Carmen Maki – Adam And Eve (1969)

carmen maki adam and eve

Regreso al blog para encontrarlo como uno de esos departamentos que llevan mucho tiempo abandonados. Huele a cerrado y a ropa sucia. Sobre la mesa del comedor hay algunos platos con restos de comida; las hormigas recorren la cocina a sus anchas. Ambiente agrio, mal ventilado, las plantas se están muriendo y hay algo que huele mal en el refrigerador; a veces suceden estas cosas cuando uno tiene que salir intempestivamente y no se sabe cuándo se va a regresar.

Ha llegado el momento de ventilar, dejar que entre la luz del sol, lavar los trastes, tirar la comida podrida y regar las plantas. Retomar aquello que nos es propio y que representa un placer en nuestras vidas. Estoy de vuelta con la reseña de un álbum cuyo contenido provoca esa sensación de hacer lo que más nos gusta: disfrutar la vida.

De vez en cuando me aburro de la música que tengo en mi colección, busco novedades, algo que permita saciar por un instante esta avidez que me corroe. Lo encontré, otra vez lo encontré y me siento afortunado porque al final siempre lo encuentro. Necesito mi dosis de nuevas composiciones y la necesito ya. Algunos me considerarán un consumista, quizá lo sea, pero coleccionar discos me provoca una emoción indescriptible.

En esta ocasión se trata de Carmen Maki, una cantante hija de padre americano y madre japonesa. Una dulce voz acompañada de orquesta. Carmen canta suavecito; pasa de un susurro no exento de cierto componente erótico a partes habladas en un lenguaje que se antoja poético. Algunos de ustedes han de estar familiarizados con ella por su destacada colaboración con la banda de blues rock psicodélico Blues Creation -una de mis bandas preferidas, por cierto-, activa a finales de los años sesenta y principios de los setenta.

Adam and Eve, es el segundo larga duración de Maki como solista. Cantado en japonés, la falta de comprensión de las letras no demerita en nada el sentimiento que nos transmite: nostalgia y tristeza en un elegante envoltorio. Un disco que oscila entre el jazz y la música de películas, en esa tendencia de finales de los años sesenta en la que prevalecían los arreglos orquestales sobrios exquisitamente acompasados.

Un álbum variado al combinar armonías propias de la música occidental con elementos de la tradición musical japonesa. Por momentos nos hace recordar el estilo de Astrud Gilberto sin que ese parecido tenga algo de deliberado. El arpa, los violines, los coros y demás instrumentos nos logran trasladar a una época en que la música era creada para halagar los sentidos más que para cumplir con requerimientos comerciales; en esto radica su belleza. Estamos frente a una rara mezcla de jazz, gogó, pop extraordinario e incluso bossa nova: un abanico muy amplio ejecutado con maestría y cuyo resultado es en extremo efectivo.

A mí en lo personal me hizo recordar la pista de sonido de las animaciones japonesas de mi infancia, pensé también en las películas del cine noir de la década de los treinta. Tenebroso, nostálgico y lleno de misterio. Sombras en las estrechas paredes de un callejón, el sonido de unos tacones a lo lejos, gabardinas, sombreros ladeados y humo de cigarrillos; ambientes que podrían salir de las novelas de Raymond Chandler o Dashiell Hammett.

Recomendable para todos aquellos amantes de la música con especial predilección por las voces femeninas. Fresco como el día en que fue grabado. Un producto emocionante, atemporal y sobre todo vigente. Agradable para acompañar una tarde de lectura,  amenizar un domingo al amanecer o para disfrutarse en soledad con unos buenos audífonos y las luces apagadas. Una invitación a la reflexión y por qué no, a soñar.

Recomendable al 90%.

B.B. King (1925-2015)

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El día catorce del presente mes falleció una de las más importantes figuras en la historia de la música contemporánea: B.B. King.

King fue un músico de blues cuyo trabajo trascendió diversos géneros -blues eléctrico, rock blues y R&B, entre otros- e influenció a artistas importantes como Eric Clapton, Dr. John, Joe Bonamassa, John McLaughlin, Robert Cray, por mencionar algunos. En vida disfrutó de reconocimiento, admiración y era considerado uno de los más grandes guitarristas -si no el mejor- del siglo XX.

Músico prolífico, maestro de vida y filántropo, su carrera abarcó seis décadas. Se dice que a sus setenta años de edad todavía ofrecía alrededor de 300 conciertos al año. Todo un ejemplo de trabajo, esfuerzo, dedicación y amor a su profesión. En mi opinión figura a seguir independientemente de lo que se haga en esta vida, ya sea ingeniería industrial, derecho, contabilidad, matemáticas o poesía. Si se ama lo que se hace y se trabaja todos los días el éxito puede llegar cuando uno menos se lo espere.

