David Bowie (1947 – 2016)

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Enero y febrero, desviejadero. Al escuchar esa frase pensé en muchas cosas: en viejitas odiosas que se quejan de los ruidos de sus vecinos, en octogenarias con la TV a todo volumen, en ancianos muertos hacía un tiempo y delatados por el olor. Nunca pensé en David Bowie. Las estrellas de rock no deberían morir jamás.

Si ese fuera el caso, podría suceder que llegue un día en que uno de nuestros cantantes favoritos falleciera, entonces nos rascaríamos la cabeza extrañados: yo pensé que fulano era una súper estrella, no lo era… murió o mengana apuntaba a la inmortalidad, ¿en qué se equivocó? Por un instante imaginé a Ludwig van Beethoven, sordo y aburrido, atrapado en un tiempo incomprensible.

En esta ocasión no haré una semblanza de la carrera de Bowie. Voy a honrar su memoria recordando momentos en los que mi vida y su música se vieron involucradas, así ustedes se ahorran leer datos de enciclopedia mientras yo escribo con absoluta libertad.

En mi casa, mis padres no eran aficionados al rock, al contrario, mi madre escuchaba música clásica, trova cubana, conjuntos españoles edulcorados; mi padre, por su parte, era seguidor de las modas pasajeras, consumidor de éxitos radiofónicos y de todo aquello que tuviera una descarada orientación comercial. Así que, como podrán imaginar, no crecí escuchando a David Bowie. Soy un fanático tardío, pero sincero. Me inicié con el Hunky Dory (1971) no por recomendación, sino porque era el único álbum de la tienda. Me enamoré y al poco tiempo me aprendí las letras. Después, con esfuerzo, compré todos sus discos hasta llegar al Earthling (1997).

Siempre me fascinó su capacidad para adaptarse a diversos estilos dependiendo de la época. Del maquillaje y las lentejuelas a los trajes a la medida. Del folk rock a la electrónica. Bowie fue una fuente inagotable de temáticas apropiadas a cada momento, un reflejo vivo de una sociedad cambiante: camaleón, visionario, genio, artista todo terreno.

Un amigo muy querido me introdujo al álbum Black Tie White Noise (1993) y me prestó un VHS con sus videos, lo puse hasta el cansancio. Se terminaba, le regresaba, lo volvía a poner. Lo memoricé como las oraciones de mi niñez. Hasta la fecha no olvido ni uno ni otras. Después llegó a mi vida el Outside (1995). Recuerdo que copié el CD en un cassette y lo traje en el coche durante mucho tiempo. Eventualmente el disco me lo robaron durante una fiesta; la cinta se trabó en el estéreo, al sacarla se le salieron las entrañas y tuve que desecharla. Nunca lo repuse y desconozco el por qué.

Un día anunciaron el concierto en México y fui con mi primer amor. Los teloneros brillaron por su pobreza en el escenario y una falta sensible de apoyo por parte del público. No fue su culpa, en realidad ¿quién podría abrir una presentación de semejante monstruo? El concierto fue inolvidable, David Bowie resultó un artista amable, cálido, sencillo y sin pretensiones. Un genio entregado a su trabajo. Mi novia se portó fatal -no le gustaba particularmente-, pero eso no impidió que yo lo disfrutara. Ya han pasado algunos años de eso; ahora son solo recuerdos.

Durante algún tiempo le perdí la pista a Bowie. Regresaba ocasionalmente a sus álbumes clásicos: mucho Honky Dory, mucho mucho Diamond Dogs (1974), de vez en cuando The Man Who Sold The World (1970) y un larguísimo etcétera. Lo retomé en The Next Day (2013), un trabajo oscuro, lleno de canciones tristonas, videos promocionales gris plomo, esa portada que de una u otra manera presagiaba el final.

Hace ocho días desperté para encontrarme con malas noticias: Bowie había muerto. Sin salir de la cama puse su último trabajo, Blackstar (2016). Me invadió la tristeza. Blackstar es una suerte de despedida, un álbum pesado, triste, un evidente contraste con otros más coloridos, sin dejar de ser una línea interesante para su epitafio. El maestro estaba enfermo, se nota, pero este hecho no opacó la calidad de su arte, pues éste constituye la cereza de ese impresionante pastel que fue su carrera y una invitación a la reflexión: vida, fragilidad y finitud. Un día estamos aquí, mañana ya no.

No nos despedimos realmente. Bowie se reintegra al universo desprendido del cuerpo físico. Si todos somos parte de un todo, entonces no se ha ido, estamos con él y en él, forma parte de nosotros mismos, siempre lo fue. Hasta pronto.

Descanse en paz.

 

 

 

 

The Cure – Japanese Whispers (1983)

cure japanese whispers

Hay veces que la nostalgia me invade y despierta en mí diversas sensaciones asociadas con la música de mi adolescencia. Discos maravillosos escuchados hasta el cansancio que después de varios años regresan a la mente. Se descubre uno tarareando algún tema, desempolva el disco, lo pone en el aparato y se lanza uno al precipicio del recuerdo. Un ejemplar que conocemos de memoria con la misma precisión que el camino al baño cuando uno se levanta a mitad de la noche con las luces apagadas.

