Wing – Wing sings AC/DC (single)(2005)

wing

Anoche un amigo me mostró una artista diferente. Después de meditarlo, a instancias de mi amigo, decidí inaugurar una nueva sección en este espacio. La voy a denominar: estrellas inusuales.

Voy a estrenar este apartado con algo espectacular. Algo novedoso a la altura del Axl Rose gordo o la abuelita del grindcore. Su nombre: Wing Han Tsang o simplemente Wing. La señorita Han Tsang nació en Hong Kong, pero emigró a Nueva Zelandia donde conoció la fama. Era un martes. Mientras estaba en la tina comenzó a canturrear un tema de Rainbow -la banda británica- y tuvo un revelación. “Al diablo con las carreras tradicionales”-pensó cubierta de espuma-“para qué dedicarme a la contabilidad si tengo esta maravillosa voz”.

Todo empezó como un hobby. Sabiéndose una privilegiada su espíritu altruísta la empujó a entretener a los ocupantes de hospitales y casas de retiro a los alrededores de Auckland. Por insistencia de muchos conocidos, que le habían sugerido lanzarse al estrellato, debuta con un álbum con canciones de Andrew Lloyd Weber, su talento y un sencillo teclado electrónico. Ella no necesita nada más. Su estilo desenfadado, alejado de los cánones convencionales, la catapultó al éxito internacional a través de los covers.

Más de uno podrá decirme que los covers hablan de una falta de habilidades compositivas, pero eso es un argumento débil, pues todos los grandes han grabado temas de otros artistas. