Lemmy Kilmister (1945 – 2015)

Lemmy

Lemmy Kilmister se ha ido, su deceso cierra en definitiva uno de los capítulos más importantes en la historia del rock.

Lemmy representa en mi libro personal la figura del hombre que se negó a envejecer, vivió y murió bajo sus propios términos. Un ejemplo a seguir para todas aquellas personas deseosas de vivir hasta las últimas consecuencias. Sin frenos, sin obstáculos infranqueables. Solo Rock and Roll. Pasión sin límites y nada más.

Escandaloso e irreverente solo respondió a sus propios deseos; nadie pudo  someterlo a una obligación contractual, influir sobre su proceso creativo o manipularlo para buscar el éxito comercial. Participó en conjuntos de diversos estilos; a finales de los años sesenta, The Rocking Vickers y Sam Gopal; a principios de los años setenta, con la emblemática banda de space rock Hawkwind y finalmente, a finales de los setenta y principios de los ochenta en el proyecto que lo inmortalizaría: Mötorhead. Una carrera con incursiones en la psicodelia, el space rock, el punk y el heavy metal. Amigo íntimo de Ozzy, fue maestro e influencia de muchos -incluyendo a Dave Grohl- y colaboró con sus más connotados colegas; su participación en Probot fue inolvidable. También incursionó en el cine. Su legado es inmenso.

En mi opinión, Lemmy fue perdiendo el apetito, se encasilló en el personaje que él mismo creó instaládose desde hacía algunos años en la senilidad. Después de grabar algunos álbumes indispensables, continuó tocando lo mismo, siempre lo mismo, como un perro amaestrado. Algunos le llaman estilo, concuerdo con ellos, pero la falta de evolución mata y Lemmy llevaba muerto musicalmente al menos una década. Álbum tras álbum, a partir de los años noventa, su trabajo se tornó un manchón borroso en mi memoria, salvo por algunos momentos rescatables -los menos- y las grabaciones en vivo, pues la banda se distinguió por el derroche de energía en el escenario, la duración de sus recitales y su mítica conexión con el público.

Hay una estrella menos en la tierra y una más brilla en el firmamento de los grandes músicos. Descanse en paz.

Fundamentales: Sam Gopal – Escalator (1969), Hawkwind – Warrior on the Edge of Time (1975), como Mötorhead: Mötorhead (1977) -mi favorito-, Ace of Spades (1980) -el clásico indiscutible-, Inferno (2004) -quizá su mejor álbum en mucho tiempo- y desde luego, los discos en vivo No Sleep ‘till Hammersmith (1981) y Everything Louder Than Everyone Else (1999).

Les dejo un video de Sam Gopal de 1969, en el que aparece un joven Lemmy antes de que su carrera se convirtiera en la vorágine que todos conocemos.

Carmen Maki – Adam And Eve (1969)

carmen maki adam and eve

Regreso al blog para encontrarlo como uno de esos departamentos que llevan mucho tiempo abandonados. Huele a cerrado y a ropa sucia. Sobre la mesa del comedor hay algunos platos con restos de comida; las hormigas recorren la cocina a sus anchas. Ambiente agrio, mal ventilado, las plantas se están muriendo y hay algo que huele mal en el refrigerador; a veces suceden estas cosas cuando uno tiene que salir intempestivamente y no se sabe cuándo se va a regresar.

Ha llegado el momento de ventilar, dejar que entre la luz del sol, lavar los trastes, tirar la comida podrida y regar las plantas. Retomar aquello que nos es propio y que representa un placer en nuestras vidas. Estoy de vuelta con la reseña de un álbum cuyo contenido provoca esa sensación de hacer lo que más nos gusta: disfrutar la vida.

De vez en cuando me aburro de la música que tengo en mi colección, busco novedades, algo que permita saciar por un instante esta avidez que me corroe. Lo encontré, otra vez lo encontré y me siento afortunado porque al final siempre lo encuentro. Necesito mi dosis de nuevas composiciones y la necesito ya. Algunos me considerarán un consumista, quizá lo sea, pero coleccionar discos me provoca una emoción indescriptible.