Éste en particular me remonta a una época en que mi extrema timidez me impedía acercarme a las niñas y si lograba acercarme no me atrevía a invitarlas a salir, mucho menos a darles un beso. Un tiempo en que desgarbado daba vueltas dentro de mi habitación fumando como un poseso. En mi mente fantaseaba con todas las cosas que les diría si me atreviera, soñaba con situaciones llenas de romance mientras me retorcía al ritmo de la música porque además de ser un sujeto tímido también soy torpe con el cuerpo.

Siempre me hizo gracia el aspecto de Robert Smith: peinado alto y maquillaje, oscuro, misterioso y ligeramente andrógino. Él ha conservado su estilo a través de los años, pero éste no ha resistido con gallardía la prueba del tiempo. Hace un par de años pude constatarlo en el concierto que ofrecieron en nuestra ciudad. Smith ha ganado algunos kilos, se está quedando calvo como una muñeca desgreñada y su maquillaje lo hace verse más como una gorda borracha en situación de calle que como una estrella de rock. Lo que un día fuera la fachada de un vampiro es ahora la de la tía incómoda que se encuentra uno en las fiestas; una solterona a la que hay que huirle porque si te agarra no te suelta.

Dejando de lado estas consideraciones quiero hablarles de este álbum de The Cure, que más que un álbum es un compilado de diversos sencillos lanzados entre los años 1982 y 1983. En este tiempo la banda toma un camino diferente, dejando el estilo que la había caracterizado en los discos Seventeen Seconds, Faith y Pornography para tomar otro derrotero más cercano al pop, al new wave y a la electrónica conservando algunas reminiscencias del sonido que la hiciera famosa.

Destaca el intenso uso de sintetizadores, piano y percusiones eléctricas en una amalgama perfecta. Las letras podrían considerarse entre las mejores del grupo. Aunque el estilo de algunos de los temas presenta variaciones, indudablemente funciona con efectividad y contundencia. The Walk, por ejemplo, recuerda a las canciones de Depeche Mode en los años ochenta, mientras que Speak My Language y Love Cats, coquetean con el jazz en similitud con el soundtrack de la película de Los Aristogatos de Disney.

Un acierto de esta colección es su duración -27 minutos- que por breve no deja espacio para momentos aburridos o canciones de relleno, lo que hace de ésta un knockout en el sentido más estricto del término. Un disco que no te cansa dando vueltas innecesarias con algunos momentos memorables, sino que se vuelve una combinación de golpes brutal en cuanto a eficacia e inolvidable por necesidad.

Estamos frente a un clásico. Uno de mis discos preferidos de todos los tiempos al haberme acompañado durante mis años de formación. Calostro musical; entrañable como el peluche más amado o el juguete preferido. Aquellos que lo conocen probablemente coincidirán conmigo. Si no lo conoces quizá sea el momento de descubrir algo nuevo. Una joya atemporal y quintaesencia del post-punk.

Recomendable al 92%.

P.D. Vean que buen look tenía Robert Smith por aquel entonces. No se lo pierdan.

The Creatures – Boomerang (1989)

creatures - boomerang

Después de un largo día tengo la costumbre de quitarme los zapatos, echarme en el sofá de la sala y poner el ipod a tocar en orden aleatorio. No todo es romanticismo, no siempre estoy con ánimos de poner un disco en la tornamesa, darle la vuelta al terminar el lado A, poner el lado B, terminar, guardarlo en su funda y seleccionar lo que sigue; es entonces cuando la comodidad del mp3 se vuelve indiscutible.

De entre las 6772 canciones que tiene mi ipod -mis 6772 preferidas, por cierto- la selección automática puso un corte de The Creatures, proveniente de un álbum que tiene mucho significado para mí. Generalmente reseño descubrimientos recientes, maravillosos sin duda, pero muchas veces carentes de un vínculo emocional profundo conmigo mismo. Anoche tuve una súbita revelación: escribir sobre uno de los discos que han marcado mi vida y ver qué tan objetivo puedo ser al hacerlo.

En 1989 yo tenía catorce años de edad. El disco compacto estaba cobrando fuerza y las ediciones importadas eran algo prohibitivo. Mi madre me dijo cuando me compró mi primer cd que lo disfrutara mucho porque eran muy caros y no volvería a comprarme otro. Esa fue una promesa que por fortuna no pudo cumplir, pero esa es otra historia. Ahora bien, este disco llegó a mis manos porque mi abuelita me lo regaló -contraviniendo las instrucciones maternas- sin saber que éste me acompañaría hasta el día de hoy veintitantos años después.

