Siouxsie and the Banshees – The Scream (1978)

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Mi primer contacto con Siouxsie fue a través de un videocasete Beta adquirido en el tianguis del Chopo. La filmación mostraba diversos grupos punk debutando en el legendario 100 Club de Oxford Street, corría el año 1976. Al observar la estética de aquellos músicos quedé fascinado: uñas pintadas de negro, alfileres de seguridad en la ropa, cabello de colores parado en punta, y sobre todo, esa actitud irreverente. Yo quería eso para mí, rebeldía y decadencia, así que añadí algunos elementos a mi propia imagen, era 1988.

Siouxsie tenía diecinueve años durante aquel festival a mediados de los años setenta. Era una jovencita oscura, maquillada en exceso, cuya voz inolvidable y presencia escénica hicieron que yo quedara automáticamente prendado de ella. Me convertí en un fanático incondicional. Con el fruto de mis domingos, chantajes a mis padres, súplicas a mi abuela fui comprando cada uno de sus discos: caros, importados, inaccesibles. Cabe mencionar que en ese tiempo no había internet y no teníamos el acceso a las cosas que tenemos actualmente, todo era más simple, más mágico, qué se yo.

El 19 de mayo de 1995 vino a México, tocó en el Auditorio Nacional y yo estuve ahí. El foro estuvo medio lleno, el conjunto promocionaba su álbum The Rapture, en mi opinión un trabajo flojo, poco innovador y muy apegado a las tendencias pop de los años noventa; nada de esto importó pues era para mí representaba un sueño cumplido. Yo tenía diecinueve años y Siouxsie treinta y ocho. Ella no era como la recordaba, o más bien como la había idealizado, ante mis ojos rebosantes de juventud la otrora sílfide había tornado en venerable matrona; tonterías de chiquillos, la mera verdad, y es que ese rasgo tan mío consistente en conceder a las mujeres propiedades fantásticas tales como infinita perfección, aptitudes para volar, hechicería, belleza sobrenatural, entre otras, constituye material de psicoanálisis y no ropa sucia para ventilar en público.

Sin más preámbulo les presento la reseña de uno de mis discos predilectos.

EL GRITO

Siouxsie and the Banshees fue una banda de rock británica, perteneciente al movimiento denominado post-punk, formada en el año de 1976. A pesar de ser contemporánea a los Sex Pistols y a The Clash, su estilo fue evolucionando de manera distinta al incorporar una estética más oscura y un sonido más cercano al rock alternativo a través de ritmos arriesgados y experimentación.

The Scream (El Grito) es el álbum debut de la banda, fue lanzado en noviembre de 1978, siendo bien recibido por la crítica y alcanzando el éxito comercial al obtener la posición número 12 en la lista de álbumes del Reino Unido; algo impensable según la filosofía propia del movimiento punk de aquellos años, pues incorporarse al sistema era una contradicción y un sacrilegio para los jóvenes de clase trabajadora; no había oportunidades ni un futuro esperanzador.

El lado A abre con “Pure”, un tema lento, algo tétrico, con una guitarra distorsionada, escasa percusión y los gritos de Siouxsie al fondo. Imaginemos la subida a las alturas en una montaña rusa antes de la primera caída: expectación, nudo en el estómago, ansiedad, la promesa cabal de que lo mejor está por venir. Continúa con “Jigsaw Feeling”, un tema vigoroso cuya letra trata de confusión y desconcierto, uno de mis preferidos. A lo largo del álbum los tópicos de las canciones varía, “Overground” habla acerca de la búsqueda de identidad, mientras “Carcass”, el único tema punk per se, aborda los derechos de los animales. El primer lado cierra con “Helter Skelter”, cover de los Beatles, una buena versión a pesar de ser el momento más flojo del disco.

El lado B abre con “Mirage”, un tema movido que deja al escucha, dada su brevedad, con ganas de más. Seguimos con “Metal Postcard (Mittageisen)”, una canción a ritmo pausado cuya letra habla de lo mecánico de la existencia misma y suena como la maquinaria de un reloj en funcionamiento. “Nicotine Stain” trata acerca del tabaquismo mientras “Suburban Relapse”, inspirada en la obra de J.G. Ballard, nos habla de perder la cordura dentro de la tranquilidad reinante en la zona residencial, no olvidando mencionar que las guitarras emulan los violines de la famosa escena de la regadera del filme Psicosis de Alfred Hitchcock. El álbum cierra con “Switch”, dividida en tres secciones en las que se plantean tres personajes, un científico, un médico y un sacerdote que intercambian trabajos con funestos resultados.

Es un trabajo fresco y atemporal de una banda que, similar al escritor inexperto, va buscando su estilo a base de ensayo y error. Se manifiesta como evidente el apetito por trascender, la originalidad, el talento, y el resultado está destinado a resistir la prueba del tiempo. No por nada Siouxsie and the Banshees influenciaron a un sinnúmero de artistas independientemente del género.

P.D. Les iba a dejar el audio de aquella legendaria presentación pero se escucha terrible. En su lugar les dejo “Carcass”.

Déjà vu bajo las estrellas

Este espacio surgió a partir de la idea de reseñar mis álbumes preferidos. Las cosas, al igual que las personas, van cambiando con el tiempo, y por eso decidí incluir algunos de mis cuentos. No soy el mismo individuo que empezó este blog y por esa razón doy gracias.