En esta ocasión se trata de Carmen Maki, una cantante hija de padre americano y madre japonesa. Una dulce voz acompañada de orquesta. Carmen canta suavecito; pasa de un susurro no exento de cierto componente erótico a partes habladas en un lenguaje que se antoja poético. Algunos de ustedes han de estar familiarizados con ella por su destacada colaboración con la banda de blues rock psicodélico Blues Creation -una de mis bandas preferidas, por cierto-, activa a finales de los años sesenta y principios de los setenta.

Adam and Eve, es el segundo larga duración de Maki como solista. Cantado en japonés, la falta de comprensión de las letras no demerita en nada el sentimiento que nos transmite: nostalgia y tristeza en un elegante envoltorio. Un disco que oscila entre el jazz y la música de películas, en esa tendencia de finales de los años sesenta en la que prevalecían los arreglos orquestales sobrios exquisitamente acompasados.

Un álbum variado al combinar armonías propias de la música occidental con elementos de la tradición musical japonesa. Por momentos nos hace recordar el estilo de Astrud Gilberto sin que ese parecido tenga algo de deliberado. El arpa, los violines, los coros y demás instrumentos nos logran trasladar a una época en que la música era creada para halagar los sentidos más que para cumplir con requerimientos comerciales; en esto radica su belleza. Estamos frente a una rara mezcla de jazz, gogó, pop extraordinario e incluso bossa nova: un abanico muy amplio ejecutado con maestría y cuyo resultado es en extremo efectivo.

A mí en lo personal me hizo recordar la pista de sonido de las animaciones japonesas de mi infancia, pensé también en las películas del cine noir de la década de los treinta. Tenebroso, nostálgico y lleno de misterio. Sombras en las estrechas paredes de un callejón, el sonido de unos tacones a lo lejos, gabardinas, sombreros ladeados y humo de cigarrillos; ambientes que podrían salir de las novelas de Raymond Chandler o Dashiell Hammett.

Recomendable para todos aquellos amantes de la música con especial predilección por las voces femeninas. Fresco como el día en que fue grabado. Un producto emocionante, atemporal y sobre todo vigente. Agradable para acompañar una tarde de lectura,  amenizar un domingo al amanecer o para disfrutarse en soledad con unos buenos audífonos y las luces apagadas. Una invitación a la reflexión y por qué no, a soñar.

Recomendable al 90%.

White Hills – Walks For Motorists (2015)

whitehillswalks

Ayer no pude comer en casa, decidí entonces comerme una hamburguesa en un puesto callejero. El cartel anunciaba distintas especialidades; sencilla, doble, con queso o tocino y hawaiana, además de papas fritas, aros de cebolla e incluso hotdogs. “¿Qué tan grandes son las hamburguesas?”, pregunté al encargado. “Tenemos siete tamaños y van desde treinta hasta mil setecientos cincuenta pesos”, respondió con autosuficiencia. No me molestó el tono en que se dirigió a mí al causarme mucha gracia el sarcasmo. “Un comerciante informal con aires de superioridad. Este es el lugar”, pensé.

En lo que el sujeto preparaba mis sagrados alimentos observé con detenimiento su local. Estaba limpio y ordenado, lo cual me pareció algo deseable para un lugar en donde manipulan comida. Entre latas de piña en almíbar había un gastado ejemplar de “Corazón: Diario de un niño”, de Edmundo de Amicis; una novelita cursi que me leía mi madre en voz alta antes de dormir. “Este comerciante además de pedante es un intelectual”, admití sorprendido. Con mayor razón disfruté de la dichosa hamburguesa porque mi interlocutor y yo teníamos algo en común. Ambos éramos lectores.

Llegué a casa decidido a olvidar este extraño incidente urbano. Me quité los zapatos y puse uno de mis más recientes descubrimientos: White Hills. Una banda neoyorkina cuyo estilo podría considerarse parte del movimiento neo psicodélico actual; futurista, progresivo, experimental entre rock y electrónica. Un exquisito coctel posmoderno. WH retoma aspectos interesantes del space rock al estilo de Hawkwind, post punk al estilo de Bauhaus, metal en toda la extensión del término e incluso elementos de los movimientos post rock y drone. Todo esto quizá no les diga nada, pero podríamos hacernos una idea de su trabajo si imaginamos a MC5 en anfetaminas, es decir, garage rock a un ritmo frenético.