Lo recuerdo bien, lo compramos en una tienda de la extinta cadena Zorba, específicamente en la sucursal de la Zona Rosa. Estaba en exhibición en una vitrina y le pedí que me lo mostraran. En ese tiempo los dependientes me miraban con cierto desdén, pues era un niño preguntón acompañado de una mujer mayor. Me fascinaban los escaparates de las tiendas de discos y hasta la fecha me siguen gustando. Siento que los discos me hablan a través de sus portadas -llévame a mí, no, a mí- y en este dialogo imaginario yo les respondo que lo siento mucho, pero no puedo llevármelos a todos. Quien lea estas líneas puede pensar no solo que estoy completamente loco sino que además soy un consumista irredento; puede que lo sea, no voy a discutir este punto.

En ese año el tema “Pluto Drive” sonaba incansable en la también extinta estación de radio Rock 101. En más de una ocasión me despertó esta canción, ya que en ese entonces yo tenía un reloj despertador que podías programar para que te despertara con la radio en lugar de un pitido nefasto. Además tenía la costumbre de poner la música a todo volumen en lo que me arreglaba, lo que en su momento fue una inagotable fuente de roces con mi madre. Adolescencia es una enfermedad que se quita con el tiempo, aunque algunos de nosotros nos estacionamos indefinidamente en esa etapa.

Anoche sonó “Pity”, otro de los cortes del álbum, provocándome una sensación agridulce, de profunda nostalgia y me puso a pensar en muchas cosas. Pensé en mi vida, pensé en mi abuela, pensé en mis amigos y en todo ese tiempo que jamás regresará. Me encanta, de eso se trata estar vivo, recordar el pasado y generar nuevos recuerdos. Estar agradecido al abrir los ojos un día más.

Muchos de ustedes se preguntarán: ¿y a qué hora empieza la reseña?, ahí voy, ahí voy. The Creatures es una banda británica, proyecto de Siouxsie y Budgie, ambos integrantes de la mítica Siouxsie and the Banshees. Una agrupación que deja de lado el punk de años anteriores para decantarse por un sonido más elaborado, experimental hasta cierto punto, en donde predominan el uso de instrumentos inusuales y una producción impecable.

Boomerang es el segundo álbum resultado de este proyecto y con toda probabilidad su trabajo mejor logrado no solo en términos de experimentación sino de composición. Una joya del post punk con elementos de la electrónica sin llegar a exagerar. Destaca el uso de percusiones exóticas, marimba, acordeón, armónica, instrumentos de viento en general y la voz de Siouxsie. Dentro de los dieciséis temas que conforman el disco, podemos encontrarnos con música de cabaret, pasajes con sabor latino, cadencias orientales y letras crípticas. Una obra de arte posmoderna, actual, vigente y atemporal; un buen punto de partida para todo aquel que quiera probar algo fresco e imperecedero.

Los invito a darle una oportunidad a un clásico cuyo destino solo puede ser sobrevivir el paso de los años. Si lo conoces, seguro coincides conmigo, si no lo conoces, no sabes de lo que te has perdido. Un trabajo tan inspirado no debe ser ignorado. Nunca es tarde, dale una oportunidad y te aseguro que no te arrepentirás.

Recomendable al 90%.

P.D. Si le pongo menos de nueve creo que no le hago justicia, si le pongo 10 pareceré un fanático exacerbado. Lo que si puedo decirte es que suena mucho mejor que la descripción hecha en esta reseña.

White Hills – Walks For Motorists (2015)

whitehillswalks

Ayer no pude comer en casa, decidí entonces comerme una hamburguesa en un puesto callejero. El cartel anunciaba distintas especialidades; sencilla, doble, con queso o tocino y hawaiana, además de papas fritas, aros de cebolla e incluso hotdogs. “¿Qué tan grandes son las hamburguesas?”, pregunté al encargado. “Tenemos siete tamaños y van desde treinta hasta mil setecientos cincuenta pesos”, respondió con autosuficiencia. No me molestó el tono en que se dirigió a mí al causarme mucha gracia el sarcasmo. “Un comerciante informal con aires de superioridad. Este es el lugar”, pensé.

En lo que el sujeto preparaba mis sagrados alimentos observé con detenimiento su local. Estaba limpio y ordenado, lo cual me pareció algo deseable para un lugar en donde manipulan comida. Entre latas de piña en almíbar había un gastado ejemplar de “Corazón: Diario de un niño”, de Edmundo de Amicis; una novelita cursi que me leía mi madre en voz alta antes de dormir. “Este comerciante además de pedante es un intelectual”, admití sorprendido. Con mayor razón disfruté de la dichosa hamburguesa porque mi interlocutor y yo teníamos algo en común. Ambos éramos lectores.

Llegué a casa decidido a olvidar este extraño incidente urbano. Me quité los zapatos y puse uno de mis más recientes descubrimientos: White Hills. Una banda neoyorkina cuyo estilo podría considerarse parte del movimiento neo psicodélico actual; futurista, progresivo, experimental entre rock y electrónica. Un exquisito coctel posmoderno. WH retoma aspectos interesantes del space rock al estilo de Hawkwind, post punk al estilo de Bauhaus, metal en toda la extensión del término e incluso elementos de los movimientos post rock y drone. Todo esto quizá no les diga nada, pero podríamos hacernos una idea de su trabajo si imaginamos a MC5 en anfetaminas, es decir, garage rock a un ritmo frenético.