Recién descubrí a los Delfonics, una banda soul representante del sonido Filadelfia, en cuyo estilo encontramos una marcada influencia funk, arreglos sinfónicos y armonías vocales excepcionales. Este género, en particular, es considerado precursor de la música disco. Sus temas versan acerca del amor, la vida en pareja, enamoramiento y extrañar a la contraparte afectiva, entre otras similares.  Suena cursi y probablemente lo es. A fin de introducir a los no familiarizados recomiendo las siguientes composiciones:  “La-la means I love you”, “Lover’s concerto” y mi preferida “Ready or not here I come (can’t hide from love)”.

Qué es el amor sino una fuerza desconocida capaz de acercarnos a las estrellas o arrojarnos en automóvil por un precipicio al son de la más dulce de las melodías. Qué es sino un juego de azar en el que unas veces se gana y otras se pierde. El amor es un fenómeno que todo nos lo da o todo nos lo quita, pero vale la pena vivirlo, sufrirlo, conservarlo, perderlo; de una u otra forma implica aprendizaje, sus lecciones forman parte de un laboratorio en que ensayo y error van perfeccionando la fórmula; no es para cobardes.

Sin más preámbulo les presento un cuento de amor trágico.

Déjà vu bajo las estrellas

Bartolomé era un hijo de buena familia al que nada le faltó. Estudió en buenas escuelas, viajó por todo el mundo, hizo una magnífica carrera y, dados los contactos de su padre, tenía el éxito profesional prácticamente asegurado. Hasta que se enamoró de Beatriz al grado de perder la cordura. El flechazo fue mutuo. La pareja era feliz, se extrañaban el uno al otro ante las ausencias sin importar lo breves que fueran, suspiraban, les dolía el pecho al respirar, se habían dejado ir sin reservas en ese peligroso juego: el amor. Fueron dos años maravillosos y aunque a veces discutían por cositas sin importancia siempre las reconciliaciones eran dulces, llenas de besos, palabras de ternura y promesas para la eternidad. Por las noches era siempre la misma historia:

-Cuelga tu primero, vida mía

-No, hazlo tú

Se hacía el silencio a ambos extremos de la línea.

-¿Sigues ahí?

-Sí, mi amor

-Bueno, a la de tres colgamos los dos

-Va… uno, dos… y… ¡tres!

-No colgaste, amor…

Y ese pequeño desacuerdo podía prolongarse hasta el infinito.

Con el tiempo empezaron las inseguridades. Ambos se ponían celosos y miraban al otro con reproche cuando estaban en presencia de alguien del sexo opuesto. Los pleitos eran más violentos y las palabras, antes melosas, se volvieron amargas e hirientes. Algo se había perdido, quizá la magia, la pasión se diluyó por la costumbre, en la mente de los enamorados surgió la idea de tomar cada quien su camino como un oasis en medio de lo árido del desamor. Más una cosa es lo que uno planea en su fuero interno y otra muy distinta es llevarlo a la práctica.

Un día decidieron separarse después de cenar en uno de sus lugares preferidos; cada quien pidió un postre distinto cuando en otro tiempo compartían, se dividieron la cuenta y se despidieron con un apretón de manos, tomaron su camino sin volver la vista atrás. Todo había terminado.

Al cabo de unos días comenzaron a extrañarse. La presencia del otro estaba siempre presente en sus respectivos departamentos. A él le costaba trabajo deshacerse del cajón que contenía las cosas de ella mientras ella miraba con tristeza el cepillo de dientes que él dejó en el baño.

Una mañana sonó el teléfono de Bartolomé, era un número desconocido.

-¿Bartolomé?

-¿Beatriz?

-Sí

-Te extraño… no he dejado de pensar en ti…

-Yo tampoco… tenemos que vernos…

-Estoy de acuerdo… ¿en el restaurante de la última vez?

-De acuerdo… nos vemos mañana a las tres…

-Hasta entonces…

Ambos colgaron. Los dos sonrieron. Era muy doloroso estar separados.

Esa noche ninguno de los dos pudo dormir. Se arreglaron el uno para el otro. Ella se depiló las piernas mientras él se rasuraba, se perfumaba; ambos eligieron atuendos sobrios; él una camisa que ella le regaló en su cumpleaños y ella el vestido de seda que le quedaba tan bien. Estaban listos para el reencuentro.

Bartolomé llegó un poco antes y la esperó en la esquina con un ramo de rosas, quería verla llegar. Alzó la vista hacia la otra acera, ahí estaba ella parada, se veía radiante, apenas podía esperar a tenerla entre sus brazos. Le hizo un saludo con la mano derecha y ella lo respondió con una sonrisa, esa sonrisa que lo hacía soñar.

Entonces cambió la luz. Beatriz estaba cruzando la calle cuando de pronto un camión materialista se pasó el rojo y la embistió lanzando su cuerpo unos metros más adelante. Bartolomé no podía creerlo, corrió a donde estaba su amada y la encontró en una postura poco natural, los ojos aun abiertos y la sangre escurriéndole por la comisura de la boca. Todavía respiraba. La tomó entre sus brazos por última vez al tiempo que gritaba desesperado: “un médico, todavía respira… por favor….”, pero ya era demasiado tarde, su adorada Beatriz se había ido.

Bartolomé nunca se recuperó. Buscó consuelo en la Iglesia, pero no lo encontró. Comenzó a beber, una cosa llevó a la otra, se habituó a la cocaína y a las prostitutas, a todo aquello que pudiera borrar su dolor por unos instantes. Heredó la empresa familiar, un negocio exitoso, y dejó de cuidarlo como es debido; cada vez iba menos a la oficina, se aficionó al juego, perdía grandes cantidades; delegó la administración del negocio a los empleados, le robaron hasta quebrarlo. Las deudas de juego se volvieron impagables al punto de que tuvo que vender su departamento, la casa de sus padres, los coches, la maquinaria de la fábrica, hasta la ropa. Quedó en la miseria más absoluta.

