Siouxsie and the Banshees – The Scream (1978)

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Mi primer contacto con Siouxsie fue a través de un videocasete Beta adquirido en el tianguis del Chopo. La filmación mostraba diversos grupos punk debutando en el legendario 100 Club de Oxford Street, corría el año 1976. Al observar la estética de aquellos músicos quedé fascinado: uñas pintadas de negro, alfileres de seguridad en la ropa, cabello de colores parado en punta, y sobre todo, esa actitud irreverente. Yo quería eso para mí, rebeldía y decadencia, así que añadí algunos elementos a mi propia imagen, era 1988.

Siouxsie tenía diecinueve años durante aquel festival a mediados de los años setenta. Era una jovencita oscura, maquillada en exceso, cuya voz inolvidable y presencia escénica hicieron que yo quedara automáticamente prendado de ella. Me convertí en un fanático incondicional. Con el fruto de mis domingos, chantajes a mis padres, súplicas a mi abuela fui comprando cada uno de sus discos: caros, importados, inaccesibles. Cabe mencionar que en ese tiempo no había internet y no teníamos el acceso a las cosas que tenemos actualmente, todo era más simple, más mágico, qué se yo.

El 19 de mayo de 1995 vino a México, tocó en el Auditorio Nacional y yo estuve ahí. El foro estuvo medio lleno, el conjunto promocionaba su álbum The Rapture, en mi opinión un trabajo flojo, poco innovador y muy apegado a las tendencias pop de los años noventa; nada de esto importó pues era para mí representaba un sueño cumplido. Yo tenía diecinueve años y Siouxsie treinta y ocho. Ella no era como la recordaba, o más bien como la había idealizado, ante mis ojos rebosantes de juventud la otrora sílfide había tornado en venerable matrona; tonterías de chiquillos, la mera verdad, y es que ese rasgo tan mío consistente en conceder a las mujeres propiedades fantásticas tales como infinita perfección, aptitudes para volar, hechicería, belleza sobrenatural, entre otras, constituye material de psicoanálisis y no ropa sucia para ventilar en público.

Sin más preámbulo les presento la reseña de uno de mis discos predilectos.

EL GRITO

Siouxsie and the Banshees fue una banda de rock británica, perteneciente al movimiento denominado post-punk, formada en el año de 1976. A pesar de ser contemporánea a los Sex Pistols y a The Clash, su estilo fue evolucionando de manera distinta al incorporar una estética más oscura y un sonido más cercano al rock alternativo a través de ritmos arriesgados y experimentación.

The Scream (El Grito) es el álbum debut de la banda, fue lanzado en noviembre de 1978, siendo bien recibido por la crítica y alcanzando el éxito comercial al obtener la posición número 12 en la lista de álbumes del Reino Unido; algo impensable según la filosofía propia del movimiento punk de aquellos años, pues incorporarse al sistema era una contradicción y un sacrilegio para los jóvenes de clase trabajadora; no había oportunidades ni un futuro esperanzador.

El lado A abre con “Pure”, un tema lento, algo tétrico, con una guitarra distorsionada, escasa percusión y los gritos de Siouxsie al fondo. Imaginemos la subida a las alturas en una montaña rusa antes de la primera caída: expectación, nudo en el estómago, ansiedad, la promesa cabal de que lo mejor está por venir. Continúa con “Jigsaw Feeling”, un tema vigoroso cuya letra trata de confusión y desconcierto, uno de mis preferidos. A lo largo del álbum los tópicos de las canciones varía, “Overground” habla acerca de la búsqueda de identidad, mientras “Carcass”, el único tema punk per se, aborda los derechos de los animales. El primer lado cierra con “Helter Skelter”, cover de los Beatles, una buena versión a pesar de ser el momento más flojo del disco.

El lado B abre con “Mirage”, un tema movido que deja al escucha, dada su brevedad, con ganas de más. Seguimos con “Metal Postcard (Mittageisen)”, una canción a ritmo pausado cuya letra habla de lo mecánico de la existencia misma y suena como la maquinaria de un reloj en funcionamiento. “Nicotine Stain” trata acerca del tabaquismo mientras “Suburban Relapse”, inspirada en la obra de J.G. Ballard, nos habla de perder la cordura dentro de la tranquilidad reinante en la zona residencial, no olvidando mencionar que las guitarras emulan los violines de la famosa escena de la regadera del filme Psicosis de Alfred Hitchcock. El álbum cierra con “Switch”, dividida en tres secciones en las que se plantean tres personajes, un científico, un médico y un sacerdote que intercambian trabajos con funestos resultados.

Es un trabajo fresco y atemporal de una banda que, similar al escritor inexperto, va buscando su estilo a base de ensayo y error. Se manifiesta como evidente el apetito por trascender, la originalidad, el talento, y el resultado está destinado a resistir la prueba del tiempo. No por nada Siouxsie and the Banshees influenciaron a un sinnúmero de artistas independientemente del género.

P.D. Les iba a dejar el audio de aquella legendaria presentación pero se escucha terrible. En su lugar les dejo “Carcass”.

Déjà vu bajo las estrellas

Este espacio surgió a partir de la idea de reseñar mis álbumes preferidos. Las cosas, al igual que las personas, van cambiando con el tiempo, y por eso decidí incluir algunos de mis cuentos. No soy el mismo individuo que empezó este blog y por esa razón doy gracias.

Recién descubrí a los Delfonics, una banda soul representante del sonido Filadelfia, en cuyo estilo encontramos una marcada influencia funk, arreglos sinfónicos y armonías vocales excepcionales. Este género, en particular, es considerado precursor de la música disco. Sus temas versan acerca del amor, la vida en pareja, enamoramiento y extrañar a la contraparte afectiva, entre otras similares.  Suena cursi y probablemente lo es. A fin de introducir a los no familiarizados recomiendo las siguientes composiciones:  “La-la means I love you”, “Lover’s concerto” y mi preferida “Ready or not here I come (can’t hide from love)”.