Walks For Motorists es la más reciente producción de este dúo creativo, en la cual se conjugan cadencias hipnóticas, riffs de guitarra, distorsiones, reverberaciones y una voz que pareciera provenir de ultratumba. Nueve canciones plagadas de líneas de bajo e intenso sonido de sintetizadores en las que se retoman las improvisaciones de sus ancestros psicodélicos para ser mezcladas con música industrial. Percusiones programadas acompañan esta amalgama de elementos que a pesar de la descripción, y lo extraña que resulta, funciona muy bien.

Una vez más me sorprendo escribiendo acerca de un disco editado este año lo cual me llena de beneplácito. Habiendo tantas nuevas propuestas, algunas carentes de magia, disfruto encontrarme con algo fresco, enérgico y digno de comentarse. De esto se trata la vida, momentos inolvidables separados por otros que no lo son tanto. El quid del asunto es tratar en la medida de lo posible de encadenar esos eslabones mágicos. Este 2015 está resultando maravilloso no solo por sus proyectos musicales sino por lo el solo hecho de estar vivo.

Dale una oportunidad a esta placa y quedarás encantado, eso sí, no está pensada para débiles de corazón. Siente la sangre recorriendo los rincones del cuerpo a una velocidad alucinante. Punk para el siglo XXI. Solo resta atestiguar si está hecha para resistir los embates del tiempo o si se trata de una moda pasajera.

Recomendable al 88%.

Sanguine Hum – Now We Have Light (2015)

sanguine hum

Cuando era niño veía la adultez a millones de kilómetros de distancia. Las estrellas de cine -aún las juveniles- eran más grandes que yo y pensar en tener dieciocho años era algo inimaginable; ya no digamos llegar a los cuarenta. Al pasar los años esa tendencia comienza a revertirse. Envejecemos, notamos la juventud en las demás personas y preferimos ignorar nuestra edad biológica. Este es un rasgo humano, terriblemente humano diría yo, al punto de pasarnos a todos. Bueno, a casi todos.

El otro día saludé a una compañera de la escuela y cuando le pregunté cómo estaba me contestó “bien, ¿y usted?”, entonces me atraganté con mi saliva. Después de recuperar la compostura respondí como lo haría cualquier representante de mi generación “háblame de tu, por favor”. Me hacía gracia escuchar esa fórmula, pues yo la consideraba propia de los mayores cuando se sentían excluidos por nosotros los jóvenes. Ahora no me hace reír, tampoco me duele escucharla al salir de mi boca, simplemente me lleva a reflexionar sobre el paso del tiempo y nuestra -querámoslo o no- finitud en esta tierra. ¿Me estaré convirtiendo en lo que en el argot local se conoce como un chavo ruco?

Pero hablemos de mi más reciente descubrimiento: Sanguine Hum. Una banda británica de rock progresivo con un estilo similar al de la escuela de Canterbury setentera. El conjunto se forma a partir de la unión de integrantes de Antique Seeking Nuns, Nunbient y de la Joff Winks Band, por lo cual se combinan atmósferas propias de la electrónica, improvisaciones complejas y letras ingeniosas. Un híbrido interesante resultado de muchos años de experimentación aderezado con una producción impecable -elegante y equilibrada- en lo que sin duda podría considerarse un plato suculento.

El sonido se forma a partir de secuenciadores, pianos eléctricos, programación, reverberaciones, distorsiones, guitarra con su esporádico solo, batería en ocasiones orgánica y la voz de Joff Winks. Pasamos sin previo aviso de un suave murmullo a una elaborada orquestación en una especie de montaña rusa cuya velocidad no deja de sorprendernos.

Now We Have Light es la tercera placa de la banda, culminación de un proyecto gestado hace poco más de trece años y cuyo resultado es un álbum conceptual con una temática extraña. Este trabajo versa sobre el descubrimiento de una fuente de energía renovable -robo y posterior conspiración- a partir de dos verdades fundamentales; la primera, consistente en el hecho de que todos los gatos aterrizan sobre sus patas, y la segunda, que cada vez que se unta mantequilla en un pan tostado al caer siempre lo hace sobre el lado untado. ¿Qué pasaría si untamos mantequilla en el lomo del gato y éste cae?  La historia es absurda, pero no será la primera ni la última obra conceptual desarrollada a partir de una idea descabellada.

Se trata de un disco doble cuya duración rebasa los ochenta minutos, lo cual podría considerarse una apuesta arriesgada pues durante ese tiempo se corre el riesgo de perder el rumbo, aburrir al público y perderlo definitivamente. Les aseguro que no es así. El contenido tiene todo para mantenerte enganchado, asegurar futuras vueltas en el reproductor y una o dos conversaciones al respecto en una fiesta. La única crítica que puedo formular es que a mi gusto el trabajo de Sanguine Hum se parece mucho a lo que hace Steven Wilson en sus proyectos, especialmente a Porcupine Tree.

