, terminar, guardarlo en su funda y seleccionar lo que sigue; es entonces cuando la comodidad del mp3 se vuelve indiscutible.

De entre las 6772 canciones que tiene mi ipod -mis 6772 preferidas, por cierto- la selección automática puso un corte de The Creatures, proveniente de un álbum que tiene mucho significado para mí. Generalmente reseño descubrimientos recientes, maravillosos sin duda, pero muchas veces carentes de un vínculo emocional profundo conmigo mismo. Anoche tuve una súbita revelación: escribir sobre uno de los discos que han marcado mi vida y ver qué tan objetivo puedo ser al hacerlo.

En 1989 yo tenía catorce años de edad. El disco compacto estaba cobrando fuerza y las ediciones importadas eran algo prohibitivo. Mi madre me dijo cuando me compró mi primer cd que lo disfrutara mucho porque eran muy caros y no volvería a comprarme otro. Esa fue una promesa que por fortuna no pudo cumplir, pero esa es otra historia. Ahora bien, este disco llegó a mis manos porque mi abuelita me lo regaló -contraviniendo las instrucciones maternas- sin saber que éste me acompañaría hasta el día de hoy veintitantos años después.

Lo recuerdo bien, lo compramos en una tienda de la extinta cadena Zorba, específicamente en la sucursal de la Zona Rosa. Estaba en exhibición en una vitrina y le pedí que me lo mostraran. En ese tiempo los dependientes me miraban con cierto desdén, pues era un niño preguntón acompañado de una mujer mayor. Me fascinaban los escaparates de las tiendas de discos y hasta la fecha me siguen gustando. Siento que los discos me hablan a través de sus portadas -llévame a mí, no, a mí- y en este dialogo imaginario yo les respondo que lo siento mucho, pero no puedo llevármelos a todos. Quien lea estas líneas puede pensar no solo que estoy completamente loco sino que además soy un consumista irredento; puede que lo sea, no voy a discutir este punto.

En ese año el tema “Pluto Drive” sonaba incansable en la también extinta estación de radio Rock 101. En más de una ocasión me despertó esta canción, ya que en ese entonces yo tenía un reloj despertador que podías programar para que te despertara con la radio en lugar de un pitido nefasto. Además tenía la costumbre de poner la música a todo volumen en lo que me arreglaba, lo que en su momento fue una inagotable fuente de roces con mi madre. Adolescencia es una enfermedad que se quita con el tiempo, aunque algunos de nosotros nos estacionamos indefinidamente en esa etapa.

Anoche sonó “Pity”, otro de los cortes del álbum, provocándome una sensación agridulce, de profunda nostalgia y me puso a pensar en muchas cosas. Pensé en mi vida, pensé en mi abuela, pensé en mis amigos y en todo ese tiempo que jamás regresará. Me encanta, de eso se trata estar vivo, recordar el pasado y generar nuevos recuerdos. Estar agradecido al abrir los ojos un día más.

Muchos de ustedes se preguntarán: ¿y a qué hora empieza la reseña?, ahí voy, ahí voy. The Creatures es una banda británica, proyecto de Siouxsie y Budgie, ambos integrantes de la mítica Siouxsie and the Banshees. Una agrupación que deja de lado el punk de años anteriores para decantarse por un sonido más elaborado, experimental hasta cierto punto, en donde predominan el uso de instrumentos inusuales y una producción impecable.

Boomerang es el segundo álbum resultado de este proyecto y con toda probabilidad su trabajo mejor logrado no solo en términos de experimentación sino de composición. Una joya del post punk con elementos de la electrónica sin llegar a exagerar. Destaca el uso de percusiones exóticas, marimba, acordeón, armónica, instrumentos de viento en general y la voz de Siouxsie. Dentro de los dieciséis temas que conforman el disco, podemos encontrarnos con música de cabaret, pasajes con sabor latino, cadencias orientales y letras crípticas. Una obra de arte posmoderna, actual, vigente y atemporal; un buen punto de partida para todo aquel que quiera probar algo fresco e imperecedero.

Los invito a darle una oportunidad a un clásico cuyo destino solo puede ser sobrevivir el paso de los años. Si lo conoces, seguro coincides conmigo, si no lo conoces, no sabes de lo que te has perdido. Un trabajo tan inspirado no debe ser ignorado. Nunca es tarde, dale una oportunidad y te aseguro que no te arrepentirás.

Recomendable al 90%.