Qué es el amor sino una fuerza desconocida capaz de acercarnos a las estrellas o arrojarnos en automóvil por un precipicio al son de la más dulce de las melodías. Qué es sino un juego de azar en el que unas veces se gana y otras se pierde. El amor es un fenómeno que todo nos lo da o todo nos lo quita, pero vale la pena vivirlo, sufrirlo, conservarlo, perderlo; de una u otra forma implica aprendizaje, sus lecciones forman parte de un laboratorio en que ensayo y error van perfeccionando la fórmula; no es para cobardes.

Sin más preámbulo les presento un cuento de amor trágico.

Déjà vu bajo las estrellas

Bartolomé era un hijo de buena familia al que nada le faltó. Estudió en buenas escuelas, viajó por todo el mundo, hizo una magnífica carrera y, dados los contactos de su padre, tenía el éxito profesional prácticamente asegurado. Hasta que se enamoró de Beatriz al grado de perder la cordura. El flechazo fue mutuo. La pareja era feliz, se extrañaban el uno al otro ante las ausencias sin importar lo breves que fueran, suspiraban, les dolía el pecho al respirar, se habían dejado ir sin reservas en ese peligroso juego: el amor. Fueron dos años maravillosos y aunque a veces discutían por cositas sin importancia siempre las reconciliaciones eran dulces, llenas de besos, palabras de ternura y promesas para la eternidad. Por las noches era siempre la misma historia:

-Cuelga tu primero, vida mía

-No, hazlo tú

Se hacía el silencio a ambos extremos de la línea.

-¿Sigues ahí?

-Sí, mi amor

-Bueno, a la de tres colgamos los dos

-Va… uno, dos… y… ¡tres!

-No colgaste, amor…

Y ese pequeño desacuerdo podía prolongarse hasta el infinito.

Con el tiempo empezaron las inseguridades. Ambos se ponían celosos y miraban al otro con reproche cuando estaban en presencia de alguien del sexo opuesto. Los pleitos eran más violentos y las palabras, antes melosas, se volvieron amargas e hirientes. Algo se había perdido, quizá la magia, la pasión se diluyó por la costumbre, en la mente de los enamorados surgió la idea de tomar cada quien su camino como un oasis en medio de lo árido del desamor. Más una cosa es lo que uno planea en su fuero interno y otra muy distinta es llevarlo a la práctica.

Un día decidieron separarse después de cenar en uno de sus lugares preferidos; cada quien pidió un postre distinto cuando en otro tiempo compartían, se dividieron la cuenta y se despidieron con un apretón de manos, tomaron su camino sin volver la vista atrás. Todo había terminado.

Al cabo de unos días comenzaron a extrañarse. La presencia del otro estaba siempre presente en sus respectivos departamentos. A él le costaba trabajo deshacerse del cajón que contenía las cosas de ella mientras ella miraba con tristeza el cepillo de dientes que él dejó en el baño.

Una mañana sonó el teléfono de Bartolomé, era un número desconocido.

-¿Bartolomé?

-¿Beatriz?

-Sí

-Te extraño… no he dejado de pensar en ti…

-Yo tampoco… tenemos que vernos…

-Estoy de acuerdo… ¿en el restaurante de la última vez?

-De acuerdo… nos vemos mañana a las tres…

-Hasta entonces…

Ambos colgaron. Los dos sonrieron. Era muy doloroso estar separados.

Esa noche ninguno de los dos pudo dormir. Se arreglaron el uno para el otro. Ella se depiló las piernas mientras él se rasuraba, se perfumaba; ambos eligieron atuendos sobrios; él una camisa que ella le regaló en su cumpleaños y ella el vestido de seda que le quedaba tan bien. Estaban listos para el reencuentro.

Bartolomé llegó un poco antes y la esperó en la esquina con un ramo de rosas, quería verla llegar. Alzó la vista hacia la otra acera, ahí estaba ella parada, se veía radiante, apenas podía esperar a tenerla entre sus brazos. Le hizo un saludo con la mano derecha y ella lo respondió con una sonrisa, esa sonrisa que lo hacía soñar.

Entonces cambió la luz. Beatriz estaba cruzando la calle cuando de pronto un camión materialista se pasó el rojo y la embistió lanzando su cuerpo unos metros más adelante. Bartolomé no podía creerlo, corrió a donde estaba su amada y la encontró en una postura poco natural, los ojos aun abiertos y la sangre escurriéndole por la comisura de la boca. Todavía respiraba. La tomó entre sus brazos por última vez al tiempo que gritaba desesperado: “un médico, todavía respira… por favor….”, pero ya era demasiado tarde, su adorada Beatriz se había ido.

Bartolomé nunca se recuperó. Buscó consuelo en la Iglesia, pero no lo encontró. Comenzó a beber, una cosa llevó a la otra, se habituó a la cocaína y a las prostitutas, a todo aquello que pudiera borrar su dolor por unos instantes. Heredó la empresa familiar, un negocio exitoso, y dejó de cuidarlo como es debido; cada vez iba menos a la oficina, se aficionó al juego, perdía grandes cantidades; delegó la administración del negocio a los empleados, le robaron hasta quebrarlo. Las deudas de juego se volvieron impagables al punto de que tuvo que vender su departamento, la casa de sus padres, los coches, la maquinaria de la fábrica, hasta la ropa. Quedó en la miseria más absoluta.

Ya han pasado muchos años.

Hoy por primera vez he comido en mucho tiempo. Ya casi no lo hago porque mendigando apenas me alcanza para una botella de aguardiente y necesito calmar los temblores que recorren mi cuerpo. Necesito tener la mente clara. Suspiro sin saber por qué. Me contemplo en las vidrieras de los negocios y no me reconozco; solo veo a un viejo de barba descuidada, harapiento, con las uñas largas y sin algunos dientes. No me gusta sonreír. Miro mis manos casi negras, de mis zapatos se asoman los dedos de los pies. Duermo en una banca de parque bajo las estrellas, al despertar, no queriendo despertar, hurgo en los botes buscando sobras para llevarme a la boca. La gente desperdicia mucho: un pedazo de pan, un yogurt a medio terminar, un trozo de carne que no huele tan mal. Una señora me regala un taquito de vez en cuando y se lo agradezco con un gruñido, me he convertido en un animal. Unas personas me miran con lástima, otras con terror, las mujeres toman a sus hijos de la mano y se alejan cuando me ven. No recuerdo si alguna vez fue de otra manera. Todas mis posesiones caben en un viejo baúl metálico que vengo arrastrando desde hace mucho tiempo, tiene las chapas rotas, pero lo mantengo cerrado con varias vueltas de mecate. Mis valiosas posesiones son algunas latas oxidadas, botellas, pedazos de algunos juguetes; son mis tesoros. No tiro nada, quizá algún día me pueda servir. Tengo algunas prendas de niño, unos huesos y un cráneo, todo hace ruido en el interior de mi cofre del tesoro. Le revolotean las moscas, pero eso a mí ya no me importa, ni siquiera recuerdo si alguna vez me importó.

Se acerca el invierno, lo puedo sentir en los huesos, los árboles han perdido sus hojas, hace frío, observo a la gente con sus abrigos y me relleno la ropa con periódicos para mantener el calor.

Una señorita viene caminando en mi dirección y por alguna razón no me tiene miedo. No sé qué querrá.

-Venga conmigo, señor…

-Grrrr…

-Ándele… no le voy a hacer daño…

Me toma de la mano y me sostiene del codo. No le doy asco. Hace mucho que nadie me hablaba, mucho menos me tocaba con familiaridad. La sigo un par de cuadras hasta el almacén del Ejército de Salvación. Está calientito adentro. Me dan sopa tibia que me chorrea por el mentón. Qué bien se siente. La señorita me limpia la cara un trapo húmedo, “seguro que ya estoy muerto… o lo mejor estoy alucinando”, pensé.

Al final de la comida, la señorita me pone un abrigo que me viene chico, pero me cierra. Se despide de mí, regreso a las calles, por la hora creo que todavía alcanzo mi banca de parque sin pelearla con un compañero o algún perro sin dueño. Cruzo los dedos.

La banca está vacía, mi cofre debajo de ella, todo está en orden. Me recuesto, miro a las estrellas. El abrigo me recuerda al seno materno, se está muy bien con él. Meto la mano al interior y encuentro una fotografía, me acerco al farol para verla mejor. En la imagen aparecen tres mujeres de semblante sombrío a la entrada de un mausoleo, parecen monjas, sus abrigos se parecen al mío. Observo los tres semblantes. La más joven me resulta familiar, se parece a alguien a quien no recuerdo, en el reverso está escrito en lápiz: Amalia, Lorenza y Beatriz.

-Mmmm, Beatriz me suena… ¿Beatriz?…

Vuelvo a guardar la fotografía, cierro los ojos, me quedo dormido. Esa noche tengo un sueño maravilloso, soy feliz, al despertar trato de acordarme. Solo recuerdo detalles, la sensación de sentirme pleno y una dulce voz de mujer que me dijo: ¿Amor, no te acuerdas de mí?

Tengo un nudo en la garganta y lágrimas inundan mis ojos.

P.D. Agradezco que se hayan tomado el tiempo de leerme. Les dejo el audio de “Ready or not here I come (can’t hide from love), tema del año 1969.

 

Aniversario

Las relaciones de pareja son harto complicadas, a veces se reducen a un estire y afloje constante. La convivencia puede generar una fricción devastadora, y al final somos parte de un inmenso engranaje susceptible de desgaste y ruptura. En ocasiones dormimos con auténticos depredadores. Debemos mantenernos vigilantes puesto que nunca sabremos a cabalidad lo que piensa nuestra contraparte sentimental.

Estoy seguro de que todos aquellos que me honran con la lectura de este espacio estarán de acuerdo conmigo.

A este respecto escribí un cuento el año pasado. Espero que les guste.

Aniversario

Augusto afila el hacha de carnicero, se pone el delantal y pone manos a la obra; destaza la presa, escurre la sangre en la tina, la corta en trozos para manipularlos con facilidad. Separa el costillar, alinea las extremidades sobre un paño, rompe las articulaciones con precisión y empaca las piezas en plástico; conserva la piel para hacerse una cartera. Baja al sótano de la casa, abre la puerta del congelador y coloca con cuidado los paquetes.

–Me voy a dar un festín con toda esta carne– dice para sí relamiéndose los labios.

Piensa con deleite en los guisos que va a preparar: estofados, platos al horno, algunos asados y hasta salchichas. Sube a la cocina con un pedazo, escoge una olla grande para ponerlo a remojar en agua caliente, desprende la carne del hueso y una vez separada la extiende sobre la mesa.

–Voy a cenar como rey– murmura.

El día anterior fue a la tienda gourmet de su colonia; observó los anaqueles en busca de los ingredientes para preparar una salsa de tamarindo picante. Acto seguido caminó al área de vegetales a fin de elegir algunos para saltear: zanahorias, papas, cebollas, puerros, calabacines, pimientos rojos; todo fresco y orgánico. También se detuvo frente a los vinos y llevó un merlot francés de mediano precio para maridar su creación.

Se formó en la fila más corta, dos personas antes que él, miró el reloj y pensó en que se estaba haciendo tarde. Un inesperado saludo lo sorprendió.

–¡Hola, Augusto!– era Denise, la mejor amiga de su mujer.

–Hola, Denise– respondió tratando de poner su mejor cara.

–Oye, me estaba acordando de tu boda. ¿Ya son casi siete años, no?, ¿no fue más o menos por estas fechas? – dijo Denise divertida.

–Mañana precisamente es nuestro aniversario– musitó preocupado por la hora.

–¡Felicidades!… bueno, te dejo. Salúdame mucho a tu mujer. Tengo que correr para recoger a los niños de la escuela– suspiró ella.

–Gracias, querida, yo le digo– respondió Augusto aliviado.

“Maldita vieja, es una pedante y una chismosa” pensó mientras recogía sus compras en bolsas de papel de estraza.

Augusto desenvuelve los vegetales, los lava con jabón, descuelga la tabla de picar. Abre un cajón para sacar un cuchillo, comprueba el filo y corta las verduras en juliana. La carne estaba suave y en el horno quedaría perfecta. Engrasa un refractario grande; sazona a conciencia la pieza: romero, laurel, tomillo, pimienta de cayena, ajo y sal de mar. Cubre el recipiente con papel aluminio, lo mete al horno precalentado a 180º y programa el temporizador.

Sale de la cocina, destapa la botella de vino, se quita los zapatos, se sienta a esperar en su sillón y reclina el respaldo. “La vida es maravillosa”, piensa. Tararea Come Fly With Me de Frank Sinatra; era la canción de su boda, a los dos les gustaba mucho, había marcado la entrada triunfal al salón; estaban enamorados. Suspira solo de acordarse.

Mira nuevamente el reloj, ya es tarde, momento de saltear las verduras. Busca una sartén, la pone en la estufa, vierte un chorrito de aceite y regula el fuego. Echa primero las zanahorias, mueve un poco con una pala de madera, después agrega las papas, la cebolla, los calabacines y al final los pimientos; condimenta. Los cocina a fuego lento.

Del horno emana un aroma exquisito; Augusto saliva como un perro hambriento; pronto podría servir la cena. Pone la mesa: la vajilla buena, un par de velas en candeleros y los cubiertos de plata. Suena la alarma, el guiso está listo. Extrae la carne del horno; retira del fuego las verduras. Llega el ansiado momento.

Sobre un espejo de salsa dispone la carne con los vegetales, decora el plato con unas hojitas de perejil; sale al comedor y se sienta a cenar. Prueba el guiso, quedó delicioso, cada bocado se deshace; todos los sabores acarician el paladar. Posa la vista sobre una de las fotografías que adornan la repisa sobre la chimenea, los ojos se le llenan de lágrimas ante una imagen particular. El viaje en globo; San Miguel de Allende con Virginia. Los preparativos; la sorpresa; el anillo de compromiso; la propuesta matrimonial; su respuesta y esa sonrisa. Ella aceptó. Ambos posaron felices ante la cámara, sabían que nada podría salir mal mientras se amaran; en el retrato ella le devolvía la mirada o al menos eso sintió.

Una lágrima cae sobre su plato. Entonces suena el timbre tomándolo por sorpresa, Augusto se asoma por la mirilla y abre la puerta con el corazón desbocado; era Virginia con sus maletas.

–Quita esa cara por favor, mi vida– dice Virginia –¿O acaso creíste que te iba a abandonar?, ¿en serio?, ¿y permitir que el lector pensara que me habías asesinado?

P.D. Espero que lo hayan disfrutado. Prometo no dejar pasar tanto tiempo entre publicaciones. Les dejo el audio de Come fly with me de Frank Sinatra.

Papel perfumado

Hoy ya nadie escribe cartas a la vieja usanza, pero el hacerlo puede tener resultados insospechados. Un enredo, una sorpresa, la llegada del amor verdadero.

He aquí un cuento que aborda este tema. Ojalá lo disfruten.

Papel perfumado

Margarita disfruta mucho estar en la cocina. No tanto por las actividades culinarias propias de ese espacio sino por la vieja mesa de madera que domina el lugar. La magnífica iluminación hacía de ésta el lugar ideal para sus actividades predilectas: juegos de cartas, escribir versos, cuentos divertidos y largas misivas dirigidas a personajes de su propia inventiva. Nada la entretenía más que imaginar situaciones, poner un epígrafe en la parte superior de la hoja, adornar con pequeños dibujos los márgenes, perfumar el papel y al doblarlo poner a secar pétalos de flores.

Una vez que introducía la epístola al sobre lo cerraba con saliva. Escribía una dirección ficticia, colocaba un timbre postal con mucho cuidado para que estuviera derechito y guardaba la carta en el cajón junto a las muchas otras que había escrito.

Sobre una repisa descansa una grabadora junto a una fila de casetes: Sarah Vaughan, Nina Simone, Etta James, Van Morrison, Tim Buckley, Joni Mitchell. La música acompaña sus largas horas frente a la mesa, era un bálsamo para su alma, fuente de inspiración y una compañera agradable cuando se sentía sola. Oh sweet thing, sweet thing… my, my, my my, my sweet thing… cantaba Morrison mientras Margarita suspiraba con aire soñador, le encantaba ese tema, pues la hacía fantasear con amores imposibles.

Un día llamaron a la puerta cuando Margarita se estaba bañando. Era Nabor el cartero. Éste gritó hacia la escalera: “señorita, señorita, le traigo el recibo de la luz”. No obtuvo respuesta. Entonces el mensajero entró a la cocina a cumplir con su trabajo, dejar la factura de la electricidad sobre la mesa, ver si no se le ofrecía a Margarita enviar una carta o al menos conversar unos minutos. De la grabadora brotaba la voz de Joni Mitchell, dulce y embriagadora que cantaba: Oh, I could drink a case of you, darling… And I would still be on my feet… “Qué buen gusto tiene la niña Margarita”, pensó Nabor, “es una melodía divina”. De pronto se percató de la gran cantidad de cartas que había en el cajón de la cocina. “Están listas para enviarse”, concluyó. Tomó el grandísimo fajo de correspondencia y se lo llevó creyendo que tendría un detalle para con Margarita.

Margarita bajó a la cocina con una toalla enredada en la cabeza, posó sus ojos sobre la mesa, revisó el monto que venía en la factura. “Lo mismo de siempre, lo mismo de siempre”, pensó. Subió a su habitación, se vistió y regresó a la cocina dispuesta a escribir. Cambió el casete, se decantó por el Happy Sad de Tim Buckley, soltó un suave silbido, abrió el cajón de la cocina y su corazón dio un vuelco: las cartas habían desaparecido.

La invadió la angustia. Abrió todos los cajones de la cocina, las puertitas donde guardaba la vajilla, la alacena, incluso miró detrás de unos frascos de mermelada de guayaba. No estaban. Le dio mucha tristeza. Telefoneó a la oficina de correos para preguntar por Nabor. No lo encontró, pero la operadora que le atendió le aseguró que todas sus epístolas habían sido enviadas sin dilación y que muy pronto llegarían a su destino. Margarita se puso lívida. “Mis cartas son un pasatiempo”, trataba de tranquilizarse, “todas regresarán a mí al no tener destinatario existente”.

Con el tiempo las fue olvidando.

Un día llamaron a su puerta. Se alcanzaba a escuchar el sonido de una muchedumbre. Margarita se asomó por la ventana discretamente. No daba crédito a sus ojos ante la imagen que se le mostraba. Había una larguísima fila de militares, marinos, bomberos, astronautas, todos vestidos con sus mejores galas, en la mano cada uno llevaba un ramo de flores, incluso uno usaba una falda de paja y un colorido penacho. Se formaron contingentes divididos por regiones del mundo: europeos, americanos, árabes, chinos, africanos, polinesios.

Todos enamorados.

Margarita supo en ese momento que en el futuro debería concentrarse en jugar al solitario.

P.D. A continuación les dejo el audio del tema “A case of you” de Joni Mitchell perteneciente al magnífico álbum del año 1971 intitulado Blue.

 

Anacoreta

El pasado jueves fue mi graduación de la escuela de escritores. Nosotros, a diferencia de otras generaciones, decidimos leer mini-ficciones a modo de despedida. Comienza un nuevo capítulo de mi vida. Pero he de recuperar este espacio que ha ido cambiando, de las reseñas musicales a los cuentos, junto conmigo.

Este es el texto que presenté:

El ermitaño vivía aislado sin necesitar nada de nadie. Tenía una pequeña biblioteca caldeada al calor de la chimenea, su colección de discos, la frugalidad de su propio huerto y sus recuerdos. Aquellos viejos y empolvados recuerdos. Pero en ocasiones se sentía terriblemente vacío, su voz enronquecía de no pronunciar palabra, y sus ojos, habituados a la oscuridad, derramaban lágrimas al escuchar un viejo 7” de Nina Simone. Wild is the wind, susurraba la diva a su oído.

La balada ya no sonaba igual y es que Nina le insistía que regresara a la civilización o que al menos escribiera; mas el anacoreta temía a las personas. Ante tanta insistencia tomó hojas y pluma, entonces escribió, y para su sorpresa, las palabras se fueron materializando: serpientes, hechiceros, objetos inanimados con cualidades humanas, historias de amor, un salón de clases lleno de colegas. Nunca más volví a sentirme solo.

P.D. Aquí les dejo el audio de Wild is the wind.

Wing – Wing sings AC/DC (single)(2005)

wing

Anoche un amigo me mostró una artista diferente. Después de meditarlo, a instancias de mi amigo, decidí inaugurar una nueva sección en este espacio. La voy a denominar: estrellas inusuales.

Voy a estrenar este apartado con algo espectacular. Algo novedoso a la altura del Axl Rose gordo o la abuelita del grindcore. Su nombre: Wing Han Tsang o simplemente Wing. La señorita Han Tsang nació en Hong Kong, pero emigró a Nueva Zelandia donde conoció la fama. Era un martes. Mientras estaba en la tina comenzó a canturrear un tema de Rainbow -la banda británica- y tuvo un revelación. “Al diablo con las carreras tradicionales”-pensó cubierta de espuma-“para qué dedicarme a la contabilidad si tengo esta maravillosa voz”.

Todo empezó como un hobby. Sabiéndose una privilegiada su espíritu altruísta la empujó a entretener a los ocupantes de hospitales y casas de retiro a los alrededores de Auckland. Por insistencia de muchos conocidos, que le habían sugerido lanzarse al estrellato, debuta con un álbum con canciones de Andrew Lloyd Weber, su talento y un sencillo teclado electrónico. Ella no necesita nada más. Su estilo desenfadado, alejado de los cánones convencionales, la catapultó al éxito internacional a través de los covers.

Más de uno podrá decirme que los covers hablan de una falta de habilidades compositivas, pero eso es un argumento débil, pues todos los grandes han grabado temas de otros artistas. Hay quienes igualan una tonada mientras otros la mejoran o modifican agregando personalidad a la mezcla, eso sin mencionar cambios a la letra. Existen versiones tan distintas de un mismo tema que podrían ser consideradas, original y copia, como parientas lejanas. Además todos lo han hecho, pensemos en los Rolling Stones, los Beatles, Joe Cocker, Metallica y demás, algunos con más gracia que otros. No tiene nada de malo.