Me dio mucha tristeza enterarme de su partida, pero estoy seguro de que ya necesitaba descansar. Quizá su cuerpo ya no esté entre nosotros, pero su espíritu permanece en sus grabaciones y en el oficio de sus discípulos. Cada vez que escuchemos un solo de guitarra debemos tener la certeza de que estamos escuchando un pedacito de B.B. King.

El rey ha muerto, larga vida al rey.

Descanse en paz.

P.D. El pensar que Lucille -su guitarra- no volverá a ser tocada por el maestro me conmueve y me lleva al borde de las lágrimas.

Beth Hart & Joe Bonamassa – Live In Amsterdam (2014)

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El sábado tengo una boda. Hace mucho que no me pongo un traje y tuve que comprar uno. Fui a una tienda departamental a elegir el más adecuado para el evento. Azul marino. Me mostraron dos o tres trajes, pero solo algunos eran de un color apropiado. Al parecer están de moda las telas brillosas, el azul tirando a morado y los botones tornasolados. Soy un dinosaurio que gusta de la moda estilo siglo XIX -ajeno a toda modernidad- con tendencia a usar más una vestimenta como aquella con la que enterraron a Abraham Lincoln que el disfraz de un mirrey.

Una vez elegido el traje comenzaron los problemas. Los cortes actuales están muy estilizados pensando en cuerpos dignos de portar ropa ceñida. Pantalones para piernas delgadas cuando uno es de muslo gordo como los de las modelos de los años cincuenta. No hay cabida para el sobrepeso en este cruel mundo de escandalosa delgadez. Después de sudar profusamente al probarme tres o cuatro trajes encontré el elegido. Dadas las proporciones de mi cuerpecito tuvieron que sacarle a los pantalones tanto como les fue posible a fin de que me quedaran. Hoy tengo que recogerlo, volvérmelo a probar y sudar bajo esas luces parecidas a las de una rosticería; todo con vistas a hacer una entrada triunfal en un salón como si fuera Paris Hilton o una de las Kardashian.

Lamentablemente, no te pueden vender el saco de un traje y los pantalones de otro. Esa era para mí la combinación ideal. Pantalones grandes y saco no tanto. Por un momento pensé alarmado que tendría que comprar mi ropa de ahora en adelante en tiendas de tallas extra grandes o peor aún, mandármela a hacer con fabricantes de carpas circenses o velas para barcos.

Cambiando de tema quiero hablar sobre la química en la mancuerna formada por Beth Hart y Joe Bonamassa, quienes con anterioridad a este álbum en vivo ya habían colaborado dos veces en el estudio. El trabajo de ambos individualmente es bueno -son muy prolíficos los dos-, sin embargo hay algo que les hace falta para consagrarse. Por un lado, Joe es un guitarrista con una técnica impecable y por el otro, Beth es una cantante cuya voz puede compararse con las de las grandes matronas del blues y el jazz. Imaginemos a Eric Clapton y a Etta James compartiendo el escenario, desde luego toda proporción guardada.

En mi opinión los discos de Bonamassa aunque excelentes en interpretación carecen de sentimiento, son fríos y parecen grabaciones hechas para dar cátedra de cómo se debe tocar la guitarra. Por otro lado, los discos de Hart exceden en sentimiento, pero aunque tienen su encanto se sienten un tanto flojos y poco inspirados. Me pongo a pensar en el saco y el pantalón de trajes distintos que puestos juntos le quedan perfecto al oído.

La presentación grabada para el álbum está formada a partir de canciones propias, algunos covers conocidos y otros más bien oscuros que fueran interpretados originalmente por estrellas de diversos géneros. Temas de Ray Charles, Tom Waits, Bill Withers, Al Kooper y Aretha Franklin, entre otros, son ejecutados con fuerza insuperable en un auténtico festín para los amantes del género. La selección es cuidadosa y el resultado dejará a más de uno con la boca abierta.

Acompañados por un conjunto de músicos en plena forma, una sección de vientos memorable y unos coros discretos, llevan a cabo una demostración de todo aquello de lo que son capaces; encantar a todo tipo de público y hacernos tararear algún pasaje mucho tiempo después. La calidad de grabación es extraordinaria y la única crítica que podría hacerle es la atenuación del audio al final de cada canción, aunque esto es un detalle mínimo que no le resta nada al producto final.

Me sorprende la calidad de los discos en vivo actuales. Cuando era adolescente una placa en concierto muchas veces era sinónimo de un sonido pobre, se trataba muchas veces de excelentes ejecuciones ensombrecidas por los gritos de los asistentes y un trabajo de consola deficiente. Ahora todo es distinto, me he vuelto un entusiasta de la música viva capturada para la posteridad, eso sí, sin cortes ni edición alguna.

