Aniversario

Las relaciones de pareja son harto complicadas, a veces se reducen a un estire y afloje constante. La convivencia puede generar una fricción devastadora, y al final somos parte de un inmenso engranaje susceptible de desgaste y ruptura. En ocasiones dormimos con auténticos depredadores. Debemos mantenernos vigilantes puesto que nunca sabremos a cabalidad lo que piensa nuestra contraparte sentimental.

Estoy seguro de que todos aquellos que me honran con la lectura de este espacio estarán de acuerdo conmigo.

A este respecto escribí un cuento el año pasado. Espero que les guste.

Aniversario

Augusto afila el hacha de carnicero, se pone el delantal y pone manos a la obra; destaza la presa, escurre la sangre en la tina, la corta en trozos para manipularlos con facilidad. Separa el costillar, alinea las extremidades sobre un paño, rompe las articulaciones con precisión y empaca las piezas en plástico; conserva la piel para hacerse una cartera. Baja al sótano de la casa, abre la puerta del congelador y coloca con cuidado los paquetes.

–Me voy a dar un festín con toda esta carne– dice para sí relamiéndose los labios.

Piensa con deleite en los guisos que va a preparar: estofados, platos al horno, algunos asados y hasta salchichas. Sube a la cocina con un pedazo, escoge una olla grande para ponerlo a remojar en agua caliente, desprende la carne del hueso y una vez separada la extiende sobre la mesa.

–Voy a cenar como rey– murmura.

El día anterior fue a la tienda gourmet de su colonia; observó los anaqueles en busca de los ingredientes para preparar una salsa de tamarindo picante. Acto seguido caminó al área de vegetales a fin de elegir algunos para saltear: zanahorias, papas, cebollas, puerros, calabacines, pimientos rojos; todo fresco y orgánico. También se detuvo frente a los vinos y llevó un merlot francés de mediano precio para maridar su creación.

Se formó en la fila más corta, dos personas antes que él, miró el reloj y pensó en que se estaba haciendo tarde. Un inesperado saludo lo sorprendió.

–¡Hola, Augusto!– era Denise, la mejor amiga de su mujer.

–Hola, Denise– respondió tratando de poner su mejor cara.

–Oye, me estaba acordando de tu boda. ¿Ya son casi siete años, no?, ¿no fue más o menos por estas fechas? – dijo Denise divertida.

–Mañana precisamente es nuestro aniversario– musitó preocupado por la hora.

–¡Felicidades!… bueno, te dejo. Salúdame mucho a tu mujer. Tengo que correr para recoger a los niños de la escuela– suspiró ella.

–Gracias, querida, yo le digo– respondió Augusto aliviado.

“Maldita vieja, es una pedante y una chismosa” pensó mientras recogía sus compras en bolsas de papel de estraza.

Augusto desenvuelve los vegetales, los lava con jabón, descuelga la tabla de picar. Abre un cajón para sacar un cuchillo, comprueba el filo y corta las verduras en juliana. La carne estaba suave y en el horno quedaría perfecta. Engrasa un refractario grande; sazona a conciencia la pieza: romero, laurel, tomillo, pimienta de cayena, ajo y sal de mar. Cubre el recipiente con papel aluminio, lo mete al horno precalentado a 180º y programa el temporizador.

Sale de la cocina, destapa la botella de vino, se quita los zapatos, se sienta a esperar en su sillón y reclina el respaldo. “La vida es maravillosa”, piensa. Tararea Come Fly With Me de Frank Sinatra; era la canción de su boda, a los dos les gustaba mucho, había marcado la entrada triunfal al salón; estaban enamorados. Suspira solo de acordarse.

Mira nuevamente el reloj, ya es tarde, momento de saltear las verduras. Busca una sartén, la pone en la estufa, vierte un chorrito de aceite y regula el fuego. Echa primero las zanahorias, mueve un poco con una pala de madera, después agrega las papas, la cebolla, los calabacines y al final los pimientos; condimenta. Los cocina a fuego lento.

Del horno emana un aroma exquisito; Augusto saliva como un perro hambriento; pronto podría servir la cena. Pone la mesa: la vajilla buena, un par de velas en candeleros y los cubiertos de plata. Suena la alarma, el guiso está listo. Extrae la carne del horno; retira del fuego las verduras. Llega el ansiado momento.

Sobre un espejo de salsa dispone la carne con los vegetales, decora el plato con unas hojitas de perejil; sale al comedor y se sienta a cenar. Prueba el guiso, quedó delicioso, cada bocado se deshace; todos los sabores acarician el paladar. Posa la vista sobre una de las fotografías que adornan la repisa sobre la chimenea, los ojos se le llenan de lágrimas ante una imagen particular. El viaje en globo; San Miguel de Allende con Virginia. Los preparativos; la sorpresa; el anillo de compromiso; la propuesta matrimonial; su respuesta y esa sonrisa. Ella aceptó. Ambos posaron felices ante la cámara, sabían que nada podría salir mal mientras se amaran; en el retrato ella le devolvía la mirada o al menos eso sintió.

Una lágrima cae sobre su plato. Entonces suena el timbre tomándolo por sorpresa, Augusto se asoma por la mirilla y abre la puerta con el corazón desbocado; era Virginia con sus maletas.

–Quita esa cara por favor, mi vida– dice Virginia –¿O acaso creíste que te iba a abandonar?, ¿en serio?, ¿y permitir que el lector pensara que me habías asesinado?

P.D. Espero que lo hayan disfrutado. Prometo no dejar pasar tanto tiempo entre publicaciones. Les dejo el audio de Come fly with me de Frank Sinatra.

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