P.D. Si le pongo menos de nueve creo que no le hago justicia, si le pongo 10 pareceré un fanático exacerbado. Lo que si puedo decirte es que suena mucho mejor que la descripción hecha en esta reseña.

Carmen Maki – Adam And Eve (1969)

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Regreso al blog para encontrarlo como uno de esos departamentos que llevan mucho tiempo abandonados. Huele a cerrado y a ropa sucia. Sobre la mesa del comedor hay algunos platos con restos de comida; las hormigas recorren la cocina a sus anchas. Ambiente agrio, mal ventilado, las plantas se están muriendo y hay algo que huele mal en el refrigerador; a veces suceden estas cosas cuando uno tiene que salir intempestivamente y no se sabe cuándo se va a regresar.

Ha llegado el momento de ventilar, dejar que entre la luz del sol, lavar los trastes, tirar la comida podrida y regar las plantas. Retomar aquello que nos es propio y que representa un placer en nuestras vidas. Estoy de vuelta con la reseña de un álbum cuyo contenido provoca esa sensación de hacer lo que más nos gusta: disfrutar la vida.

De vez en cuando me aburro de la música que tengo en mi colección, busco novedades, algo que permita saciar por un instante esta avidez que me corroe. Lo encontré, otra vez lo encontré y me siento afortunado porque al final siempre lo encuentro. Necesito mi dosis de nuevas composiciones y la necesito ya. Algunos me considerarán un consumista, quizá lo sea, pero coleccionar discos me provoca una emoción indescriptible.

En esta ocasión se trata de Carmen Maki, una cantante hija de padre americano y madre japonesa. Una dulce voz acompañada de orquesta. Carmen canta suavecito; pasa de un susurro no exento de cierto componente erótico a partes habladas en un lenguaje que se antoja poético. Algunos de ustedes han de estar familiarizados con ella por su destacada colaboración con la banda de blues rock psicodélico Blues Creation -una de mis bandas preferidas, por cierto-, activa a finales de los años sesenta y principios de los setenta.

Adam and Eve, es el segundo larga duración de Maki como solista. Cantado en japonés, la falta de comprensión de las letras no demerita en nada el sentimiento que nos transmite: nostalgia y tristeza en un elegante envoltorio. Un disco que oscila entre el jazz y la música de películas, en esa tendencia de finales de los años sesenta en la que prevalecían los arreglos orquestales sobrios exquisitamente acompasados.

Un álbum variado al combinar armonías propias de la música occidental con elementos de la tradición musical japonesa. Por momentos nos hace recordar el estilo de Astrud Gilberto sin que ese parecido tenga algo de deliberado. El arpa, los violines, los coros y demás instrumentos nos logran trasladar a una época en que la música era creada para halagar los sentidos más que para cumplir con requerimientos comerciales; en esto radica su belleza. Estamos frente a una rara mezcla de jazz, gogó, pop extraordinario e incluso bossa nova: un abanico muy amplio ejecutado con maestría y cuyo resultado es en extremo efectivo.

A mí en lo personal me hizo recordar la pista de sonido de las animaciones japonesas de mi infancia, pensé también en las películas del cine noir de la década de los treinta. Tenebroso, nostálgico y lleno de misterio. Sombras en las estrechas paredes de un callejón, el sonido de unos tacones a lo lejos, gabardinas, sombreros ladeados y humo de cigarrillos; ambientes que podrían salir de las novelas de Raymond Chandler o Dashiell Hammett.

Recomendable para todos aquellos amantes de la música con especial predilección por las voces femeninas. Fresco como el día en que fue grabado. Un producto emocionante, atemporal y sobre todo vigente. Agradable para acompañar una tarde de lectura,  amenizar un domingo al amanecer o para disfrutarse en soledad con unos buenos audífonos y las luces apagadas. Una invitación a la reflexión y por qué no, a soñar.

Recomendable al 90%.

B.B. King (1925-2015)

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El día catorce del presente mes falleció una de las más importantes figuras en la historia de la música contemporánea: B.B. King.

King fue un músico de blues cuyo trabajo trascendió diversos géneros -blues eléctrico, rock blues y R&B, entre otros- e influenció a artistas importantes como Eric Clapton, Dr. John, Joe Bonamassa, John McLaughlin, Robert Cray, por mencionar algunos. En vida disfrutó de reconocimiento, admiración y era considerado uno de los más grandes guitarristas -si no el mejor- del siglo XX.