Sin duda estamos frente a los herederos legítimos del rock progresivo británico. Ahora solo falta ver si resisten la prueba del tiempo, pero puedo aventurarme a decirles que posiblemente éste sea uno de los nuevos clásicos. Si la antorcha de los grandes es dada a los jóvenes y éstos son capaces de mantener viva la llama del buen gusto entonces estamos en buenas manos. A este momento el 2015 va bien en cuanto a nuevos lanzamientos. No todo está perdido, ¿no lo creen?

Recomendable al 89%.

The Cinematic Orchestra – Live At The Royal Albert Hall (2008)

cinematic orchestra live

El día de hoy aprendí una tontería nueva, bueno quizá todos los días aprenda una o dos, pero la de hoy es memorable. Al ver la televisión me enteré de la existencia del twerking. Para todos aquellos que no están familiarizados con este tema se trata de una disciplina femenil consistente en mover las caderas de forma provocativa mientras se está en cuclillas. Es a todas luces un ejercicio intenso que requiere de buena condición física, mucho ritmo y un cuerpo atlético; o no tanto ya que al parecer este requisito no es indispensable.

Desde las culturas antiguas la danza ha sido considerada como una de las bellas artes, pero creo que ni los griegos con toda su sabiduría pudieron vislumbrar algo parecido a este baile. No me escandalizo -no señor-, pues a todos aquéllos que me conocen les consta que no estoy peleado con la noción de un grupo de señoritas meneando el trasero, lo que pasa es que considero esta manifestación artística una señal palpable de decadencia dentro de la cultura popular actual.

Al parecer todos sabían de su existencia menos yo, pues después de hacer mis pesquisas me enteré de que no es algo nuevo, lo cual me lleva a pensar que soy un ermitaño, pues a pesar de creerme conocedor de movimientos vanguardistas en el fondo cuando prendo la tele me sorprenden las cosas que pasan en ella.

Pero cambiemos de tema, en esta ocasión quiero hablar acerca de The Cinematic Orchestra, un conjunto británico cuyo estilo predominantemente electrónico juguetea con el jazz; dentro de su música destaca la improvisación con elementos modernos tales como el sampleo, la presencia de un DJ en el escenario y en sus grabaciones una ecléctica combinación de instrumentos que hacen difícil su clasificación dentro de un solo género musical.

Después de tres exitosos álbumes en estudio y tras una intensa gira, el conjunto buscaba la oportunidad de añadir un conjunto de músicos convencionales al set que venían interpretando. El día llegó el 2 de noviembre de 2007 cuando surge la oportunidad de presentarse en el Royal Albert Hall acompañados por una orquesta de 24 integrantes. Esa misma noche el foro estuvo a tope y el espectáculo -como se desprende de la presente placa- fue digno de la audiencia más exigente.

En escena figuraron las voces de Heidi Vogel, Lou Rhodes y Grey Reverend, en lo que fue sin duda una velada mágica para todos los asistentes. Durante el concierto se interpretó material de los álbumes Every Day (2002) y Ma Fleur (2007), siendo The Man With A Movie Camera el momento inolvidable de la noche. Esta última pieza fue compuesta para un documental mudo del mismo título dirigido por el ucraniano Dziga Vertov en 1929.

Generalmente no escribo acerca de discos en vivo, pero después de darle dos o tres vueltas a éste no pude resistirme. Se trata de un trabajo impecable, equilibrado y elegante. La voz de Heidi suena a jazz, quizá también a blues y en mi opinión es ella quien se lleva las palmas. La orquesta participa suave e intensa dependiendo del momento, desde unas discretas cuerdas hasta una obvia combinación de elementos orquestales a todo vapor. Es un trabajo redondo y bien logrado, recomendable para todos aquéllos que aman la mezcla de géneros en principio irreconciliables.

Este trabajo suena mucho a jazz, electrónica y a la más exquisita mezcla de talentos imaginable. El teclado y las voces son únicos. Su contenido es tan bueno que aun tratándose de una presentación en vivo yo podría sugerirlo como la introducción ideal a la discografía de la banda. No hay desperdicio, dale una oportunidad y dime si concuerdas conmigo.

Algunos se preguntarán acerca de lo extraño del tema introductorio, pero la idea era contrastar dos muestras de creatividad humana diametralmente opuestas. Al final, todo es parte de lo mismo y este disco bien podría ser considerado como una especie de twerking para el espíritu. ¿Sientes cómo se menea el alma?

Recomendable al 92%.