Walks For Motorists es la más reciente producción de este dúo creativo, en la cual se conjugan cadencias hipnóticas, riffs de guitarra, distorsiones, reverberaciones y una voz que pareciera provenir de ultratumba. Nueve canciones plagadas de líneas de bajo e intenso sonido de sintetizadores en las que se retoman las improvisaciones de sus ancestros psicodélicos para ser mezcladas con música industrial. Percusiones programadas acompañan esta amalgama de elementos que a pesar de la descripción, y lo extraña que resulta, funciona muy bien.

Una vez más me sorprendo escribiendo acerca de un disco editado este año lo cual me llena de beneplácito. Habiendo tantas nuevas propuestas, algunas carentes de magia, disfruto encontrarme con algo fresco, enérgico y digno de comentarse. De esto se trata la vida, momentos inolvidables separados por otros que no lo son tanto. El quid del asunto es tratar en la medida de lo posible de encadenar esos eslabones mágicos. Este 2015 está resultando maravilloso no solo por sus proyectos musicales sino por lo el solo hecho de estar vivo.

Dale una oportunidad a esta placa y quedarás encantado, eso sí, no está pensada para débiles de corazón. Siente la sangre recorriendo los rincones del cuerpo a una velocidad alucinante. Punk para el siglo XXI. Solo resta atestiguar si está hecha para resistir los embates del tiempo o si se trata de una moda pasajera.

Recomendable al 88%.

Krokodil – An Invisible World Revealed (1971)

krokodil - invisible world

Cuando era niño recuerdo largas jornadas en el asiento de atrás del coche, en realidad no se si eran tan prolongadas, pero a esa edad uno tiene otra perspectiva respecto del tiempo. Un paseo en carretera podía parecer eterno, cumplir cuarenta años algo como de otra galaxia y el adquirir las responsabilidades de la vida adulta impensable. A mí nunca me va a pasar, lo juro -pensaba en mi fuero interno- y heme aquí experimentando todo aquello reservado para los grandes.

En esos paseos estaba expuesto a la música de mis padres sin posibilidad de opinar al respecto. Por parte de mi madre era la obra de Bach, algunas piezas de Vivaldi o Schubert, sin olvidar por supuesto a Serrat o los éxitos de los conjuntos españoles de bonitas armonías vocales y letras deprimentes. En el caso de mi padre, siempre eran canciones salidas de las listas de popularidad en inglés y español al estilo de Gloria Estefan con Miami Sound Machine, Wham!, Wilfrido Vargas o Juan Gabriel.

Desde aquel tiempo me sentí más atraído a la música en inglés, algunas veces se me pegaban uno o dos éxitos e intentaba cantarlas como buenamente podía; siempre confiando en mi rudimentario entender ladraba las canciones como un cachorro alegre y despreocupado. En ese momento poco me importaba la opinión de los demás, solo quería disfrutar del ritmo, entonces resulta penoso crecer para dejar atrás la inocencia y vivir inmerso en un mundo en el que aprenderse las letras, y cantar con propiedad, se vuelven obligación.

Tengo para ustedes una auténtica joya cuya rareza solo aumenta su encanto. Entremos en materia…

Acabo de descubrir a Krokodil, quienes son posiblemente el secreto mejor guardado de la Europa continental durante los años setentas. Una banda de blues con una interesantísima evolución hacia la psicodelia flirteando descaradamente con el jazz y los sonidos étnicos de la India. Largas piezas instrumentales llenas de elegancia capaces de erizarnos los vellos del cuerpo, ponernos la carne de gallina y elevar nuestra presión arterial a niveles insospechados.

An Invisible World Revealed es el tercer álbum de la banda; en él dejan atrás su sonido bluesero para incorporar flauta, órgano mellotrón, tabla hindú y una exótica cítara con apariciones ocasionales en algunos de los temas. Las voces son un añadido hipnótico más propias de un sueño que de una banda acostumbrada a tocar en estadios. En algún punto se escucha un narrador, una suerte de poeta con un mensaje fantástico preámbulo de un cambio de ritmo espectacular.