Ya han pasado muchos años.

Hoy por primera vez he comido en mucho tiempo. Ya casi no lo hago porque mendigando apenas me alcanza para una botella de aguardiente y necesito calmar los temblores que recorren mi cuerpo. Necesito tener la mente clara. Suspiro sin saber por qué. Me contemplo en las vidrieras de los negocios y no me reconozco; solo veo a un viejo de barba descuidada, harapiento, con las uñas largas y sin algunos dientes. No me gusta sonreír. Miro mis manos casi negras, de mis zapatos se asoman los dedos de los pies. Duermo en una banca de parque bajo las estrellas, al despertar, no queriendo despertar, hurgo en los botes buscando sobras para llevarme a la boca. La gente desperdicia mucho: un pedazo de pan, un yogurt a medio terminar, un trozo de carne que no huele tan mal. Una señora me regala un taquito de vez en cuando y se lo agradezco con un gruñido, me he convertido en un animal. Unas personas me miran con lástima, otras con terror, las mujeres toman a sus hijos de la mano y se alejan cuando me ven. No recuerdo si alguna vez fue de otra manera. Todas mis posesiones caben en un viejo baúl metálico que vengo arrastrando desde hace mucho tiempo, tiene las chapas rotas, pero lo mantengo cerrado con varias vueltas de mecate. Mis valiosas posesiones son algunas latas oxidadas, botellas, pedazos de algunos juguetes; son mis tesoros. No tiro nada, quizá algún día me pueda servir. Tengo algunas prendas de niño, unos huesos y un cráneo, todo hace ruido en el interior de mi cofre del tesoro. Le revolotean las moscas, pero eso a mí ya no me importa, ni siquiera recuerdo si alguna vez me importó.

Se acerca el invierno, lo puedo sentir en los huesos, los árboles han perdido sus hojas, hace frío, observo a la gente con sus abrigos y me relleno la ropa con periódicos para mantener el calor.

Una señorita viene caminando en mi dirección y por alguna razón no me tiene miedo. No sé qué querrá.

-Venga conmigo, señor…

-Grrrr…

-Ándele… no le voy a hacer daño…

Me toma de la mano y me sostiene del codo. No le doy asco. Hace mucho que nadie me hablaba, mucho menos me tocaba con familiaridad. La sigo un par de cuadras hasta el almacén del Ejército de Salvación. Está calientito adentro. Me dan sopa tibia que me chorrea por el mentón. Qué bien se siente. La señorita me limpia la cara un trapo húmedo, “seguro que ya estoy muerto… o lo mejor estoy alucinando”, pensé.

Al final de la comida, la señorita me pone un abrigo que me viene chico, pero me cierra. Se despide de mí, regreso a las calles, por la hora creo que todavía alcanzo mi banca de parque sin pelearla con un compañero o algún perro sin dueño. Cruzo los dedos.

La banca está vacía, mi cofre debajo de ella, todo está en orden. Me recuesto, miro a las estrellas. El abrigo me recuerda al seno materno, se está muy bien con él. Meto la mano al interior y encuentro una fotografía, me acerco al farol para verla mejor. En la imagen aparecen tres mujeres de semblante sombrío a la entrada de un mausoleo, parecen monjas, sus abrigos se parecen al mío. Observo los tres semblantes. La más joven me resulta familiar, se parece a alguien a quien no recuerdo, en el reverso está escrito en lápiz: Amalia, Lorenza y Beatriz.

-Mmmm, Beatriz me suena… ¿Beatriz?…

Vuelvo a guardar la fotografía, cierro los ojos, me quedo dormido. Esa noche tengo un sueño maravilloso, soy feliz, al despertar trato de acordarme. Solo recuerdo detalles, la sensación de sentirme pleno y una dulce voz de mujer que me dijo: ¿Amor, no te acuerdas de mí?

Tengo un nudo en la garganta y lágrimas inundan mis ojos.

P.D. Agradezco que se hayan tomado el tiempo de leerme. Les dejo el audio de “Ready or not here I come (can’t hide from love), tema del año 1969.

 

Papel perfumado

Hoy ya nadie escribe cartas a la vieja usanza, pero el hacerlo puede tener resultados insospechados. Un enredo, una sorpresa, la llegada del amor verdadero.

He aquí un cuento que aborda este tema. Ojalá lo disfruten.

Papel perfumado

Margarita disfruta mucho estar en la cocina. No tanto por las actividades culinarias propias de ese espacio sino por la vieja mesa de madera que domina el lugar. La magnífica iluminación hacía de ésta el lugar ideal para sus actividades predilectas: juegos de cartas, escribir versos, cuentos divertidos y largas misivas dirigidas a personajes de su propia inventiva. Nada la entretenía más que imaginar situaciones, poner un epígrafe en la parte superior de la hoja, adornar con pequeños dibujos los márgenes, perfumar el papel y al doblarlo poner a secar pétalos de flores.

Una vez que introducía la epístola al sobre lo cerraba con saliva. Escribía una dirección ficticia, colocaba un timbre postal con mucho cuidado para que estuviera derechito y guardaba la carta en el cajón junto a las muchas otras que había escrito.

Sobre una repisa descansa una grabadora junto a una fila de casetes: Sarah Vaughan, Nina Simone, Etta James, Van Morrison, Tim Buckley, Joni Mitchell. La música acompaña sus largas horas frente a la mesa, era un bálsamo para su alma, fuente de inspiración y una compañera agradable cuando se sentía sola. Oh sweet thing, sweet thing… my, my, my my, my sweet thing… cantaba Morrison mientras Margarita suspiraba con aire soñador, le encantaba ese tema, pues la hacía fantasear con amores imposibles.