Los invito a probarse este atuendo. A lo mejor no les queda, pero estoy seguro de que tampoco les apretará una vez puesto. Denme su opinión. ¿Les resulta muy entallado?, ¿les queda flojo de los hombros?, ¿es necesario recortarle las mangas?

Recomendable al 90%.

P.D. Ya quedó el traje y no tuve que untarme manteca en el cuerpo para entrar en él.

Robben Ford – Into The Sun (2015)

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Después de unas muy merecidas vacaciones llegó el momento de regresar a la realidad. Siempre dudo acerca de mis méritos para obtener un descanso, pero a nadie le caen mal unos cuantos días para distraerse de la ciudad, su ritmo y las ocupaciones diarias. Hasta hoy sigo esperando con ilusión el próximo día de asueto, ya sea religioso o patriótico, especialmente cuando entraña la promesa de pasar tiempo con nuestras personas favoritas y sobretodo un cambio de locación.

Desde que tengo uso de memoria mi cuerpo funciona igual. Si tengo la posibilidad de despertar tarde, mi cuerpo empieza el día a la hora habitual tipo las 6.30 de la mañana y me veo impelido por una fuerza irresistible a saltar impulsado por un resorte invisible. En cambio si necesito madrugar la cama me atrapa irremediablemente, siento la necesidad de postergar el despertador en periodos de diez en diez minutos, correr el riesgo de no llegar a mis compromisos y quizá ganarme fama de holgazán.

Una vez más me estoy desviando del tema fundamental que aquí nos ocupa, la música; ese bálsamo espiritual tan importante como la primera taza de café y el amanecer.

Pasando el rato en una tienda discos me topé con el nuevo álbum de Robben Ford, guitarrista de blues cuyo oficio podría ser digno tributo para los dioses, una pieza memorable e imperdible para los amantes de la música salida del corazón o más bien de las entrañas.

Hablemos un poco acerca de Ford, pues estoy seguro que muchos de ustedes no lo conocen y es injusto no conocer a un gigante de sus dimensiones. Nuestro héroe colabora en sus primeros años con bluseros de la talla de Charlie Musselwhite y Jimmy Witherspoon. Participa brevemente con Miles Davis durante los ochenta desarrollando un estilo particular al fusionar blues con jazz. Trabaja como músico de sesión, sale de gira con George Harrison e incluso entra al estudio con KISS -sin aparecer en los créditos- para grabar algunos temas de su álbum Creatures Of The Night en 1982. Ha sido nominado en varias ocasiones a los premios Grammy y etiquetado como uno de los 100 más grandes guitarristas del siglo XX por revistas especializadas, lo cual a mi gusto son unas credenciales impresionantes.

Into The Sun lleva por título esta nueva placa cuyo contenido oscila entre el blues y el rock, cuenta además con la participación de invitados como Warren Haynes -guitarrista de los Allman Brothers y Gov’t Mule-, Sonny Landreth, Keb’ Mo’ y Robert Randolph, entre otros. A diferencia de su predecesor A Day In Nashville tendiente al jazz, en esta ocasión se acerca al rock facilitando el acceso a un público más amplio. Un buen punto para iniciarse en la carrera de Ford.

La calidad de la grabación es la esperada en 2015, nada sobra ni está fuera de lugar, todos los elementos presentes se escuchan con una claridad extraordinaria; piano, guitarras, batería, la intervención de coristas y esa mezcla de voces entre los participantes en una amalgama fuera de este mundo. Un disco cargado de energía, emoción, pasajes inolvidables y esa sensación única transmitida cuando un grupo trabaja con pasión en lo que más les gusta. Al momento de escribir esta reseña he dado al menos cuatro vueltas a los once temas, descubierto detalles nuevos, no me he cansado y a decir verdad no creo cansarme pronto.

Música genial para la temporada de calor -primavera y verano- que ya nos va dando una probadita. Imaginemos blues que ha pasado los fríos en el gimnasio -haciendo lagartijas y abdominales- para salir a la playa en bikini, robar miradas y llevarse nuestro aliento. Se escucha un silbido propio de un albañil y nos sorprendemos al descubrir que hemos sido nosotros mismos quienes emitimos esa vulgar muestra de admiración. Así de bueno es este álbum.

Recomendable al 89%.

Cold Chisel – East (1980)

cold chisel - east

Desde siempre he experimentado una especial fascinación por Australia. Un continente plagado de fauna exótica, paisajes espectaculares y una escena musical prolífica; sin duda una cultura siempre a la vanguardia en todo sentido, de la moda al arte y de la actuación a la literatura. Un paraje moderno y civilizado en el otro extremo del mundo.