Wing ha interpretado canciones geniales. Ha deleitado a sus admiradores y provocado envidias entre sus detractores. Tiene algo en su repertorio para todos los gustos, desde ABBA a los Carpenters pasando por Michael Jackson hasta llegar a Elvis Presley, y por supuesto, AC/DC. Cuentan las malas lenguas que Angus Young invitó a Wing a sustituir a Brian Johnson dentro de la mítica AC/DC, pero Wing -una estrella solista desde su inicio- rechazó la propuesta. En su lugar ella le sugirió que mejor invitaran a un amigo gordo que conoció cuando cantaba en una clínica de obesidad. Hoy el resto es historia.

Los que la conocen afirman que es una mujer de misterio. Cuando los promotores la contratan reciben, de manos de su representante, una lista de peticiones estrambóticas: rosas amarillas, camerino individual, gong tamaño grande, menudencias de pollo en una cubeta, hamaca, ventilador industrial y un póster de un paisaje nocturno de Hong Kong. A veces sale al escenario cuando le toca, otras no. Dicen que cuando hay luna llena le da por recordar China y se pone a llorar hasta quedarse dormida. Despierta un rato después bañada en sudor frío. En una entrevista confesó que se soñaba a sí misma perdida en un bosque, y para colmo de males, en su sueño era de noche y tenía miedo de estar solita.

Para mí fue un descubrimiento más bien tardío. Anoche me la enseñaron y hace rato me enteré de que Wing se retiró oficialmente el año pasado. Más no me preocupa. La ovación popular siempre tienta a los artistas a regresar a los escenarios. Así pasó con los Scorpions.

Como andamos desatados les voy a dejar el lado B de ese sencillo, Back in Black, no sin antes añadir, para una futura trivia, que Wing participó en un episodio de South Park.

Canciones de Rock

Hoy les ofrezco un ejercicio que desarrollé en mi clase de literatura infantil y juvenil. Es un relato fantástico. Este cuento viene a cuento en este espacio porque explica el origen de las canciones de rock. Espero sea de su agrado; si les gusta regálenme un comentario o denme una señal.

Canciones de Rock

Había una vez en la selva negra un alegre clavicordio que pastaba a la sombra de un árbol. Saciado, y francamente empachado, se echó sobre su lomo a dormir la comilona. Víctima de un sueño pesado comenzó a roncar y ese resuello tomó la forma de una melodía barroca. Roncaba tan, pero tan fuerte que el sonido se alcanzaba a escuchar en un pueblo cercano. Nada podía interrumpir su siesta; nadie se atrevía a tratar de moverlo para suavizar su respiración. Estaba muy cómodo: cabeza sobre una roca, patas estiradas, tapado hasta la nariz con una cobija de césped y flores. Era la viva imagen del descanso tanto que si te acercabas podías verlo sonreír, pero nadie se atrevía porque la gente le tenía miedo.

En el pueblo acababa de instalarse un trovador. Extrañado por esos acordes preguntó a sus vecinos qué era ese maravilloso sonido. “Es el ronquido de un artefacto del diablo”, le respondieron unos. “Es una sirena come hombres”, contestaron otros. “Es un monstruo que cayó del cielo”, terció un despistado. Nadie se ponía de acuerdo. Johann, pues así se llamaba el bardo, decidió emprender una expedición a fin de investigar el origen de aquella armonía y por qué no, mirar a la presunta criatura de pesadilla. Entonces corrió a casa, preparó sus cosas: una barra de chocolate, un pedazo de pan, papel pautado, lápiz y su laúd. Caminó hasta llegar al claro del bosque de donde provenían las fantásticas respiraciones; subió sigilosamente a una colina que permitía observar al misterioso durmiente desde una distancia razonable por si era necesario correr. Se acostó bocabajo, puso atención y se sorprendió del inusual aspecto de aquel extraordinario ser vivo. Era grande como un piano de cola, tenía las patas doradas y el resto del cuerpo moteado como una vaca lechera; no era feo, solo extraño, muy sonriente y dormilón; no se ajustaba a la apariencia que se había figurado a partir de las ideas de los lugareños. El roncador continuaba imperturbable mientras Johann sacaba lápiz y papel para transcribir graves, agudos y pausas. De pronto el engendro de marras despertó, abrió los ojos cuan grandes eran, enderezó la cabeza y se puso a olisquear el aire. Su mirada se encontró con la de un sorprendido Johann que no sabía cómo reaccionar. Decidió quedarse quietecito como si se tratara de un oso, no fuera a ser que aquel individuo se sintiera amenazado y además fuera carnívoro. El clavicordio se le acercó, con la trompa abrió la mochila, examinó con su olfato las pertenencias del campista y de un solo bocado devoró el pan y el chocolate. Johann se alejó sin darle la espalda; primero despacio, después más rápido. Corrió de regreso a su casa para encerrarse a tratar de olvidar el peligro al que había sobrevivido.

A la mañana siguiente ni siquiera las campanas de la iglesia sonaron para llamar a misa. Era domingo y generalmente el bullicio de los niños despertaba a todo el pueblo; algo estaba pasando. Johann abrió su ventana para encontrarse cara a cara con el clavicordio. Tartamudeando solo atinó a decir: “p-po-por f-favor no me h-hagas d-daño”. La criatura lo miró con sus grandes ojos y le dio tal lengüetazo que por poco lo hace caer de espaldas; Johann suspiró aliviado al percatarse que el supuesto ente diabólico era mansito. A partir de ese día, ambos personajes fueron los mejores amigos. El trovador le rascaba la panza al clavicémbalo, le lanzaba una bola de estambre y hasta le hacía cariñitos detrás de las orejas; el instrumento emitía a cambio música celestial: sonatas, suites, oberturas, todo dependiendo de su estado de ánimo. La gente le fue perdiendo el miedo al artefacto al ver que no mordía a las personas y que su carácter era amable al punto de volverlo mimoso e incluso faldero. Johann se iba a trabajar todos los días mientras su fiel amigo lo esperaba en la estación de trenes. Así fue durante muchos años. Ambos compañeros envejecieron; después Johann enfermó gravemente, los juegos cesaron y finalmente falleció. Sus paisanos velaron su cuerpo, pero no dejaron entrar a su inseparable camarada porque en la funeraria no permitían la entrada a los animales; después del entierro su amado clavecín fue al panteón y lloró inconsolable; emitió un tristísimo réquiem que conmovió a las estrellas; las nubes se tornaron negras. Un relámpago cruzó el firmamento y comenzó a llover a cántaros. Al principio se precipitaron pequeños discos de color plateado: los primeros cedés; después, vinilos de colores: negro, rojo, azul, ediciones limitadas numeradas a mano. Y pensar que las canciones de rock que hoy conocemos se originaron a partir de un suave ronquido.

David Bowie (1947 – 2016)

bowie

Enero y febrero, desviejadero. Al escuchar esa frase pensé en muchas cosas: en viejitas odiosas que se quejan de los ruidos de sus vecinos, en octogenarias con la TV a todo volumen, en ancianos muertos hacía un tiempo y delatados por el olor. Nunca pensé en David Bowie. Las estrellas de rock no deberían morir jamás.

Si ese fuera el caso, podría suceder que llegue un día en que uno de nuestros cantantes favoritos falleciera, entonces nos rascaríamos la cabeza extrañados: yo pensé que fulano era una súper estrella, no lo era… murió o mengana apuntaba a la inmortalidad, ¿en qué se equivocó? Por un instante imaginé a Ludwig van Beethoven, sordo y aburrido, atrapado en un tiempo incomprensible.

En esta ocasión no haré una semblanza de la carrera de Bowie. Voy a honrar su memoria recordando momentos en los que mi vida y su música se vieron involucradas, así ustedes se ahorran leer datos de enciclopedia mientras yo escribo con absoluta libertad.

En mi casa, mis padres no eran aficionados al rock, al contrario, mi madre escuchaba música clásica, trova cubana, conjuntos españoles edulcorados; mi padre, por su parte, era seguidor de las modas pasajeras, consumidor de éxitos radiofónicos y de todo aquello que tuviera una descarada orientación comercial. Así que, como podrán imaginar, no crecí escuchando a David Bowie. Soy un fanático tardío, pero sincero. Me inicié con el Hunky Dory (1971) no por recomendación, sino porque era el único álbum de la tienda. Me enamoré y al poco tiempo me aprendí las letras. Después, con esfuerzo, compré todos sus discos hasta llegar al Earthling (1997).

Siempre me fascinó su capacidad para adaptarse a diversos estilos dependiendo de la época. Del maquillaje y las lentejuelas a los trajes a la medida. Del folk rock a la electrónica. Bowie fue una fuente inagotable de temáticas apropiadas a cada momento, un reflejo vivo de una sociedad cambiante: camaleón, visionario, genio, artista todo terreno.

Un amigo muy querido me introdujo al álbum Black Tie White Noise (1993) y me prestó un VHS con sus videos, lo puse hasta el cansancio. Se terminaba, le regresaba, lo volvía a poner. Lo memoricé como las oraciones de mi niñez. Hasta la fecha no olvido ni uno ni otras. Después llegó a mi vida el Outside (1995). Recuerdo que copié el CD en un cassette y lo traje en el coche durante mucho tiempo. Eventualmente el disco me lo robaron durante una fiesta; la cinta se trabó en el estéreo, al sacarla se le salieron las entrañas y tuve que desecharla. Nunca lo repuse y desconozco el por qué.

Un día anunciaron el concierto en México y fui con mi primer amor. Los teloneros brillaron por su pobreza en el escenario y una falta sensible de apoyo por parte del público. No fue su culpa, en realidad ¿quién podría abrir una presentación de semejante monstruo? El concierto fue inolvidable, David Bowie resultó un artista amable, cálido, sencillo y sin pretensiones. Un genio entregado a su trabajo. Mi novia se portó fatal -no le gustaba particularmente-, pero eso no impidió que yo lo disfrutara. Ya han pasado algunos años de eso; ahora son solo recuerdos.

Durante algún tiempo le perdí la pista a Bowie. Regresaba ocasionalmente a sus álbumes clásicos: mucho Honky Dory, mucho mucho Diamond Dogs (1974), de vez en cuando The Man Who Sold The World (1970) y un larguísimo etcétera. Lo retomé en The Next Day (2013), un trabajo oscuro, lleno de canciones tristonas, videos promocionales gris plomo, esa portada que de una u otra manera presagiaba el final.

Hace ocho días desperté para encontrarme con malas noticias: Bowie había muerto. Sin salir de la cama puse su último trabajo, Blackstar (2016). Me invadió la tristeza. Blackstar es una suerte de despedida, un álbum pesado, triste, un evidente contraste con otros más coloridos, sin dejar de ser una línea interesante para su epitafio. El maestro estaba enfermo, se nota, pero este hecho no opacó la calidad de su arte, pues éste constituye la cereza de ese impresionante pastel que fue su carrera y una invitación a la reflexión: vida, fragilidad y finitud. Un día estamos aquí, mañana ya no.

No nos despedimos realmente. Bowie se reintegra al universo desprendido del cuerpo físico. Si todos somos parte de un todo, entonces no se ha ido, estamos con él y en él, forma parte de nosotros mismos, siempre lo fue. Hasta pronto.

Descanse en paz.

 

 

 

 

Lemmy Kilmister (1945 – 2015)

Lemmy

Lemmy Kilmister se ha ido, su deceso cierra en definitiva uno de los capítulos más importantes en la historia del rock.

Lemmy representa en mi libro personal la figura del hombre que se negó a envejecer, vivió y murió bajo sus propios términos. Un ejemplo a seguir para todas aquellas personas deseosas de vivir hasta las últimas consecuencias. Sin frenos, sin obstáculos infranqueables. Solo Rock and Roll. Pasión sin límites y nada más.