Un trabajo emocionante que lleva tres vueltas a medida que voy escribiendo al respecto, le encontré un detalle aquí y allá que antes me pasó desapercibido; me estoy enamorando y no pienso meter las manos. Debo decirles que no es fácil sorprenderme, pero es un panorama tan vasto el de la música que tengo la certeza de que existen muchísimas cosas para mí y que solo es cuestión de tiempo para descubrirlas.

Muchos melómanos coleccionistas podrán decirme que se escucha mejor en vinil, coincido con ellos, pero esta reedición en disco compacto trae tres extras que valen muchísimo la pena. El verdadero aficionado es muy dado a tener ambas versiones, así como promocionales, ediciones de otros países, portadas alternativas, etc. Para aquellos que critican el coleccionismo extremo o casi profesional de algunos de mis más respetados congéneres, puedo decirles que nunca tendremos suficiente de lo que nos gusta, pues algunos llegamos a renunciar a la comida a cambio de una nueva emoción musical.

Si no conoces a la banda llegó el momento de hacerlo. Estamos frente a un trabajo impresionante incapaz de defraudar al escucha más exigente. Desde los primeros acordes te sientes como cuesta arriba en una montaña rusa a la expectativa de un viaje emocionante digno de repetirse, yo al menos no pude reprimir un gritito la primera vez. ¿Coincidimos?

Recomendable al 92%.

Daevid Allen (1938-2015)

daevid allen

El día de hoy abrí los ojos y como buen adicto a las redes sociales -un hábito a eliminar en mi vida-, revisé mi teléfono para descubrir el fallecimiento de uno de los grandes. Un día triste para el mundo de la música. Se cumple nuevamente la única certeza que tenemos desde el nacimiento, nuestra eventual desaparición. Regresar al polvo, reintegrarnos con el universo.

Daevid Allen fue poeta, escritor, músico y aventurero. Un auténtico beatnik. Nacido en Australia, descubre el trabajo de la Generación Beat en una librería e inspirado decide emprender un viaje a través de Europa al estilo de Jack Kerouac. Abandona su tierra natal para instalarse en París en 1960. Se codea con Allen Ginsberg y William S. Burroughs, funda su primer conjunto de free jazz, el Daevid Allen Trio.

Pasado un tiempo decide cambiar de escenario trasladándose a Inglaterra. En Canterbury -famoso por su escena musical- traba amistad con Robert Wyatt, juntos fundan Soft Machine en 1966 y dejan una profunda huella en la historia del rock progresivo. Acto seguido salen de gira por todo el continente. Al regresar le impiden la entrada al Reino Unido por exceder el tiempo permitido en su estancia anterior.

En mayo de 1968 protesta en París. Recita poesía, entrega osos de peluche a las fuerzas represoras durante las manifestaciones. Causa gracia entre la gente por su anticuado atuendo beat. Perseguido por las autoridades llega a Mallorca donde publica el primer álbum de Gong, el mítico Magick Brother.

Durante los siguientes años, graba intermitentemente unos discos en solitario y otros con Gong. Destacan Banana Moon (1970) y Camembert Electrique (1971), ambos con dicha banda, así como Good Morning (1976) y Now Is The Happiest Time Of Your Life (1977), en solitario. Todos álbumes importantes, vanguardistas e inolvidables.

Llegados los años ochenta trabaja al lado de Bill Laswell en el proyecto New York Gong, añadiendo influencia punk a la ecuación que venía desarrollando. Continua con una larga serie de proyectos como son Invisible Opera Company Of Tibet, Brainville, Magic Brothers, entre otros.

Regresa a Australia. Ofrece conciertos, lectura de poesía y performances variados. Junto con su hijo y algunos miembros de Acid Mothers Temple -conjunto psicodélico japonés- crea Acid Mothers Gong. Improvisación y genialidad.

En 2006 se reúne Gong en Ámsterdam.

Todavía el año pasado publicó junto con Gong el álbum I See You, para muchos el mejor disco de la banda desde los años setenta.

Hasta que nos lo arrebató el cáncer. Por fortuna deja tras sí una imponente discografía. Material para disfrutarse y escribir durante años por venir. Procuro no preguntar por qué no se mueren los artistas desechables deseando que mis preferidos vivan para siempre, aunque lo pienso. No se puede uno rebelar contra la promesa implícita que acompaña a nuestro alumbramiento.

Descanse en paz.

Tyrannosaurus Rex – Prophets, Seers & Sages: The Angels of the Ages (1968)

trex - prophets

En una ocasión, vagabundeando en la tienda de discos cercana a mi casa, me sucedió un incidente o más bien, una serie de incidentes. Vestía yo una playera polo color azul rey similar a la del uniforme de sus empleados. No idéntica. Si mirabas con atención podías percatarte de la diferencia. Confusión. Debo tener cara de buena gente porque dos o tres clientes empezaron por preguntarme sobre sus discos, esperando que me dirigiera a la computadora para investigar. Al primero le informé que yo no trabajaba ahí. Después se me acercó una señora a la que ni siquiera voltee a ver. Pasado un rato, se me acercó otra que en tono pedante me preguntó sobre música de banda. La miré y le dije señalando a un punto indefinido, búsquelos por allá. Se enojó muchísimo. Me amenazó con llamarle al gerente. Hágale como quiera. Acto seguido se fue y regresó con un personaje de corbata, el que le informó que yo era un cliente al igual que ella. Se enfureció al grado de recordarme a mi progenitora.

Ese tipo de groserías las tomo a la ligera. Inventé una madre ficticia capaz de recibir toda clase de insultos. Una entidad resistente a las mentadas. Me va mucho mejor así, lo que no quiere decir que viva yo inmerso en situaciones incómodas o en perpetua confrontación con los demás. Escudo mis sentimientos detrás de esta férrea abstracción.

Dejémonos de palabrería insulsa. Hablemos de música.

Siempre he tenido una relación amor-odio con Marc Bolan y su obra. Como la mayoría de las personas lo conocí a través de su proyecto T.Rex. A mi gusto una fórmula practicada hasta el cansancio como un perro que solo sabe hacer un truco, verlo hacer “el muertito” es gracioso, pero a la cuarta o quinta vez ha perdido el chiste, la espontaneidad. Solo le pediremos que lo haga cuando tengamos visitas que no lo conozcan o para cuando estemos aburridos cada veintinueve de febrero.

Marc Bolan fue una súper estrella. Un ídolo contemporáneo a David Bowie. Se dice que ambos viajaban en un autobús, bajaron juntos en la misma parada, al primero lo asediaban las admiradoras, mientras el segundo pasaba desapercibido. Las cosas cambiarían drásticamente, pero esa es una historia distinta.

Bolan inicia su carrera a mediados de los años sesenta en la banda de rock psicodélico John’s Children. En 1967 funda Tyrannosaurus Rex junto con Steve Peregrin Took, formando un dúo folk acústico con influencias hindúes en las percusiones. Un producto en extremo apropiado para la época. Me intriga que le haya puesto el nombre de tan temible dinosaurio a su proyecto siendo poeta, bailarín de suaves movimientos e incluso algo afeminado.

Este periodo de su carrera fue fresco y auténtico. Con la fama siento que se fueron acentuando su amor por el dinero y sus ganas de escucharse en la radio queriendo complacer a un público cada vez más escaso. Su fin se veía venir a partir de su incapacidad para renovarse, así como del miedo terrible que tenía a evolucionar. Un día conectó una guitarra eléctrica en el escenario, lo abuchearon y se desanimó.

Prophets es su segundo álbum. Lanzado en 1968, llegaría a las listas de popularidad mucho tiempo después. Guitarras acústicas, poesía, la voz característica de Bolan  acompañada de instrumentos de percusión, bongos, tambores africanos, el kazoo y un gong chino. La producción estuvo a cargo de Tony Visconti, nada más ni nada menos. Un trabajo delicioso. Los años sesenta bien podrían estar dignamente representados en esta grabación.

Las letras hablan de amor, juguetean con temas esotéricos y el ocultismo. Magia, lejano oriente, astros en constante movimiento. Vale la pena. Nuestro héroe publicó un poemario con un moderado éxito editorial -en aquél tiempo- y buenas críticas por parte de los especialistas.

A este disco regreso con cierta frecuencia. Me pongo a pensar qué sería de Bolan si todavía estuviese entre nosotros. ¿Habría evolucionado finalmente o se habría quedado estancado como un enorme lagarto prehistórico?. Es como un fósil atrapado en lo más profundo de la tierra deseando ser redescubierto ahora, esperando en completa soledad y silencio. Es el extremo de un hueso asomándose entre la hierba. Un legado ignorado por la mayoría con el que puedes tropezar si no te fijas por dónde caminas.