Un día llamaron a la puerta cuando Margarita se estaba bañando. Era Nabor el cartero. Éste gritó hacia la escalera: “señorita, señorita, le traigo el recibo de la luz”. No obtuvo respuesta. Entonces el mensajero entró a la cocina a cumplir con su trabajo, dejar la factura de la electricidad sobre la mesa, ver si no se le ofrecía a Margarita enviar una carta o al menos conversar unos minutos. De la grabadora brotaba la voz de Joni Mitchell, dulce y embriagadora que cantaba: Oh, I could drink a case of you, darling… And I would still be on my feet… “Qué buen gusto tiene la niña Margarita”, pensó Nabor, “es una melodía divina”. De pronto se percató de la gran cantidad de cartas que había en el cajón de la cocina. “Están listas para enviarse”, concluyó. Tomó el grandísimo fajo de correspondencia y se lo llevó creyendo que tendría un detalle para con Margarita.

Margarita bajó a la cocina con una toalla enredada en la cabeza, posó sus ojos sobre la mesa, revisó el monto que venía en la factura. “Lo mismo de siempre, lo mismo de siempre”, pensó. Subió a su habitación, se vistió y regresó a la cocina dispuesta a escribir. Cambió el casete, se decantó por el Happy Sad de Tim Buckley, soltó un suave silbido, abrió el cajón de la cocina y su corazón dio un vuelco: las cartas habían desaparecido.

La invadió la angustia. Abrió todos los cajones de la cocina, las puertitas donde guardaba la vajilla, la alacena, incluso miró detrás de unos frascos de mermelada de guayaba. No estaban. Le dio mucha tristeza. Telefoneó a la oficina de correos para preguntar por Nabor. No lo encontró, pero la operadora que le atendió le aseguró que todas sus epístolas habían sido enviadas sin dilación y que muy pronto llegarían a su destino. Margarita se puso lívida. “Mis cartas son un pasatiempo”, trataba de tranquilizarse, “todas regresarán a mí al no tener destinatario existente”.

Con el tiempo las fue olvidando.

Un día llamaron a su puerta. Se alcanzaba a escuchar el sonido de una muchedumbre. Margarita se asomó por la ventana discretamente. No daba crédito a sus ojos ante la imagen que se le mostraba. Había una larguísima fila de militares, marinos, bomberos, astronautas, todos vestidos con sus mejores galas, en la mano cada uno llevaba un ramo de flores, incluso uno usaba una falda de paja y un colorido penacho. Se formaron contingentes divididos por regiones del mundo: europeos, americanos, árabes, chinos, africanos, polinesios.

Todos enamorados.

Margarita supo en ese momento que en el futuro debería concentrarse en jugar al solitario.

P.D. A continuación les dejo el audio del tema “A case of you” de Joni Mitchell perteneciente al magnífico álbum del año 1971 intitulado Blue.

 

David Bowie (1947 – 2016)

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Enero y febrero, desviejadero. Al escuchar esa frase pensé en muchas cosas: en viejitas odiosas que se quejan de los ruidos de sus vecinos, en octogenarias con la TV a todo volumen, en ancianos muertos hacía un tiempo y delatados por el olor. Nunca pensé en David Bowie. Las estrellas de rock no deberían morir jamás.

Si ese fuera el caso, podría suceder que llegue un día en que uno de nuestros cantantes favoritos falleciera, entonces nos rascaríamos la cabeza extrañados: yo pensé que fulano era una súper estrella, no lo era… murió o mengana apuntaba a la inmortalidad, ¿en qué se equivocó? Por un instante imaginé a Ludwig van Beethoven, sordo y aburrido, atrapado en un tiempo incomprensible.

En esta ocasión no haré una semblanza de la carrera de Bowie. Voy a honrar su memoria recordando momentos en los que mi vida y su música se vieron involucradas, así ustedes se ahorran leer datos de enciclopedia mientras yo escribo con absoluta libertad.

En mi casa, mis padres no eran aficionados al rock, al contrario, mi madre escuchaba música clásica, trova cubana, conjuntos españoles edulcorados; mi padre, por su parte, era seguidor de las modas pasajeras, consumidor de éxitos radiofónicos y de todo aquello que tuviera una descarada orientación comercial. Así que, como podrán imaginar, no crecí escuchando a David Bowie. Soy un fanático tardío, pero sincero. Me inicié con el Hunky Dory (1971) no por recomendación, sino porque era el único álbum de la tienda. Me enamoré y al poco tiempo me aprendí las letras. Después, con esfuerzo, compré todos sus discos hasta llegar al Earthling (1997).

Siempre me fascinó su capacidad para adaptarse a diversos estilos dependiendo de la época. Del maquillaje y las lentejuelas a los trajes a la medida. Del folk rock a la electrónica. Bowie fue una fuente inagotable de temáticas apropiadas a cada momento, un reflejo vivo de una sociedad cambiante: camaleón, visionario, genio, artista todo terreno.

Un amigo muy querido me introdujo al álbum Black Tie White Noise (1993) y me prestó un VHS con sus videos, lo puse hasta el cansancio. Se terminaba, le regresaba, lo volvía a poner. Lo memoricé como las oraciones de mi niñez. Hasta la fecha no olvido ni uno ni otras. Después llegó a mi vida el Outside (1995). Recuerdo que copié el CD en un cassette y lo traje en el coche durante mucho tiempo. Eventualmente el disco me lo robaron durante una fiesta; la cinta se trabó en el estéreo, al sacarla se le salieron las entrañas y tuve que desecharla. Nunca lo repuse y desconozco el por qué.