Tengo muchas ganas de ir. Conozco ese país por programas de televisión en los cuales, mostraban historias terroríficas como la del surfista atacado por un tiburón o la de la pareja cuyo bebé les fuera arrebatado por un perro salvaje. En otra ocasión supe de serpientes venenosas cuya picadura puede matarte en quince minutos y la mala suerte adereza invariablemente tal evento ya que te agarra  cuando estás de visita en un pueblito a una hora de distancia del hospital más cercano.

En una ocasión -yo tendría unos ocho años- le dije a mi madre que me encantaría conocer Australia, pero me daba miedo ser llevado por el dingo. Ella me volteó a ver para decirme que estaba ya muy grande para eso y si me llegara a encontrar con dicha bestia frente a frente seguramente me devoraría en el acto. Su respuesta me desanimó, pero quién si no los padres para señalarnos esas verdades cargadas de una crueldad inefable. Ahora bien, si llego a ir me abstendré de parar en comunidades apartadas o llanuras dejadas de la mano de Dios en donde pueda estar yo a merced de hambrientos depredadores.

En la secundaria – no me pregunten por qué- trajeron un contingente de estudiantes australianos para llevar a cabo un intercambio o algo parecido. Sus integrantes eran niños de ambos sexos vestidos con atuendos color caqui, sombreros tipo safari y en la mano banderitas de su país. De pronto mis compañeros empezaron a atosigarlos con preguntas y tratar de quitarles sus sombreros ladrándoles en el inglés del hombre primitivo, lo que provocó en ellos un miedo evidente.  A mí me dio pena ajena, pues mis colegas asaltaron a los visitantes como si nunca hubieran visto a un extranjero. La postal parecía más de un reformatorio juvenil del tercer mundo que de una escuela de nivel medio superior.

Ahora bien, dejaré por un momento mis impresiones y experiencias al respecto para hablar de música, un tema más agradable y a todas luces menos peligroso.

Cold Chisel es una banda formada en Adelaida a principios de los años setenta, su estilo era el propio del pub rock que imperaba evolucionando con el tiempo hacia una mezcla orientada al pop rock muy al estilo de los grandes exponentes del género en Occidente. Es uno de los conjuntos más exitosos en la historia australiana al colocar en las listas de popularidad algunos de sus álbumes e incluso llegar a alcanzar discos de oro y platino por sus elevadas ventas. Su estilo se nutriría a partir del blues y el rock and roll clásico -tipo años cincuenta- dentro de una estructura pop, sin entender este término como algo propio de mercadólogos y asesores de imagen.

Las letras sumamente localistas contribuyen directamente a su falta de éxito comercial en otros países. Se habla del diario vivir de la gente, sus problemas sociales y la exaltación de la vida de la clase trabajadora. En ocasiones escandalizaron por su contenido a una sociedad en extremo conservadora mientras en la misma proporción aumentaba una  base creciente de leales admiradores.

East es el tercer álbum de la banda y probablemente su trabajo más conocido por tratarse de una selección de temas impecable. No hay momento en que uno quiera saltarse una parte o cambiar el disco, una producción equilibrada representa la cereza en el pastel. Pegajoso e inolvidable he llegado a tararear pedacitos por temporadas. En eso reside su magia, no por nada esta es una de las grabaciones más famosas en la historia de ese continente.

Esto es tan bueno al grado de intrigarme por qué no es este trabajo un éxito rotundo a nivel internacional. Lamentablemente en nuestro caso muchas de las cosas que nos llegan pasan antes por el vecino dificultando la llegada de lo que muchas veces vale la pena, pues nuestros gustos difieren de los de ellos. Hay cosas que tienen éxito allá mientras aquí pasan desapercibidas y viceversa.

Queridos amigos, los invito a probar un trabajo de 1980 -que quizá muchos de ustedes no conocen- y que está a la altura de los grandes clásicos de la época. Resulta refrescante descubrir joyas perdidas pertenecientes a la década de la infancia cuando uno gustaba de cantar sin saber de qué iba el tema. Date la oportunidad de escucharlos, déjame conocer tu opinión, canta despreocupado y alegre como en los maravillosos años ochenta, háblame una etapa llena de inocencia, curiosidad y descubrimiento, pero sobretodo disfruta.

Recomendable al 89%.

P.D. Por momentos me recuerdan a The Police.