Recomendable al 82%.

P.D. Su verdadero nombre no era Marc Bolan. Su pseudónimo provenía de la unión de nombre y apellido de uno de sus grandes ídolos, Bob Dylan.

Grateful Dead – American Beauty (1970)

GD - American Beauty

Platicaba con mi madre acerca de toda clase de cosas cuando seria me dijo”¿cómo es que no has escrito sobre mi banda preferida?”, a lo que yo respondí con otra pregunta “¿de quienes estás hablando?”. La respuesta me sorprendió sobremanera, “ay mijito, de los Grateful Dead”. No esperaba esa respuesta -yo creía conocerla-, entonces tosí con violencia el pedazo de muégano que compartíamos.

Me pareció algo muy raro porque nadie que la conozca podría afirmar su fanatismo por el conjunto en cuestión. Tuve que preguntarle muchas cosas y las respuestas me dejaron sin palabras. Ella me contó que a finales de los sesenta había vivido en una comuna hippie en los Estados Unidos. Siguiendo esa misma línea de pensamiento con soltura relató un supuesto encuentro que tuvo con Jerry Garcia alrededor del fuego en las praderas de Wyoming. ¡Válgame Dios!

Las dudas empezaron a agolparse en mi mente. Atando cabos llegué a algunas conclusiones. Siempre quise saber por qué mi segundo nombre es “viento”, ahora me lo explico. Inmediatamente le pregunté si Jerry Garcia era mi padre a lo que me respondió cariñosamente “no seas tontito, tu papá es tu papá… si fueras hijo de Jerry ya hubiéramos visto el modo de aislar tu ADN y tratar de replicar al genio”. Me quedé helado y a mí regresaron recuerdos aparentemente olvidados. “Con razón el olor a pachuli cuando me abrazaba”, pensé para mis adentros.

Confesó haber fumado marihuana con asiduidad y experimentado viajes con alucinógenos, describiendo a grandes rasgos una vida desenfrenada de juventud. Hizo mucho hincapié en que nada de esto afecta el amor que siente por mí. Menos mal, ya me estaba preocupando. Acto seguido me habló de las dulzuras del amor libre, la libertad individual por encima de los valores de la colectividad y la armonía con la naturaleza. No podía respirar, estaba al borde del desmayo, cuando le pedí que me pellizcara para cerciorarme si estaba soñando, soltó una carcajada.

A la luz de todas estas revelaciones, quise saber qué álbum preferiría en mis reseñas. “American Beauty”, repuso con una amplia sonrisa y el reflejo del sol en sus ojos. ¡Qué pregunta la mía! -debí imaginármelo-, si se trata de un clásico indiscutible, celebrado por la crítica y aplaudido por los fanáticos. La quintesencia del espíritu americano.

Ahora bien, AB es el sexto álbum de este conjunto californiano. Retoma las ideas plasmadas en su predecesor, el mítico Workingman’s Dead, con una mezcla de bluegrass, folk, rock and roll y sobretodo mucho country. Un trabajo equilibrado, rebosante de armonías vocales suaves y un tratamiento instrumental refinado. Se dice que durante ese año era imposible no escucharlo, pues algunos cortes tuvieron promoción en las estaciones de radio de su país.

En esta ocasión, las letras son de Robert Hunter, afamado poeta, compositor, traductor y letrista, discípulo y colaborador de Bob Dylan. Su autoría puede encontrarse en algunas de las canciones más representativas de la banda. Dada la importancia del legado de los Grateful Dead podemos afirmar sin temor a equivocarnos que se trata de un pedazo importante de la cultura popular americana comparable al pastel de manzana, al béisbol, a la Coca Cola o las hamburguesas con queso.

Durante el periodo de grabación diversas personalidades iban y venían dentro del estudio. Integrantes de Jefferson Airplane, así como David Crosby, Neil Young, Graham Nash e incluso Carlos Santana improvisaron con los Dead, influenciando de una u otra manera el momento que fuera capturado para la posteridad. Este escenario por sí mismo podría constituir la fantasía más húmeda de los amantes del rock de la Costa Oeste y un pasaje histórico digno de recordarse.