Un día anunciaron el concierto en México y fui con mi primer amor. Los teloneros brillaron por su pobreza en el escenario y una falta sensible de apoyo por parte del público. No fue su culpa, en realidad ¿quién podría abrir una presentación de semejante monstruo? El concierto fue inolvidable, David Bowie resultó un artista amable, cálido, sencillo y sin pretensiones. Un genio entregado a su trabajo. Mi novia se portó fatal -no le gustaba particularmente-, pero eso no impidió que yo lo disfrutara. Ya han pasado algunos años de eso; ahora son solo recuerdos.

Durante algún tiempo le perdí la pista a Bowie. Regresaba ocasionalmente a sus álbumes clásicos: mucho Honky Dory, mucho mucho Diamond Dogs (1974), de vez en cuando The Man Who Sold The World (1970) y un larguísimo etcétera. Lo retomé en The Next Day (2013), un trabajo oscuro, lleno de canciones tristonas, videos promocionales gris plomo, esa portada que de una u otra manera presagiaba el final.

Hace ocho días desperté para encontrarme con malas noticias: Bowie había muerto. Sin salir de la cama puse su último trabajo, Blackstar (2016). Me invadió la tristeza. Blackstar es una suerte de despedida, un álbum pesado, triste, un evidente contraste con otros más coloridos, sin dejar de ser una línea interesante para su epitafio. El maestro estaba enfermo, se nota, pero este hecho no opacó la calidad de su arte, pues éste constituye la cereza de ese impresionante pastel que fue su carrera y una invitación a la reflexión: vida, fragilidad y finitud. Un día estamos aquí, mañana ya no.

No nos despedimos realmente. Bowie se reintegra al universo desprendido del cuerpo físico. Si todos somos parte de un todo, entonces no se ha ido, estamos con él y en él, forma parte de nosotros mismos, siempre lo fue. Hasta pronto.

Descanse en paz.

 

 

 

 

Lemmy Kilmister (1945 – 2015)

Lemmy

Lemmy Kilmister se ha ido, su deceso cierra en definitiva uno de los capítulos más importantes en la historia del rock.

Lemmy representa en mi libro personal la figura del hombre que se negó a envejecer, vivió y murió bajo sus propios términos. Un ejemplo a seguir para todas aquellas personas deseosas de vivir hasta las últimas consecuencias. Sin frenos, sin obstáculos infranqueables. Solo Rock and Roll. Pasión sin límites y nada más.

Escandaloso e irreverente solo respondió a sus propios deseos; nadie pudo  someterlo a una obligación contractual, influir sobre su proceso creativo o manipularlo para buscar el éxito comercial. Participó en conjuntos de diversos estilos; a finales de los años sesenta, The Rocking Vickers y Sam Gopal; a principios de los años setenta, con la emblemática banda de space rock Hawkwind y finalmente, a finales de los setenta y principios de los ochenta en el proyecto que lo inmortalizaría: Mötorhead. Una carrera con incursiones en la psicodelia, el space rock, el punk y el heavy metal. Amigo íntimo de Ozzy, fue maestro e influencia de muchos -incluyendo a Dave Grohl- y colaboró con sus más connotados colegas; su participación en Probot fue inolvidable. También incursionó en el cine. Su legado es inmenso.

En mi opinión, Lemmy fue perdiendo el apetito, se encasilló en el personaje que él mismo creó instaládose desde hacía algunos años en la senilidad. Después de grabar algunos álbumes indispensables, continuó tocando lo mismo, siempre lo mismo, como un perro amaestrado. Algunos le llaman estilo, concuerdo con ellos, pero la falta de evolución mata y Lemmy llevaba muerto musicalmente al menos una década. Álbum tras álbum, a partir de los años noventa, su trabajo se tornó un manchón borroso en mi memoria, salvo por algunos momentos rescatables -los menos- y las grabaciones en vivo, pues la banda se distinguió por el derroche de energía en el escenario, la duración de sus recitales y su mítica conexión con el público.

Hay una estrella menos en la tierra y una más brilla en el firmamento de los grandes músicos. Descanse en paz.

Fundamentales: Sam Gopal – Escalator (1969), Hawkwind – Warrior on the Edge of Time (1975), como Mötorhead: Mötorhead (1977) -mi favorito-, Ace of Spades (1980) -el clásico indiscutible-, Inferno (2004) -quizá su mejor álbum en mucho tiempo- y desde luego, los discos en vivo No Sleep ‘till Hammersmith (1981) y Everything Louder Than Everyone Else (1999).

Les dejo un video de Sam Gopal de 1969, en el que aparece un joven Lemmy antes de que su carrera se convirtiera en la vorágine que todos conocemos.

The Cure – Japanese Whispers (1983)

cure japanese whispers

Hay veces que la nostalgia me invade y despierta en mí diversas sensaciones asociadas con la música de mi adolescencia. Discos maravillosos escuchados hasta el cansancio que después de varios años regresan a la mente. Se descubre uno tarareando algún tema, desempolva el disco, lo pone en el aparato y se lanza uno al precipicio del recuerdo. Un ejemplar que conocemos de memoria con la misma precisión que el camino al baño cuando uno se levanta a mitad de la noche con las luces apagadas.

Éste en particular me remonta a una época en que mi extrema timidez me impedía acercarme a las niñas y si lograba acercarme no me atrevía a invitarlas a salir, mucho menos a darles un beso. Un tiempo en que desgarbado daba vueltas dentro de mi habitación fumando como un poseso. En mi mente fantaseaba con todas las cosas que les diría si me atreviera, soñaba con situaciones llenas de romance mientras me retorcía al ritmo de la música porque además de ser un sujeto tímido también soy torpe con el cuerpo.