Krokodil – An Invisible World Revealed (1971)

krokodil - invisible world

Cuando era niño recuerdo largas jornadas en el asiento de atrás del coche, en realidad no se si eran tan prolongadas, pero a esa edad uno tiene otra perspectiva respecto del tiempo. Un paseo en carretera podía parecer eterno, cumplir cuarenta años algo como de otra galaxia y el adquirir las responsabilidades de la vida adulta impensable. A mí nunca me va a pasar, lo juro -pensaba en mi fuero interno- y heme aquí experimentando todo aquello reservado para los grandes.

En esos paseos estaba expuesto a la música de mis padres sin posibilidad de opinar al respecto. Por parte de mi madre era la obra de Bach, algunas piezas de Vivaldi o Schubert, sin olvidar por supuesto a Serrat o los éxitos de los conjuntos españoles de bonitas armonías vocales y letras deprimentes. En el caso de mi padre, siempre eran canciones salidas de las listas de popularidad en inglés y español al estilo de Gloria Estefan con Miami Sound Machine, Wham!, Wilfrido Vargas o Juan Gabriel.

Desde aquel tiempo me sentí más atraído a la música en inglés, algunas veces se me pegaban uno o dos éxitos e intentaba cantarlas como buenamente podía; siempre confiando en mi rudimentario entender ladraba las canciones como un cachorro alegre y despreocupado. En ese momento poco me importaba la opinión de los demás, solo quería disfrutar del ritmo, entonces resulta penoso crecer para dejar atrás la inocencia y vivir inmerso en un mundo en el que aprenderse las letras, y cantar con propiedad, se vuelven obligación.

Tengo para ustedes una auténtica joya cuya rareza solo aumenta su encanto. Entremos en materia…

Acabo de descubrir a Krokodil, quienes son posiblemente el secreto mejor guardado de la Europa continental durante los años setentas. Una banda de blues con una interesantísima evolución hacia la psicodelia flirteando descaradamente con el jazz y los sonidos étnicos de la India. Largas piezas instrumentales llenas de elegancia capaces de erizarnos los vellos del cuerpo, ponernos la carne de gallina y elevar nuestra presión arterial a niveles insospechados.

An Invisible World Revealed es el tercer álbum de la banda; en él dejan atrás su sonido bluesero para incorporar flauta, órgano mellotrón, tabla hindú y una exótica cítara con apariciones ocasionales en algunos de los temas. Las voces son un añadido hipnótico más propias de un sueño que de una banda acostumbrada a tocar en estadios. En algún punto se escucha un narrador, una suerte de poeta con un mensaje fantástico preámbulo de un cambio de ritmo espectacular.

Un trabajo emocionante que lleva tres vueltas a medida que voy escribiendo al respecto, le encontré un detalle aquí y allá que antes me pasó desapercibido; me estoy enamorando y no pienso meter las manos. Debo decirles que no es fácil sorprenderme, pero es un panorama tan vasto el de la música que tengo la certeza de que existen muchísimas cosas para mí y que solo es cuestión de tiempo para descubrirlas.

Muchos melómanos coleccionistas podrán decirme que se escucha mejor en vinil, coincido con ellos, pero esta reedición en disco compacto trae tres extras que valen muchísimo la pena. El verdadero aficionado es muy dado a tener ambas versiones, así como promocionales, ediciones de otros países, portadas alternativas, etc. Para aquellos que critican el coleccionismo extremo o casi profesional de algunos de mis más respetados congéneres, puedo decirles que nunca tendremos suficiente de lo que nos gusta, pues algunos llegamos a renunciar a la comida a cambio de una nueva emoción musical.

Si no conoces a la banda llegó el momento de hacerlo. Estamos frente a un trabajo impresionante incapaz de defraudar al escucha más exigente. Desde los primeros acordes te sientes como cuesta arriba en una montaña rusa a la expectativa de un viaje emocionante digno de repetirse, yo al menos no pude reprimir un gritito la primera vez. ¿Coincidimos?

Recomendable al 92%.

Wilko Johnson & Roger Daltrey – Going Back Home (2014)

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Vivo en un edificio cuyas paredes parecen de papel y cuando los vecinos jalan la cadena los demás nos damos cuenta. Si unos roncan otros se asustan al grado de llamar a protección civil, pues creen que una manada de leopardos sedientos de sangre andan rondando las áreas comunes. En esta comunidad las personas más apreciadas son aquellas a las que nunca hemos visto, mientras despreciamos a aquellas que tenemos siempre presentes por su falta absoluta de civilidad.

Anoche hubo una fiesta, mi vecino de abajo se empeña en meter cincuenta personas en su diminuto departamento y poco le importan las protestas de sus atormentados vecinos. Durante la celebración hubo mariachi -un conjunto lo suficientemente grande para llamar la atención de los transeúntes-, gritos, zapateo intenso e incluso se cimbró el edificio hasta bien entrada la mañana siguiente.