En definitiva este disco es el medio ideal para aproximarse a la banda. Accesible, pegajoso, inolvidable. La mandolina es un gran detalle. Resulta natural tararear. Una vez que deja de sonar permanece en la memoria durante mucho tiempo. Me acompaña y en ocasiones regreso a él. Por favor, no le digan a mi madre porque si se entera me voy a hacer acreedor a un “te lo dije”.

Recomendable al 90%.

P.D. Mi mamá cariñosamente me aclaró que no se les llama fanáticos a los seguidores de GD. Se les llama Dead Heads. Por un segundo largo me sentí un completo ignorante.

Bulbous Creation – You Won’t Remember Dying (1969)

bulbous creation

Nuevamente ha caído en mis manos un clásico obscuro de fina manufactura, pieza exquisita y documento representativo de una era de intensa experimentación. Un hallazgo similar a encontrarse un billete de quinientos pesos en un pantalón que hace mucho uno no se ponía o encontrar un objeto (muy querido) que considerábamos perdido al mudarnos de casa. Una muy agradable sorpresa. El tipo de acontecimiento que alimenta el apetito desmedido del melómano coleccionista.

Se dice que la banda proviene de Kansas, Estados Unidos, pero en realidad no hay fuentes fidedignas para corroborar esta información. La funda del disco no aporta nada más allá de una breve y quizás imprecisa descripción del estilo contenido en el mismo. Puedo decirles que todo lo que sabemos proviene de una etiqueta adherida al celofán.

Este trabajo lleva por título You Won’t Remember Dying y hace las veces de álbum debut. Consiste en grabaciones hechas entre los años 1969 y 1970, en el legendario estudio Cavern Sound en Missouri, pero por alguna razón que escapa a mi entendimiento no fue lanzado hasta 1994. Estamos ante una placa rescatada del olvido, desempolvada y sacada de los anaqueles de una disquera más bien pequeña encajando a la perfección en el término subterráneo. Ya podía considerarse una antigüedad en los años noventa, pero en la actualidad para muchos podría ser una muy valiosa obra de arte atemporal.

La música es una especie de heavy metal primigenio. Blues pesado con una profunda veta psicodélica. Dos vocalistas con voces intercaladas, guitarra distorsionada, armónica a juego, pasajes extensos en los que prevalecen los ritmos hipnóticos y un súbito cambio de ritmo que sorprenderá a más de uno. Un órgano memorable. Música formada a ratos por momentos inolvidables y otros francamente insulsos, una combinación similar a la vida misma en la que no todo es bueno ni malo. Quiero precisar que la vida hay que vivirla todos los días para descubrirla y siempre será memorable en la medida que la experimentemos con una mente abierta y una fuerte dosis de buena disposición.

Las letras tratan temas variados que incluyen la guerra, la heroína y Satanás. Nada nuevo bajo el sol. Letra y música embonan con precisión como piezas de relojería. Si la temática fueran conejitos, praderas cubiertas de flores o fuentes de agua cristalina debo confesarles que no creería ni media palabra de lo que se habla -sobretodo con este siniestro acompañamiento-, aunque pensándolo bien, eso sí que sería psicodelia, pero en una versión vegana y libre de gluten, acorde a estos tiempos modernos.

Hay un pequeño detalle que a mí me gustó particularmente y que consiste en la inclusión de un cover del clásico de T-Bone Walker “Stormy Monday”, una de mis canciones predilectas de todos los tiempos. Interpretada por muchos a lo largo de los años, esta versión tiene su encanto al sonar sincera y sin pretensiones.

Dale una oportunidad y si llegas a ver una copia, no la dejes ir.

Recomendable al 87%.