Cybotron – Sunday Night At The Total Theatre (1976)

Cybotron - Sunday Night at the Total Theatre Front

Anoche cerré los ojos con los audífonos puestos. Me estiré en la cama entre  sábanas de algodón, luces apagadas y cortinas bloqueando la luz exterior. La idea era relajarse en un ritual previo a las ocho horas de sueño que tenía contempladas. Una selección musical apropiada muchas veces facilita la entrada a esa dimensión humana tan llena de deseos reprimidos y arrastrarnos a ese estado que con frecuencia no nos quiere soltar por las mañanas.

De entrada no pude dormir, al menos no inmediatamente, pues fui sorprendido por un complejo tejido musical. Vivos colores e increíbles texturas. Lo que empezó como una suave melodía ambiental tornó en pasajes acelerados, oscuros, también aterradores, pero al final únicos y emocionantes.

No era precisamente el disco indicado para inducir al sueño, sino todo lo contrario, pues gracias a su contenido imaginé un sinfín de cosas que bien podrían haber salido en una peli de ciencia ficción. Dentro de tales ensoñaciones me proyecté en una calle oscura iluminada por la luna, la humanidad había desaparecido por completo y la ciudad parecía abandonada. Pude verme por un instante solo en esta tierra con la certeza de que nunca más vería a otra persona. Mientras flotaba siendo dueño de todas las cosas, era más la curiosidad que el miedo, e incluso cabía la posibilidad de que apareciera un vehículo interestelar a rematar el cuadro.

Dejemos la fantasía para otra ocasión y mejor hablemos de la música que me mantuvo despierto un rato.

Cybotron fue un dúo de músicos australianos en franca experimentación; un proyecto formado hace cuarenta años y que solo llegaría a grabar tres álbumes en estudio. Sus influencias pueden rastrearse en el trabajo de bandas como Tangerine Dream, Ash Ra Tempel, Popol Vuh o Hawkwind, pero imprimiendo a su trabajo un estilo propio para considerarse un punto y aparte respecto de sus modelos a seguir.

Sunday Night Live At The Total Theatre es una grabación en directo hecha en 1976, materializado en aquel tiempo en un tiraje privado muy limitado, cuyas copias en vinil pueden llegar a costarle una pequeña fortuna al ávido coleccionista. La mía es una reedición en disco compacto. La bendita globalización nos permite tener acceso a este tipo de rarezas y emocionarnos como si estuviéramos viviendo estas interpretaciones de primera mano.

La música es una combinación de sintetizadores moog con saxofón, efectos especiales o espaciales -como se quiera ver-, vibraciones electrónicas, la percusión constante salida de un aparato y destaca por su sonido futurista, sinfónico, muy distinto a lo que yo estoy acostumbrado; piezas instrumentales de vanguardia ideales para acompañarnos en un viaje cósmico.

No voy a negar que muchas veces las portadas de los discos llaman mi atención e incluso pueden llegar a ser un factor determinante al momento de elegir entre dos conjuntos que me son desconocidos. Cybotron no sería la excepción. La carátula muestra una fotografía en blanco y negro en la que ambos músicos aparecen entre sus instrumentos de trabajo. Uno de ellos, aparece con una playera del grupo -ambos lucen vestimentas similares- y una capa. La capa es una prenda que yo utilizaría con mucho orgullo. Iría a todas partes luciéndola con gallardía, en la escuela, restaurantes, eventos sociales y por qué no, para andar en casa, recibir a las visitas o llevar a cabo labores domésticas. Lamentablemente, pronto me tildarían de loco y quizá uno de los vecinos se sienta obligado a llamar a un psiquiátrico para que me encierren una temporada.

Los invito a todos ustedes a dar una oportunidad a un conjunto desconocido y emprender junto conmigo un viaje sin salir a ninguna parte. Descubrir la obra de unos pioneros prestos a colonizar un planeta desierto. Puedo adelantarles que no escucharán esto en la radio, tampoco verán artículos promocionales y la probabilidad de que regrese el uso de la capa estará supeditado únicamente a los disfraces y a la animación de fiestas infantiles.

Toma mi mano, caminemos juntos hacia el haz de luz, en una de esas podrías llevarte una sorpresa que te cambiará para siempre, imposible saberlo.

Recomendable al 85%.

P.D. “Ride to Infinity” aparece como bonus track en el disco compacto.

Daevid Allen (1938-2015)

daevid allen

El día de hoy abrí los ojos y como buen adicto a las redes sociales -un hábito a eliminar en mi vida-, revisé mi teléfono para descubrir el fallecimiento de uno de los grandes. Un día triste para el mundo de la música. Se cumple nuevamente la única certeza que tenemos desde el nacimiento, nuestra eventual desaparición. Regresar al polvo, reintegrarnos con el universo.

Daevid Allen fue poeta, escritor, músico y aventurero. Un auténtico beatnik. Nacido en Australia, descubre el trabajo de la Generación Beat en una librería e inspirado decide emprender un viaje a través de Europa al estilo de Jack Kerouac. Abandona su tierra natal para instalarse en París en 1960. Se codea con Allen Ginsberg y William S. Burroughs, funda su primer conjunto de free jazz, el Daevid Allen Trio.