Una vez desahogado este punto -lleno de conmiseración, por cierto- quiero hablar de música, mi único refugio cuando las fiestas de los demás se salen de control.

Esta semana cayó en mis manos el álbum colaboración de Wilko Johnson y Roger Daltrey; ambos veteranos de míticas bandas de rock, a saber, Dr. Feelgood y The Who respectivamente, representando esa unión un esfuerzo titánico.

Imaginemos a dos de nuestros monstruos preferidos, por ejemplo Godzilla y el Hombre de Malvavisco. El escenario es la ciudad de Nueva York envuelta en llamas y llena de fierros retorcidos. Juntos atacan destruyendo todo a su paso originando un auténtico paraíso para los amantes de la ciencia ficción. El caso de nuestros héroes es similar al encarnar una poderosa combinación de talentos capaz de derribar cualquier reserva, transportarnos a una época en que la música era espontánea, el talento indiscutible y el trabajo era hecho pensando en resistir los embates del tiempo.

Going Back Home lleva por título esta sensacional muestra de rock and roll. Una patada en la cara, guitarras bluseras, armónica y la voz inconfundible de Daltrey, que por primera vez en mucho tiempo suena en el lugar preciso. Imposible imaginar un frontman distinto con los cojones tan bien puestos, justo lo que un trabajo instrumental de estas características necesita.

La producción es increíble, predomina un sonido bien equilibrado resultando en un disco redondo -valga la redundancia- en el que no hay desperdicio. Nada está fuera de lugar por tanto nada le cambiaría. Rock primigenio traído a nuestros tiempos, ¿Qué más se puede pedir?

Contenido optimista, alegre y divertido, dos extraordinarios músicos bien acompañados entran al estudio a hacer lo que más les gusta, cumplir con un destino común escrito en las estrellas. Disfrutan cada momento y se nota, evidencian una vitalidad rara en estos días al demostrar sin proponérselo quiénes son los grandes padrinos del movimiento. Una sorpresa inesperada, yo imaginé que sería bueno pero nunca inolvidable.

Las letras son juveniles, propias de un par de mastodontes como ellos que  negándose categóricamente a envejecer y aferrándose a la vida con todas sus fuerzas se rehúsan a irse sin dejar en nosotros una profunda huella. Resulta inspirador cuando las nuevas generaciones vemos de manera palpable esas ganas de vivir que permiten que el mundo continúe girando. Dios bendiga a esos buenos ejemplos, sin ellos no recordaríamos lo maravilloso que es estar vivo y tener un propósito para levantarnos por las mañanas.

Este trabajo fue certificado como disco de Oro en el Reino Unido representando un éxito importante en la carrera de nuestros protagonistas. Con toda razón este es un álbum que todos tendríamos que tener en nuestras casas e incluso contar con varias copias para regalar a los amigos. Deberíamos llevar una caja repleta a las reuniones familiares aunque siempre haya un primo que cuando nos vea venir levante la vista al cielo en actitud suplicante antes de salir huyendo.

Going Back Home es un regreso a las raíces, a los orígenes del rock más puro y sin pretensiones. Un trabajo para ir recomendando de puerta en puerta como esos reclutas dominicales que buscan comunicar la palabra de algún culto. Pruébalo y dime si coincides conmigo. Estamos siendo testigos del lanzamiento de uno de esos clásicos de los que se hablará durante mucho tiempo.

Recomendable al 90%.

Tedeschi Trucks Band – Everybody’s Talkin’ (2012)

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Cuando era un niño, antes de que me salieran los cuernos y le aullara a la luna, empecé a coleccionar discos y tenía la manía de negarme sistemáticamente a las grabaciones en vivo. Pensaba en una pobre calidad de audio, sonido apagado y versiones desafortunadas de mis canciones preferidas capturadas en el estudio. Era aquella una época en la que tenía que escoger cuidadosamente mis adquisiciones, ya que no tenía los recursos económicos ni el acceso propio de las nuevas tecnologías. Un domingo tenía que ser gastado tras una profunda deliberación conmigo mismo y un error podía derivar en un ejemplar acumulando polvo en una repisa.

Debo confesarles que hasta el día de hoy no tenía la intención de escribir acerca de este tipo de álbumes, pero a la primera escucha del presente testimonio he quedado prendado del trabajo de este fantástico grupo de músicos.

Tedeschi Trucks Band es formado por el matrimonio de Susan Tedeschi y Derek Trucks -éste último integrante en su momento de los legendarios Allman Brothers-, una unión resultante en una mancuerna de talentos extraordinaria, casi divina. Sentimiento y técnica en una amalgama poco común, en la que la voz de ella recuerda a las de la míticas sirenas y la guitarra de él podría acompañar los cantos de los más augustos trovadores imaginables.