Escandaloso e irreverente solo respondió a sus propios deseos; nadie pudo  someterlo a una obligación contractual, influir sobre su proceso creativo o manipularlo para buscar el éxito comercial. Participó en conjuntos de diversos estilos; a finales de los años sesenta, The Rocking Vickers y Sam Gopal; a principios de los años setenta, con la emblemática banda de space rock Hawkwind y finalmente, a finales de los setenta y principios de los ochenta en el proyecto que lo inmortalizaría: Mötorhead. Una carrera con incursiones en la psicodelia, el space rock, el punk y el heavy metal. Amigo íntimo de Ozzy, fue maestro e influencia de muchos -incluyendo a Dave Grohl- y colaboró con sus más connotados colegas; su participación en Probot fue inolvidable. También incursionó en el cine. Su legado es inmenso.

En mi opinión, Lemmy fue perdiendo el apetito, se encasilló en el personaje que él mismo creó instaládose desde hacía algunos años en la senilidad. Después de grabar algunos álbumes indispensables, continuó tocando lo mismo, siempre lo mismo, como un perro amaestrado. Algunos le llaman estilo, concuerdo con ellos, pero la falta de evolución mata y Lemmy llevaba muerto musicalmente al menos una década. Álbum tras álbum, a partir de los años noventa, su trabajo se tornó un manchón borroso en mi memoria, salvo por algunos momentos rescatables -los menos- y las grabaciones en vivo, pues la banda se distinguió por el derroche de energía en el escenario, la duración de sus recitales y su mítica conexión con el público.

Hay una estrella menos en la tierra y una más brilla en el firmamento de los grandes músicos. Descanse en paz.

Fundamentales: Sam Gopal – Escalator (1969), Hawkwind – Warrior on the Edge of Time (1975), como Mötorhead: Mötorhead (1977) -mi favorito-, Ace of Spades (1980) -el clásico indiscutible-, Inferno (2004) -quizá su mejor álbum en mucho tiempo- y desde luego, los discos en vivo No Sleep ‘till Hammersmith (1981) y Everything Louder Than Everyone Else (1999).

Les dejo un video de Sam Gopal de 1969, en el que aparece un joven Lemmy antes de que su carrera se convirtiera en la vorágine que todos conocemos.

The Cure – Japanese Whispers (1983)

cure japanese whispers

Hay veces que la nostalgia me invade y despierta en mí diversas sensaciones asociadas con la música de mi adolescencia. Discos maravillosos escuchados hasta el cansancio que después de varios años regresan a la mente. Se descubre uno tarareando algún tema, desempolva el disco, lo pone en el aparato y se lanza uno al precipicio del recuerdo. Un ejemplar que conocemos de memoria con la misma precisión que el camino al baño cuando uno se levanta a mitad de la noche con las luces apagadas.

Éste en particular me remonta a una época en que mi extrema timidez me impedía acercarme a las niñas y si lograba acercarme no me atrevía a invitarlas a salir, mucho menos a darles un beso. Un tiempo en que desgarbado daba vueltas dentro de mi habitación fumando como un poseso. En mi mente fantaseaba con todas las cosas que les diría si me atreviera, soñaba con situaciones llenas de romance mientras me retorcía al ritmo de la música porque además de ser un sujeto tímido también soy torpe con el cuerpo.

Siempre me hizo gracia el aspecto de Robert Smith: peinado alto y maquillaje, oscuro, misterioso y ligeramente andrógino. Él ha conservado su estilo a través de los años, pero éste no ha resistido con gallardía la prueba del tiempo. Hace un par de años pude constatarlo en el concierto que ofrecieron en nuestra ciudad. Smith ha ganado algunos kilos, se está quedando calvo como una muñeca desgreñada y su maquillaje lo hace verse más como una gorda borracha en situación de calle que como una estrella de rock. Lo que un día fuera la fachada de un vampiro es ahora la de la tía incómoda que se encuentra uno en las fiestas; una solterona a la que hay que huirle porque si te agarra no te suelta.

Dejando de lado estas consideraciones quiero hablarles de este álbum de The Cure, que más que un álbum es un compilado de diversos sencillos lanzados entre los años 1982 y 1983. En este tiempo la banda toma un camino diferente, dejando el estilo que la había caracterizado en los discos Seventeen Seconds, Faith y Pornography para tomar otro derrotero más cercano al pop, al new wave y a la electrónica conservando algunas reminiscencias del sonido que la hiciera famosa.

Destaca el intenso uso de sintetizadores, piano y percusiones eléctricas en una amalgama perfecta. Las letras podrían considerarse entre las mejores del grupo. Aunque el estilo de algunos de los temas presenta variaciones, indudablemente funciona con efectividad y contundencia. The Walk, por ejemplo, recuerda a las canciones de Depeche Mode en los años ochenta, mientras que Speak My Language y Love Cats, coquetean con el jazz en similitud con el soundtrack de la película de Los Aristogatos de Disney.

Un acierto de esta colección es su duración -27 minutos- que por breve no deja espacio para momentos aburridos o canciones de relleno, lo que hace de ésta un knockout en el sentido más estricto del término. Un disco que no te cansa dando vueltas innecesarias con algunos momentos memorables, sino que se vuelve una combinación de golpes brutal en cuanto a eficacia e inolvidable por necesidad.

Estamos frente a un clásico. Uno de mis discos preferidos de todos los tiempos al haberme acompañado durante mis años de formación. Calostro musical; entrañable como el peluche más amado o el juguete preferido. Aquellos que lo conocen probablemente coincidirán conmigo. Si no lo conoces quizá sea el momento de descubrir algo nuevo. Una joya atemporal y quintaesencia del post-punk.

Recomendable al 92%.

P.D. Vean que buen look tenía Robert Smith por aquel entonces. No se lo pierdan.