Siempre me hizo gracia el aspecto de Robert Smith: peinado alto y maquillaje, oscuro, misterioso y ligeramente andrógino. Él ha conservado su estilo a través de los años, pero éste no ha resistido con gallardía la prueba del tiempo. Hace un par de años pude constatarlo en el concierto que ofrecieron en nuestra ciudad. Smith ha ganado algunos kilos, se está quedando calvo como una muñeca desgreñada y su maquillaje lo hace verse más como una gorda borracha en situación de calle que como una estrella de rock. Lo que un día fuera la fachada de un vampiro es ahora la de la tía incómoda que se encuentra uno en las fiestas; una solterona a la que hay que huirle porque si te agarra no te suelta.

Dejando de lado estas consideraciones quiero hablarles de este álbum de The Cure, que más que un álbum es un compilado de diversos sencillos lanzados entre los años 1982 y 1983. En este tiempo la banda toma un camino diferente, dejando el estilo que la había caracterizado en los discos Seventeen Seconds, Faith y Pornography para tomar otro derrotero más cercano al pop, al new wave y a la electrónica conservando algunas reminiscencias del sonido que la hiciera famosa.

Destaca el intenso uso de sintetizadores, piano y percusiones eléctricas en una amalgama perfecta. Las letras podrían considerarse entre las mejores del grupo. Aunque el estilo de algunos de los temas presenta variaciones, indudablemente funciona con efectividad y contundencia. The Walk, por ejemplo, recuerda a las canciones de Depeche Mode en los años ochenta, mientras que Speak My Language y Love Cats, coquetean con el jazz en similitud con el soundtrack de la película de Los Aristogatos de Disney.

Un acierto de esta colección es su duración -27 minutos- que por breve no deja espacio para momentos aburridos o canciones de relleno, lo que hace de ésta un knockout en el sentido más estricto del término. Un disco que no te cansa dando vueltas innecesarias con algunos momentos memorables, sino que se vuelve una combinación de golpes brutal en cuanto a eficacia e inolvidable por necesidad.

Estamos frente a un clásico. Uno de mis discos preferidos de todos los tiempos al haberme acompañado durante mis años de formación. Calostro musical; entrañable como el peluche más amado o el juguete preferido. Aquellos que lo conocen probablemente coincidirán conmigo. Si no lo conoces quizá sea el momento de descubrir algo nuevo. Una joya atemporal y quintaesencia del post-punk.

Recomendable al 92%.

P.D. Vean que buen look tenía Robert Smith por aquel entonces. No se lo pierdan.

The Creatures – Boomerang (1989)

creatures - boomerang

Después de un largo día tengo la costumbre de quitarme los zapatos, echarme en el sofá de la sala y poner el ipod a tocar en orden aleatorio. No todo es romanticismo, no siempre estoy con ánimos de poner un disco en la tornamesa, darle la vuelta al terminar el lado A, poner el lado B, terminar, guardarlo en su funda y seleccionar lo que sigue; es entonces cuando la comodidad del mp3 se vuelve indiscutible.

De entre las 6772 canciones que tiene mi ipod -mis 6772 preferidas, por cierto- la selección automática puso un corte de The Creatures, proveniente de un álbum que tiene mucho significado para mí. Generalmente reseño descubrimientos recientes, maravillosos sin duda, pero muchas veces carentes de un vínculo emocional profundo conmigo mismo. Anoche tuve una súbita revelación: escribir sobre uno de los discos que han marcado mi vida y ver qué tan objetivo puedo ser al hacerlo.

En 1989 yo tenía catorce años de edad. El disco compacto estaba cobrando fuerza y las ediciones importadas eran algo prohibitivo. Mi madre me dijo cuando me compró mi primer cd que lo disfrutara mucho porque eran muy caros y no volvería a comprarme otro. Esa fue una promesa que por fortuna no pudo cumplir, pero esa es otra historia. Ahora bien, este disco llegó a mis manos porque mi abuelita me lo regaló -contraviniendo las instrucciones maternas- sin saber que éste me acompañaría hasta el día de hoy veintitantos años después.

Lo recuerdo bien, lo compramos en una tienda de la extinta cadena Zorba, específicamente en la sucursal de la Zona Rosa. Estaba en exhibición en una vitrina y le pedí que me lo mostraran. En ese tiempo los dependientes me miraban con cierto desdén, pues era un niño preguntón acompañado de una mujer mayor. Me fascinaban los escaparates de las tiendas de discos y hasta la fecha me siguen gustando. Siento que los discos me hablan a través de sus portadas -llévame a mí, no, a mí- y en este dialogo imaginario yo les respondo que lo siento mucho, pero no puedo llevármelos a todos. Quien lea estas líneas puede pensar no solo que estoy completamente loco sino que además soy un consumista irredento; puede que lo sea, no voy a discutir este punto.

En ese año el tema “Pluto Drive” sonaba incansable en la también extinta estación de radio Rock 101. En más de una ocasión me despertó esta canción, ya que en ese entonces yo tenía un reloj despertador que podías programar para que te despertara con la radio en lugar de un pitido nefasto. Además tenía la costumbre de poner la música a todo volumen en lo que me arreglaba, lo que en su momento fue una inagotable fuente de roces con mi madre. Adolescencia es una enfermedad que se quita con el tiempo, aunque algunos de nosotros nos estacionamos indefinidamente en esa etapa.