Pasado un tiempo decide cambiar de escenario trasladándose a Inglaterra. En Canterbury -famoso por su escena musical- traba amistad con Robert Wyatt, juntos fundan Soft Machine en 1966 y dejan una profunda huella en la historia del rock progresivo. Acto seguido salen de gira por todo el continente. Al regresar le impiden la entrada al Reino Unido por exceder el tiempo permitido en su estancia anterior.

En mayo de 1968 protesta en París. Recita poesía, entrega osos de peluche a las fuerzas represoras durante las manifestaciones. Causa gracia entre la gente por su anticuado atuendo beat. Perseguido por las autoridades llega a Mallorca donde publica el primer álbum de Gong, el mítico Magick Brother.

Durante los siguientes años, graba intermitentemente unos discos en solitario y otros con Gong. Destacan Banana Moon (1970) y Camembert Electrique (1971), ambos con dicha banda, así como Good Morning (1976) y Now Is The Happiest Time Of Your Life (1977), en solitario. Todos álbumes importantes, vanguardistas e inolvidables.

Llegados los años ochenta trabaja al lado de Bill Laswell en el proyecto New York Gong, añadiendo influencia punk a la ecuación que venía desarrollando. Continua con una larga serie de proyectos como son Invisible Opera Company Of Tibet, Brainville, Magic Brothers, entre otros.

Regresa a Australia. Ofrece conciertos, lectura de poesía y performances variados. Junto con su hijo y algunos miembros de Acid Mothers Temple -conjunto psicodélico japonés- crea Acid Mothers Gong. Improvisación y genialidad.

En 2006 se reúne Gong en Ámsterdam.

Todavía el año pasado publicó junto con Gong el álbum I See You, para muchos el mejor disco de la banda desde los años setenta.

Hasta que nos lo arrebató el cáncer. Por fortuna deja tras sí una imponente discografía. Material para disfrutarse y escribir durante años por venir. Procuro no preguntar por qué no se mueren los artistas desechables deseando que mis preferidos vivan para siempre, aunque lo pienso. No se puede uno rebelar contra la promesa implícita que acompaña a nuestro alumbramiento.

Descanse en paz.

Edgar Froese (1944 – 2015)

Edgar-Froese

Pareciera que la muerte es una condición necesaria para que yo conozca a los grandes músicos de nuestra era. Me entero de su existencia porque nos dejan, me entero porque sus vidas resultan extremadamente escandalosas o porque su legado es quizá demasiado importante para ser ignorado.

Es el caso de Edgar Froese, quien era un músico de origen alemán, pionero de la electrónica, miembro activo del movimiento krautrock, devoto de la experimentación, líder y fundador de la mítica agrupación Tangerine Dream. Puedo decir que sí conocía su obra de manera superficial, pues tuve contacto con algunos álbumes de dicho conjunto, pero debo confesar que nunca profundicé en la trayectoria individual de sus integrantes, no pudiendo considerarme en lo absoluto como un experto o un aficionado a su obra.

Froese nace en la ciudad de Tilsit, Prusia Oriental, que en aquél 1944 estaba ocupada por los alemanes y que en 1945 fuera invadida por el ejército rojo, actualmente lleva el nombre de Sovestsk y pertenece a Rusia. Una bonita clase de historia sin lugar a dudas.

Desde temprana edad muestra aptitudes para las artes plásticas y estudia en la Academia de las Artes de Berlín Occidental. A finales de los años sesenta conoce a Salvador Dalí, quien lo invita a su estudio y durante las tertulias le sugiere que lleve su música por caminos más arriesgados, lo que explica en parte el carácter onírico de sus composiciones, los pasajes surrealistas y su firme vocación de crear vanguardia.

Él fue siempre una constante dentro de su conjunto, siendo el único integrante que aparece en todas y cada una de las grabaciones, lo que no impidió que explorara simultáneamente su carrera en solitario. Un alma libre, un compositor genial, prolífico creador y responsable de la evolución del sonido electrónico hasta llegar a nuestros días.

No voy a entrar en discusiones relativas a por qué se van los genios, mientras los mediocres siguen transitando por esta tierra. No voy a sugerir que mejor se hubiera ido tal cantante de moda a cambio de prolongar un poco más la vida de uno de los que yo considero imprescindibles. Lo pienso, sí, pero prefiero no decirlo.

No debo renegar de ese destino común que compartimos con otros elementos del universo. Uno debe celebrar la vida y honrar a los muertos. Estamos hechos de la misma materia que las flores y las estrellas. Estamos formados por ese polvo cósmico cargado en igual proporción de lo mundano y lo divino, de lo atemporal y lo infinito. Es solo cuestión de tiempo para que abandonemos ese vehículo corpóreo al que estamos aferrados por nuestra propia naturaleza y regresemos a la inmensidad de la que provenimos.

Descanse en paz.