Este álbum doble en vivo nos presenta un acoplado de estilos diversos, desde blues y rock hasta un góspel sublime, además de un guiño lleno de coquetería a los géneros folk y country. R&B para los tiempos modernos. Una cuidadosa selección de canciones provenientes de su debut Revelator, así como un puñado de covers ejecutados con una maestría digna de los más virtuosos exponentes de la música actual.

Acompañando a nuestra pareja protagonista subyace un grupo de músicos experimentados, aliento, cuerdas, percusiones y un piano siempre presente en todo momento. Un conjunto todopoderoso capaz de robarle el aliento a un público cada vez más exigente, ejecutantes anónimos, artífices de una obra susceptible de admiración y del más absoluto reconocimiento. En pocas palabras, podemos esperar una ovación de pie por parte de los aficionados, así como a los expertos empujados a quitarse el sombrero de manera solemne.

Cabe resaltar que largas improvisaciones dominan la grabación en un estilo similar al de los Grateful Dead, los solos instrumentales aparecen intermitentemente dejando muda a la audiencia, cuya presencia -siempre discreta- solo se hace notar entre en los breves espacios que separan las canciones. Nada suena fuera de lugar. Ningún instrumento ahoga a los demás. Un desempeño prodigioso por parte del ingeniero de sonido. Si tu tienes ideas similares a las mías como cuando yo era un niño, ¡no temas!, el contenido de este disco doble superará tus expectativas como lo hizo con las mías.

No debe sorprendernos la memorable ejecución de la banda, pues para el momento en que esta presentación fue grabada, ya habían sido galardonados con un Grammy anteriormente. Muchos podrán afirmar que dicho premio responde a ventas elevadas y en ninguna forma es un reflejo de los sucesos reales dentro de la escena musical, es a ustedes a quienes invito cordialmente a darles una oportunidad, no se arrepentirán. Quizá sea un reconocimiento vacío, pero en este caso me pongo a dudar, pues te deja sin palabras y al mismo tiempo representa un éxito comercial. El dinero y el talento no se excluyen por necesidad el uno al otro.

Tedeschi Trucks Band es el tipo de banda que no pinta para venir este año a nuestro país, ni el que le sigue. ¿Muy norteamericano para tus gustos?, universal para el oído en busca de una emoción nueva, fresca y apabullante.

Recomendable al 90%.

Bernie Marsden – Shine (2014)

bernie marsden - shine

Cuando se es un guitarrista legendario y los años han pasado, debe ser muy difícil mantenerse vigente. Adaptarse a las nuevas tendencias de la escena musical y atraer nuevos seguidores implica un reto, puede llegar a ser una labor propia de titanes. Como ustedes saben, el público en general es duro con los artistas, un paso en falso puede derribar un ídolo y demostrarnos que estaba formado por el barro más ordinario. Sin embargo, para nuestra buena fortuna, unos pocos están hechos de oro macizo y por ende en aptitud de resistir con entereza el paso del tiempo.

Envejecer no es para débiles de corazón -como diría mi madre-, ya que lo que un día es un cuerpo esbelto, una espesa cabellera y el vigor propio de la juventud, por el simple transcurrir del tiempo se desvanecen, dando paso al sobrepeso, a las sienes plateadas, la calvicie y los achaques que acompañan a la decadencia y la vejez. Los hombres pasamos de las noches de parranda en compañía de hermosas modelos -soñar no cuesta nada- a las temidas visitas al consultorio del proctólogo.

Pero hablemos de Bernie Marsden quien es un auténtico dinosaurio y que a sus sesenta y tres años de edad es todavía capaz de tocar un solo de guitarra digno de una súper estrella de sus dimensiones. Mejor conocido por su trabajo con la famosísima banda Whitesnake -entre muchos otros proyectos-, nuestro héroe es un compositor talentoso con una carrera solista hecha para despertar las envidias de sus contemporáneos e influenciar a las nuevas generaciones de aspirantes a la gloria.

Shine es su más reciente álbum y debo decir que ha causado en mi una muy agradable impresión. Al principio, no sabía que esperar de esta placa. Podría ser un intento desesperado por aferrarse a una carrera decadente y quizá hasta superada. ¡Vaya sorpresa me he llevado!, he pasado a largo de esta obra de la irreverencia e incredulidad al aplauso y la admiración instantánea. Desde el primer acorde del primer corte quedé atrapado en la magia de Marsden y compañía. Quiero precisar que la lista de invitados ya podría por sí misma, consagrarse y formar parte de los salones de la fama -de hecho, muchos de ellos pertenecen a ese selecto grupo-, una auténtica pléyade de estrellas que de una forma u otra han definido el rumbo de la música y que en esta ocasión apoyan a uno de sus integrantes veteranos.