Anoche sonó “Pity”, otro de los cortes del álbum, provocándome una sensación agridulce, de profunda nostalgia y me puso a pensar en muchas cosas. Pensé en mi vida, pensé en mi abuela, pensé en mis amigos y en todo ese tiempo que jamás regresará. Me encanta, de eso se trata estar vivo, recordar el pasado y generar nuevos recuerdos. Estar agradecido al abrir los ojos un día más.

Muchos de ustedes se preguntarán: ¿y a qué hora empieza la reseña?, ahí voy, ahí voy. The Creatures es una banda británica, proyecto de Siouxsie y Budgie, ambos integrantes de la mítica Siouxsie and the Banshees. Una agrupación que deja de lado el punk de años anteriores para decantarse por un sonido más elaborado, experimental hasta cierto punto, en donde predominan el uso de instrumentos inusuales y una producción impecable.

Boomerang es el segundo álbum resultado de este proyecto y con toda probabilidad su trabajo mejor logrado no solo en términos de experimentación sino de composición. Una joya del post punk con elementos de la electrónica sin llegar a exagerar. Destaca el uso de percusiones exóticas, marimba, acordeón, armónica, instrumentos de viento en general y la voz de Siouxsie. Dentro de los dieciséis temas que conforman el disco, podemos encontrarnos con música de cabaret, pasajes con sabor latino, cadencias orientales y letras crípticas. Una obra de arte posmoderna, actual, vigente y atemporal; un buen punto de partida para todo aquel que quiera probar algo fresco e imperecedero.

Los invito a darle una oportunidad a un clásico cuyo destino solo puede ser sobrevivir el paso de los años. Si lo conoces, seguro coincides conmigo, si no lo conoces, no sabes de lo que te has perdido. Un trabajo tan inspirado no debe ser ignorado. Nunca es tarde, dale una oportunidad y te aseguro que no te arrepentirás.

Recomendable al 90%.

P.D. Si le pongo menos de nueve creo que no le hago justicia, si le pongo 10 pareceré un fanático exacerbado. Lo que si puedo decirte es que suena mucho mejor que la descripción hecha en esta reseña.

Martin Carthy – Martin Carthy (1965)

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En mi calle hay una escuela primaria. Todos los lunes -así como el resto de la semana- hay honores a la bandera, ensayos para festivales y demás actividades que involucran gritos y porras. Muchos gritos, muchas porras y casi lo olvido, mucho canto; tristemente se ha vuelto notoria la falta de instrucción formal, ya que ahora cantan desordenadamente al son de una grabadora. Me ha dado por pensar que ya no tienen maestro de música y como podrán imaginarse: les urge. El volumen amenaza con llevar al límite las bocinas de la escuela mientras el feedback y la distorsión atentan contra la paciencia de todo aquel que se encuentre en las cercanías. Algunos de nosotros estamos a merced de la infancia, los onomásticos y el escándalo sinsentido.

El día de hoy la sorpresa fue escuchar una balada de la trova cubana clásica acompañada con una serie de gritos desacompasados que llevan a pensar más en un criadero de perros chihuahua que en una escuela primaria. ¿Estarían planeando la revolución?, ¿el homenaje de este lunes sería para honrar la memoria de los mártires latinoamericanos?, lo dudo mucho, pues los ideales se han diluido para escurrirse por la alcantarilla de la mediocridad y el conformismo. Además hoy se canta sin interiorizar el contenido de las letras y si nos ponemos estrictos hay mucho con lo que de ninguna manera querríamos que nos identificaran, particularmente en los géneros populares.

Dejando atrás estas reflexiones quiero hablarles de uno de mis más recientes descubrimientos -la verdad es que me lo recomendaron-: Martin Carthy , cantautor que rescata la tradición folclórica de las Islas Británicas; un artista con una prolífica carrera, más de diez álbumes en su haber y que no ha dejado de componer hasta nuestros días. En pocas palabras un hombre que sostiene con orgullo la antorcha de sus antepasados y carga sobre sus hombros el peso de mantener vigente la música de su tierra.

Este es su álbum debut, una colección de canciones tradicionales digna del conocedor más estricto. Guitarra, violín, mandolina y la voz de Carthy, clara como la luz del sol en un día despejado. Su dicción es excelente, las letras se entienden sin necesidad de recurrir al librito que acompaña al disco o a una página de internet. Imaginemos unas grandiosas lecciones de inglés a cargo de Martin: maestro, trovador a la vieja usanza, talento lírico y vocero del corazón.

No quiero pasar por alto la participación de Dave Swarbrick -mandolina y violín- en algunos de los cortes. Su nombre no aparece junto al de Martin en este álbum por los compromisos contractuales -al ser integrante del Ian Campbell Folk Group- y si participó fue con la autorización expresa de Transatlantic Records. Una de las canciones contenidas es una versión fantástica de Scarborough Fair, balada tradicional que fuera popularizada por Simon & Garfunkel -copiada en estilo a la de Carthy- y que en mi opinión es superior a la versión de éstos últimos.

A pesar de que Carthy es un artista contemporáneo su trabajo ha inspirado a artistas como Bob Dylan, el propio Paul Simon, Richard Thompson y Fairport Convention, por nombrar a algunos ya que esta lista se antoja interminable. Asimismo, Martin ha participado en otras agrupaciones como Steeleye Span, los Watersons y Brass Monkey, entre muchos otros.

Ustedes seguramente se preguntarán qué deben esperar de este álbum. La respuesta es sencilla: pueden esperar folk, rima en las letras, instrumentos orgánicos y una ejecución impecable. No hay una producción complicada ni trucos de estudio. Solo deliciosa música medieval capaz de hacernos evocar una escena propia de una feria campestre, tiempos más simples en los que la idea de electricidad, radio y televisión bien podría ser producto del trabajo de un escritor o del oficio de un alquimista. Una época en la que si cantabas mal, pues cantabas mal y no había nada que pudieras hacer.