Músico prolífico, maestro de vida y filántropo, su carrera abarcó seis décadas. Se dice que a sus setenta años de edad todavía ofrecía alrededor de 300 conciertos al año. Todo un ejemplo de trabajo, esfuerzo, dedicación y amor a su profesión. En mi opinión figura a seguir independientemente de lo que se haga en esta vida, ya sea ingeniería industrial, derecho, contabilidad, matemáticas o poesía. Si se ama lo que se hace y se trabaja todos los días el éxito puede llegar cuando uno menos se lo espere.

Me dio mucha tristeza enterarme de su partida, pero estoy seguro de que ya necesitaba descansar. Quizá su cuerpo ya no esté entre nosotros, pero su espíritu permanece en sus grabaciones y en el oficio de sus discípulos. Cada vez que escuchemos un solo de guitarra debemos tener la certeza de que estamos escuchando un pedacito de B.B. King.

El rey ha muerto, larga vida al rey.

Descanse en paz.

P.D. El pensar que Lucille -su guitarra- no volverá a ser tocada por el maestro me conmueve y me lleva al borde de las lágrimas.

Beth Hart & Joe Bonamassa – Live In Amsterdam (2014)

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El sábado tengo una boda. Hace mucho que no me pongo un traje y tuve que comprar uno. Fui a una tienda departamental a elegir el más adecuado para el evento. Azul marino. Me mostraron dos o tres trajes, pero solo algunos eran de un color apropiado. Al parecer están de moda las telas brillosas, el azul tirando a morado y los botones tornasolados. Soy un dinosaurio que gusta de la moda estilo siglo XIX -ajeno a toda modernidad- con tendencia a usar más una vestimenta como aquella con la que enterraron a Abraham Lincoln que el disfraz de un mirrey.

Una vez elegido el traje comenzaron los problemas. Los cortes actuales están muy estilizados pensando en cuerpos dignos de portar ropa ceñida. Pantalones para piernas delgadas cuando uno es de muslo gordo como los de las modelos de los años cincuenta. No hay cabida para el sobrepeso en este cruel mundo de escandalosa delgadez. Después de sudar profusamente al probarme tres o cuatro trajes encontré el elegido. Dadas las proporciones de mi cuerpecito tuvieron que sacarle a los pantalones tanto como les fue posible a fin de que me quedaran. Hoy tengo que recogerlo, volvérmelo a probar y sudar bajo esas luces parecidas a las de una rosticería; todo con vistas a hacer una entrada triunfal en un salón como si fuera Paris Hilton o una de las Kardashian.

Lamentablemente, no te pueden vender el saco de un traje y los pantalones de otro. Esa era para mí la combinación ideal. Pantalones grandes y saco no tanto. Por un momento pensé alarmado que tendría que comprar mi ropa de ahora en adelante en tiendas de tallas extra grandes o peor aún, mandármela a hacer con fabricantes de carpas circenses o velas para barcos.

Cambiando de tema quiero hablar sobre la química en la mancuerna formada por Beth Hart y Joe Bonamassa, quienes con anterioridad a este álbum en vivo ya habían colaborado dos veces en el estudio. El trabajo de ambos individualmente es bueno -son muy prolíficos los dos-, sin embargo hay algo que les hace falta para consagrarse. Por un lado, Joe es un guitarrista con una técnica impecable y por el otro, Beth es una cantante cuya voz puede compararse con las de las grandes matronas del blues y el jazz. Imaginemos a Eric Clapton y a Etta James compartiendo el escenario, desde luego toda proporción guardada.

En mi opinión los discos de Bonamassa aunque excelentes en interpretación carecen de sentimiento, son fríos y parecen grabaciones hechas para dar cátedra de cómo se debe tocar la guitarra. Por otro lado, los discos de Hart exceden en sentimiento, pero aunque tienen su encanto se sienten un tanto flojos y poco inspirados. Me pongo a pensar en el saco y el pantalón de trajes distintos que puestos juntos le quedan perfecto al oído.

La presentación grabada para el álbum está formada a partir de canciones propias, algunos covers conocidos y otros más bien oscuros que fueran interpretados originalmente por estrellas de diversos géneros. Temas de Ray Charles, Tom Waits, Bill Withers, Al Kooper y Aretha Franklin, entre otros, son ejecutados con fuerza insuperable en un auténtico festín para los amantes del género. La selección es cuidadosa y el resultado dejará a más de uno con la boca abierta.