Solaris – Marsbéli Krónikák II (2014)

solaris - marsbeli kronikak II

El rock progresivo estaba floreciendo por toda Europa y los países detrás del telón de acero no serían la excepción. Solaris surge en Hungría -uno de los países que estaban dentro de la zona de dominación del régimen soviético- en el año 1980. Fue una época muy dura para la juventud que experimentaba inquietudes artísticas o intelectuales, pues cualquier idea que saliera de los cánones impuestos por los comunistas daba pie a la persecución política y a que un simple poeta, escritor o músico fuera calificado como un disidente y por ende, un enemigo del Estado.

El contacto con occidente era muy limitado y en ocasiones nulo, las obras artísticas debían ser aprobadas por comités creados con la finalidad de censurar o vetar ideas que pudieran ser consideradas revolucionarias. Durante ese tiempo, solo se podían conseguir discos occidentales a través del mercado negro y la posesión de cualquier documento no aprobado por el gobierno suponía sanciones gravísimas. Un simple disco de rock era considerado peligroso y su mensaje subversivo. A mí me hace reflexionar, pues creo que uno debe de sentirse afortunado al tener libertad cultural y un acceso a la información como el que tenemos en nuestros días.

No quiero imaginar una vida en que si escuchas a los Rolling Stones o a The Who, un vecino pueda denunciarte a las autoridades y terminar en una prisión o en un campo de trabajos forzados. Una inocentada como la letra de una canción que habla de no obtener satisfacción por las cosas más triviales, podía llevarte a la ruina. Hoy en día damos por hechas las cosas más indispensables, se han vuelto tan naturales y a la vez involuntarias que no las notamos en lo absoluto. Nosotros podemos escuchar a todo volumen las cosas más absurdas sin temor a que venga la policía secreta a aporrear a mitad de la noche nuestra puerta, llevarnos a rastras y tras varios días de interrogatorios terminar empujando el carrito de una mina en las condiciones más insalubres imaginables. Bendito capitalismo.

Solaris adopta su nombre a partir de una novela húngara de ciencia ficción del mismo nombre. Sus integrantes se conocen en la escuela y obtienen la oportunidad de grabar un disco tras ganar en un concurso de talento local. Hablo de oportunidad y no de contrato, porque el acuerdo de voluntades a fin de obtener un beneficio para las partes involucradas es un concepto terminantemente prohibido por la ideología comunista. Ese tipo de oportunidades eran dadas quizá de la manera más arbitraria posible y seguramente una gran cantidad de talento se perdió en el camino.

Los integrantes de la banda tienen una formación profesional -tipo conservatorio- con influencias occidentales muy limitadas dadas sus circunstancias, por lo que mezclan elementos propios de los compositores clásicos con los de las tradiciones musicales de Europa del Este.

Su trabajo es meramente instrumental y las voces juegan un papel accesorio. Las temáticas se inspiran en novelas occidentales de ciencia ficción -escritos considerados prohibidos por el régimen- y sobretodo, en la más pura imaginación. Las composiciones se desarrollan a partir del ejercicio de la improvisación, dejando de lado las personalidades individuales con la idea de favorecer única y exclusivamente la melodía.

En el año 1984 debutan con Marsbéli Krónikák o Crónicas Marcianas, inspirado en la novela de Ray Bradbury -seguramente, un documento considerado ilegal del que se hicieron muchas copias clandestinas en ese tiempo-. Su contenido era de carácter futurista, con las limitaciones propias de los elementos que tenían a la mano. Inocente, pero ejecutado con maestría. Gracias a este álbum obtuvieron un éxito moderado entre los amantes del rock progresivo y obtuvieron críticas favorables por parte de la prensa especializada.

Crónicas Marcianas II es la continuación de ese álbum debut treinta años después y retoma el estilo de su primera parte. Música instrumental, salvo unas voces femeninas mínimas y unas cuantas palabras en húngaro, lo que da la impresión de ser el lenguaje de otro planeta. Además, si se tratara de música extraterrestre, no necesariamente las voces de sus ejecutantes se van a parecer a las nuestras.

¿Qué podemos esperar de una segunda parte?, ¿será verdad que nunca hay secuelas que valgan la pena?, ¿cumple con las expectativas de sus seguidores o fracasa miserablemente?

Podemos esperar una digna continuación de aquél trabajo de los años ochenta, improvisaciones similares a las del jazz, teclados fantásticos, flauta y cuerdas, mucho énfasis en la guitarra y la incorporación de elementos electrónicos discretos. La ejecución es impecable y se hacen evidentes las bondades de una  grabación moderna junto con las técnicas de producción propias de un estudio occidental.

Es un excelente álbum, pero su contenido es similar a lo que la banda venía tocando hace treinta años. Similar a las novelas de ciencia ficción que aunque al día de hoy siguen siendo entretenidas, han quedado muy superadas. Novelas que seguimos leyendo y seguimos disfrutando, a pesar de que muchas de ellas resultan ingenuas ante los ojos de la actualidad. Así es Solaris, un clásico atemporal para el amante del rock progresivo con sabor vintage.

No se lo pierdan.

Recomendable al 90%.