Una auténtica joya lista para ser descubierta por aquellos con ganas de escuchar algo distinto. La deliciosa recompensa para el oído paciente. Bienvenidos a un viaje al pasado en cuarenta minutos. Memorable.

Recomendable al 89%.

Carmen Maki – Adam And Eve (1969)

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Regreso al blog para encontrarlo como uno de esos departamentos que llevan mucho tiempo abandonados. Huele a cerrado y a ropa sucia. Sobre la mesa del comedor hay algunos platos con restos de comida; las hormigas recorren la cocina a sus anchas. Ambiente agrio, mal ventilado, las plantas se están muriendo y hay algo que huele mal en el refrigerador; a veces suceden estas cosas cuando uno tiene que salir intempestivamente y no se sabe cuándo se va a regresar.

Ha llegado el momento de ventilar, dejar que entre la luz del sol, lavar los trastes, tirar la comida podrida y regar las plantas. Retomar aquello que nos es propio y que representa un placer en nuestras vidas. Estoy de vuelta con la reseña de un álbum cuyo contenido provoca esa sensación de hacer lo que más nos gusta: disfrutar la vida.

De vez en cuando me aburro de la música que tengo en mi colección, busco novedades, algo que permita saciar por un instante esta avidez que me corroe. Lo encontré, otra vez lo encontré y me siento afortunado porque al final siempre lo encuentro. Necesito mi dosis de nuevas composiciones y la necesito ya. Algunos me considerarán un consumista, quizá lo sea, pero coleccionar discos me provoca una emoción indescriptible.

En esta ocasión se trata de Carmen Maki, una cantante hija de padre americano y madre japonesa. Una dulce voz acompañada de orquesta. Carmen canta suavecito; pasa de un susurro no exento de cierto componente erótico a partes habladas en un lenguaje que se antoja poético. Algunos de ustedes han de estar familiarizados con ella por su destacada colaboración con la banda de blues rock psicodélico Blues Creation -una de mis bandas preferidas, por cierto-, activa a finales de los años sesenta y principios de los setenta.

Adam and Eve, es el segundo larga duración de Maki como solista. Cantado en japonés, la falta de comprensión de las letras no demerita en nada el sentimiento que nos transmite: nostalgia y tristeza en un elegante envoltorio. Un disco que oscila entre el jazz y la música de películas, en esa tendencia de finales de los años sesenta en la que prevalecían los arreglos orquestales sobrios exquisitamente acompasados.

Un álbum variado al combinar armonías propias de la música occidental con elementos de la tradición musical japonesa. Por momentos nos hace recordar el estilo de Astrud Gilberto sin que ese parecido tenga algo de deliberado. El arpa, los violines, los coros y demás instrumentos nos logran trasladar a una época en que la música era creada para halagar los sentidos más que para cumplir con requerimientos comerciales; en esto radica su belleza. Estamos frente a una rara mezcla de jazz, gogó, pop extraordinario e incluso bossa nova: un abanico muy amplio ejecutado con maestría y cuyo resultado es en extremo efectivo.

A mí en lo personal me hizo recordar la pista de sonido de las animaciones japonesas de mi infancia, pensé también en las películas del cine noir de la década de los treinta. Tenebroso, nostálgico y lleno de misterio. Sombras en las estrechas paredes de un callejón, el sonido de unos tacones a lo lejos, gabardinas, sombreros ladeados y humo de cigarrillos; ambientes que podrían salir de las novelas de Raymond Chandler o Dashiell Hammett.

Recomendable para todos aquellos amantes de la música con especial predilección por las voces femeninas. Fresco como el día en que fue grabado. Un producto emocionante, atemporal y sobre todo vigente. Agradable para acompañar una tarde de lectura,  amenizar un domingo al amanecer o para disfrutarse en soledad con unos buenos audífonos y las luces apagadas. Una invitación a la reflexión y por qué no, a soñar.

Recomendable al 90%.

B.B. King (1925-2015)

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El día catorce del presente mes falleció una de las más importantes figuras en la historia de la música contemporánea: B.B. King.

King fue un músico de blues cuyo trabajo trascendió diversos géneros -blues eléctrico, rock blues y R&B, entre otros- e influenció a artistas importantes como Eric Clapton, Dr. John, Joe Bonamassa, John McLaughlin, Robert Cray, por mencionar algunos. En vida disfrutó de reconocimiento, admiración y era considerado uno de los más grandes guitarristas -si no el mejor- del siglo XX.

Músico prolífico, maestro de vida y filántropo, su carrera abarcó seis décadas. Se dice que a sus setenta años de edad todavía ofrecía alrededor de 300 conciertos al año. Todo un ejemplo de trabajo, esfuerzo, dedicación y amor a su profesión. En mi opinión figura a seguir independientemente de lo que se haga en esta vida, ya sea ingeniería industrial, derecho, contabilidad, matemáticas o poesía. Si se ama lo que se hace y se trabaja todos los días el éxito puede llegar cuando uno menos se lo espere.

Me dio mucha tristeza enterarme de su partida, pero estoy seguro de que ya necesitaba descansar. Quizá su cuerpo ya no esté entre nosotros, pero su espíritu permanece en sus grabaciones y en el oficio de sus discípulos. Cada vez que escuchemos un solo de guitarra debemos tener la certeza de que estamos escuchando un pedacito de B.B. King.

El rey ha muerto, larga vida al rey.

Descanse en paz.

P.D. El pensar que Lucille -su guitarra- no volverá a ser tocada por el maestro me conmueve y me lleva al borde de las lágrimas.