Acompañados por un conjunto de músicos en plena forma, una sección de vientos memorable y unos coros discretos, llevan a cabo una demostración de todo aquello de lo que son capaces; encantar a todo tipo de público y hacernos tararear algún pasaje mucho tiempo después. La calidad de grabación es extraordinaria y la única crítica que podría hacerle es la atenuación del audio al final de cada canción, aunque esto es un detalle mínimo que no le resta nada al producto final.

Me sorprende la calidad de los discos en vivo actuales. Cuando era adolescente una placa en concierto muchas veces era sinónimo de un sonido pobre, se trataba muchas veces de excelentes ejecuciones ensombrecidas por los gritos de los asistentes y un trabajo de consola deficiente. Ahora todo es distinto, me he vuelto un entusiasta de la música viva capturada para la posteridad, eso sí, sin cortes ni edición alguna.

Los invito a probarse este atuendo. A lo mejor no les queda, pero estoy seguro de que tampoco les apretará una vez puesto. Denme su opinión. ¿Les resulta muy entallado?, ¿les queda flojo de los hombros?, ¿es necesario recortarle las mangas?

Recomendable al 90%.

P.D. Ya quedó el traje y no tuve que untarme manteca en el cuerpo para entrar en él.

White Hills – Walks For Motorists (2015)

whitehillswalks

Ayer no pude comer en casa, decidí entonces comerme una hamburguesa en un puesto callejero. El cartel anunciaba distintas especialidades; sencilla, doble, con queso o tocino y hawaiana, además de papas fritas, aros de cebolla e incluso hotdogs. “¿Qué tan grandes son las hamburguesas?”, pregunté al encargado. “Tenemos siete tamaños y van desde treinta hasta mil setecientos cincuenta pesos”, respondió con autosuficiencia. No me molestó el tono en que se dirigió a mí al causarme mucha gracia el sarcasmo. “Un comerciante informal con aires de superioridad. Este es el lugar”, pensé.

En lo que el sujeto preparaba mis sagrados alimentos observé con detenimiento su local. Estaba limpio y ordenado, lo cual me pareció algo deseable para un lugar en donde manipulan comida. Entre latas de piña en almíbar había un gastado ejemplar de “Corazón: Diario de un niño”, de Edmundo de Amicis; una novelita cursi que me leía mi madre en voz alta antes de dormir. “Este comerciante además de pedante es un intelectual”, admití sorprendido. Con mayor razón disfruté de la dichosa hamburguesa porque mi interlocutor y yo teníamos algo en común. Ambos éramos lectores.

Llegué a casa decidido a olvidar este extraño incidente urbano. Me quité los zapatos y puse uno de mis más recientes descubrimientos: White Hills. Una banda neoyorkina cuyo estilo podría considerarse parte del movimiento neo psicodélico actual; futurista, progresivo, experimental entre rock y electrónica. Un exquisito coctel posmoderno. WH retoma aspectos interesantes del space rock al estilo de Hawkwind, post punk al estilo de Bauhaus, metal en toda la extensión del término e incluso elementos de los movimientos post rock y drone. Todo esto quizá no les diga nada, pero podríamos hacernos una idea de su trabajo si imaginamos a MC5 en anfetaminas, es decir, garage rock a un ritmo frenético.

Walks For Motorists es la más reciente producción de este dúo creativo, en la cual se conjugan cadencias hipnóticas, riffs de guitarra, distorsiones, reverberaciones y una voz que pareciera provenir de ultratumba. Nueve canciones plagadas de líneas de bajo e intenso sonido de sintetizadores en las que se retoman las improvisaciones de sus ancestros psicodélicos para ser mezcladas con música industrial. Percusiones programadas acompañan esta amalgama de elementos que a pesar de la descripción, y lo extraña que resulta, funciona muy bien.

Una vez más me sorprendo escribiendo acerca de un disco editado este año lo cual me llena de beneplácito. Habiendo tantas nuevas propuestas, algunas carentes de magia, disfruto encontrarme con algo fresco, enérgico y digno de comentarse. De esto se trata la vida, momentos inolvidables separados por otros que no lo son tanto. El quid del asunto es tratar en la medida de lo posible de encadenar esos eslabones mágicos. Este 2015 está resultando maravilloso no solo por sus proyectos musicales sino por lo el solo hecho de estar vivo.

Dale una oportunidad a esta placa y quedarás encantado, eso sí, no está pensada para débiles de corazón. Siente la sangre recorriendo los rincones del cuerpo a una velocidad alucinante. Punk para el siglo XXI. Solo resta atestiguar si está hecha para resistir los embates del tiempo o si se trata de una moda pasajera.

Recomendable al 88%.