Truth and Janey – No Rest For The Wicked (1976)

truth and janey - no rest for the wicked

Todos los conjuntos musicales de la historia empiezan invariablemente con la reunión de dos buenos amigos. En la escuela hacemos nuestras primeras amistades y en muchas ocasiones, la música es un punto en común capaz de dar origen tanto a las relaciones interpersonales más profundas de nuestras vidas como a las discusiones más bizantinas. “Este grupo es bueno, aquél no, nosotros escuchamos lo que verdaderamente vale la pena y ustedes no”, en fin, criticamos duramente los gustos de aquéllos que no nos caen bien o emitimos juicios de valor partiendo muchas veces de las premisas más absurdas del tipo: “tal cantante sólo es para las niñas”, “esos le gustaban a mis papás”, “esa es música para panchitos”, etc., siempre despreciando y al hacerlo perdemos la oportunidad de conocer un poco más.

Ahora bien, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que los conjuntos surgen a partir de la amistad de dos melómanos y uno de ellos, invita a un amigo. Unas bandas tocan covers solo para divertirse -muchas veces carentes de talento-, mientras otras revolucionan la historia de la música. En algún momento de mi propia vida, tuve un conjunto de rock y pasado un tiempo, me percaté que no cambiaríamos el rumbo de este maravilloso arte, y es esta amarga conclusión la que me empujó hacia la idea de que lo más conveniente era abandonar ese sueño de juventud y estudiar una carrera universitaria convencional.

Truth & Janey fue una banda de Iowa formada en los años setenta. El principio de dos amigos con intereses similares estaba presente. Originalmente quisieron nombrar a la banda solo Truth, en honor a un álbum de Jeff Beck, pero al poco tiempo se dieron cuenta que ya existía otra agrupación con ese mismo nombre. Entonces deciden agregarle el apellido de Billy Janey, uno de los integrantes del conjunto y así quedaría el nombre en definitivo. Me hace recordar cuando yo mismo tenía mi banda de adolescente y solo podía emular a mis héroes en los nombres que venían a mi mente, algo del estilo: ¿Por qué no le ponemos Metálica o MC6? y recibir por respuesta: “esos ya existen, güey”, a lo que yo alegaba: “pero si los nombres se escriben diferente”, en más de una ocasión recibí una negativa acompañada de una serie de aspavientos por parte de mis compañeros de grupo.

La banda grabó un par de sencillos a principios de los setenta, pero hasta 1976 entran a un estudio a trabajar sobre su álbum debut. Desesperados al no obtener un contrato de grabación, terminan financiando su propio disco, cuyo tiraje inicial de mil copias se agotó rápidamente entre sus dedicados fanáticos y seguidores locales. Estamos hablando de Iowa y sus alrededores, giras que no se alejaban suficiente de casa, siempre a la deriva y en espera de una gran oportunidad. Llenaban sin lugar a dudas aquellos recintos para los cuales eran contratados si es que la suerte los asistía.

Pero hablemos de su sonido, imaginemos un power trio en la vena de Cream, Jimi Hendrix Experience y similares. Ahora hay que situarlos en la corriente adecuada, dentro de la psicodelia y el garaje rock, en lo que yo definiría como rock puro y duro, sin adornos de producción ni tomas subsecuentes, una auténtica patada en la cara plagada de un talento capaz de enchinar la piel. Una auténtica gema en bruto, piedra y destellos fascinantes. Un secreto celosamente guardado. Es más, si en un diccionario musical se buscara definir a T&J estarían bajo el término underground.

La guitarra rítmica es impresionante y los largos pasajes con tintes progresivos hacen evidente la cualidad hipnótica de la música. Es una pena que no hayan sido mucho más famosos, afortunadamente fueron lo sólido que se requiere para resistir el paso del tiempo hasta nuestros días y llegar con una copia a nuestras manos. Cuando me los recomendaron tuve mis dudas, sobretodo por lo desconocido y por el precio, pero opté por darles una oportunidad y no me arrepiento, lo pagaría una vez más y quizá con un extra ahora que se de qué se trata. En verdad tengo mucho que aprender.

Si te gusta Ted Nugent, esto es para ti, si lo tuyo es Budgie o la banda australiana Buffalo, debes darles una oportunidad. A mí me han acelerado el pulso y contigo lo harán también. Glorioso. Hard rock de excelente manufactura hecho con el mismo material con el que están hechas las estrellas.

Recomendable al 90%.

P.D. Hablando de amistad, quiero dedicar esta reseña a todos mis amigos presentes y futuros. Especialmente a aquéllos que tanta falta me hicieron durante el periodo vacacional. Ustedes saben quienes son.