Canciones de Rock

Hoy les ofrezco un ejercicio que desarrollé en mi clase de literatura infantil y juvenil. Es un relato fantástico. Este cuento viene a cuento en este espacio porque explica el origen de las canciones de rock. Espero sea de su agrado; si les gusta regálenme un comentario o denme una señal.

Canciones de Rock

Había una vez en la selva negra un alegre clavicordio que pastaba a la sombra de un árbol. Saciado, y francamente empachado, se echó sobre su lomo a dormir la comilona. Víctima de un sueño pesado comenzó a roncar y ese resuello tomó la forma de una melodía barroca. Roncaba tan, pero tan fuerte que el sonido se alcanzaba a escuchar en un pueblo cercano. Nada podía interrumpir su siesta; nadie se atrevía a tratar de moverlo para suavizar su respiración. Estaba muy cómodo: cabeza sobre una roca, patas estiradas, tapado hasta la nariz con una cobija de césped y flores. Era la viva imagen del descanso tanto que si te acercabas podías verlo sonreír, pero nadie se atrevía porque la gente le tenía miedo.

En el pueblo acababa de instalarse un trovador. Extrañado por esos acordes preguntó a sus vecinos qué era ese maravilloso sonido. “Es el ronquido de un artefacto del diablo”, le respondieron unos. “Es una sirena come hombres”, contestaron otros. “Es un monstruo que cayó del cielo”, terció un despistado. Nadie se ponía de acuerdo. Johann, pues así se llamaba el bardo, decidió emprender una expedición a fin de investigar el origen de aquella armonía y por qué no, mirar a la presunta criatura de pesadilla. Entonces corrió a casa, preparó sus cosas: una barra de chocolate, un pedazo de pan, papel pautado, lápiz y su laúd. Caminó hasta llegar al claro del bosque de donde provenían las fantásticas respiraciones; subió sigilosamente a una colina que permitía observar al misterioso durmiente desde una distancia razonable por si era necesario correr. Se acostó bocabajo, puso atención y se sorprendió del inusual aspecto de aquel extraordinario ser vivo. Era grande como un piano de cola, tenía las patas doradas y el resto del cuerpo moteado como una vaca lechera; no era feo, solo extraño, muy sonriente y dormilón; no se ajustaba a la apariencia que se había figurado a partir de las ideas de los lugareños. El roncador continuaba imperturbable mientras Johann sacaba lápiz y papel para transcribir graves, agudos y pausas. De pronto el engendro de marras despertó, abrió los ojos cuan grandes eran, enderezó la cabeza y se puso a olisquear el aire. Su mirada se encontró con la de un sorprendido Johann que no sabía cómo reaccionar. Decidió quedarse quietecito como si se tratara de un oso, no fuera a ser que aquel individuo se sintiera amenazado y además fuera carnívoro. El clavicordio se le acercó, con la trompa abrió la mochila, examinó con su olfato las pertenencias del campista y de un solo bocado devoró el pan y el chocolate. Johann se alejó sin darle la espalda; primero despacio, después más rápido. Corrió de regreso a su casa para encerrarse a tratar de olvidar el peligro al que había sobrevivido.

A la mañana siguiente ni siquiera las campanas de la iglesia sonaron para llamar a misa. Era domingo y generalmente el bullicio de los niños despertaba a todo el pueblo; algo estaba pasando. Johann abrió su ventana para encontrarse cara a cara con el clavicordio. Tartamudeando solo atinó a decir: “p-po-por f-favor no me h-hagas d-daño”. La criatura lo miró con sus grandes ojos y le dio tal lengüetazo que por poco lo hace caer de espaldas; Johann suspiró aliviado al percatarse que el supuesto ente diabólico era mansito. A partir de ese día, ambos personajes fueron los mejores amigos. El trovador le rascaba la panza al clavicémbalo, le lanzaba una bola de estambre y hasta le hacía cariñitos detrás de las orejas; el instrumento emitía a cambio música celestial: sonatas, suites, oberturas, todo dependiendo de su estado de ánimo. La gente le fue perdiendo el miedo al artefacto al ver que no mordía a las personas y que su carácter era amable al punto de volverlo mimoso e incluso faldero. Johann se iba a trabajar todos los días mientras su fiel amigo lo esperaba en la estación de trenes. Así fue durante muchos años. Ambos compañeros envejecieron; después Johann enfermó gravemente, los juegos cesaron y finalmente falleció. Sus paisanos velaron su cuerpo, pero no dejaron entrar a su inseparable camarada porque en la funeraria no permitían la entrada a los animales; después del entierro su amado clavecín fue al panteón y lloró inconsolable; emitió un tristísimo réquiem que conmovió a las estrellas; las nubes se tornaron negras. Un relámpago cruzó el firmamento y comenzó a llover a cántaros. Al principio se precipitaron pequeños discos de color plateado: los primeros cedés; después, vinilos de colores: negro, rojo, azul, ediciones limitadas numeradas a mano. Y pensar que las canciones de rock que hoy conocemos se originaron a partir de un suave ronquido.

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