Entre sus ilustres filas podemos mencionar a David Coverdale, Joe Bonamassa e Ian Paice, de quienes se podría escribir largamente en estos espacios. A partir de esta información los iniciados en la materia se pueden hacer una idea de la impecable ejecución demostrada a lo largo de casi una hora.

El álbum combina blues y rock, contiene uno o dos cortes francamente ochenteros que a mí en lo personal no me molestan en lo absoluto. Ocasionales baladas harán las delicias de más de uno al proporcionar un contraste adecuado respecto de las piezas más movidas. El órgano proporciona un acompañamiento discreto y bien acompasado -con sus ocasionales solos-, la armónica nos regala momentos memorables y los coros femeninos dan un toque muy especial al incorporarse a la melodía. La producción es la que podría esperarse en el 2014 con un sonido limpio y potente en el que brillan todos los elementos sin opacarse entre sí, un trabajo perfecto de la ingeniería de sonido moderna.

Ahora bien, yo disfruto con más gusto de algo menos pulido, pero eso son solo mis preferencias personales. Si lo que se está buscando es algo más crudo, estamos en el lugar equivocado. Este disco es como el costoso automóvil deportivo encerado a conciencia a los que unos aspiran, mientras muchos de nosotros preferimos un sedán de años anteriores con una abolladura en la defensa y una ligera capa de tierra en la carrocería. Cuestión de gustos.

Recomendable al 89%.

Bulbous Creation – You Won’t Remember Dying (1969)

bulbous creation

Nuevamente ha caído en mis manos un clásico obscuro de fina manufactura, pieza exquisita y documento representativo de una era de intensa experimentación. Un hallazgo similar a encontrarse un billete de quinientos pesos en un pantalón que hace mucho uno no se ponía o encontrar un objeto (muy querido) que considerábamos perdido al mudarnos de casa. Una muy agradable sorpresa. El tipo de acontecimiento que alimenta el apetito desmedido del melómano coleccionista.

Se dice que la banda proviene de Kansas, Estados Unidos, pero en realidad no hay fuentes fidedignas para corroborar esta información. La funda del disco no aporta nada más allá de una breve y quizás imprecisa descripción del estilo contenido en el mismo. Puedo decirles que todo lo que sabemos proviene de una etiqueta adherida al celofán.

Este trabajo lleva por título You Won’t Remember Dying y hace las veces de álbum debut. Consiste en grabaciones hechas entre los años 1969 y 1970, en el legendario estudio Cavern Sound en Missouri, pero por alguna razón que escapa a mi entendimiento no fue lanzado hasta 1994. Estamos ante una placa rescatada del olvido, desempolvada y sacada de los anaqueles de una disquera más bien pequeña encajando a la perfección en el término subterráneo. Ya podía considerarse una antigüedad en los años noventa, pero en la actualidad para muchos podría ser una muy valiosa obra de arte atemporal.

La música es una especie de heavy metal primigenio. Blues pesado con una profunda veta psicodélica. Dos vocalistas con voces intercaladas, guitarra distorsionada, armónica a juego, pasajes extensos en los que prevalecen los ritmos hipnóticos y un súbito cambio de ritmo que sorprenderá a más de uno. Un órgano memorable. Música formada a ratos por momentos inolvidables y otros francamente insulsos, una combinación similar a la vida misma en la que no todo es bueno ni malo. Quiero precisar que la vida hay que vivirla todos los días para descubrirla y siempre será memorable en la medida que la experimentemos con una mente abierta y una fuerte dosis de buena disposición.

Las letras tratan temas variados que incluyen la guerra, la heroína y Satanás. Nada nuevo bajo el sol. Letra y música embonan con precisión como piezas de relojería. Si la temática fueran conejitos, praderas cubiertas de flores o fuentes de agua cristalina debo confesarles que no creería ni media palabra de lo que se habla -sobretodo con este siniestro acompañamiento-, aunque pensándolo bien, eso sí que sería psicodelia, pero en una versión vegana y libre de gluten, acorde a estos tiempos modernos.

Hay un pequeño detalle que a mí me gustó particularmente y que consiste en la inclusión de un cover del clásico de T-Bone Walker “Stormy Monday”, una de mis canciones predilectas de todos los tiempos. Interpretada por muchos a lo largo de los años, esta versión tiene su encanto al sonar sincera y sin pretensiones.

Dale una oportunidad y si llegas a ver una copia, no la dejes ir.

Recomendable al 87%.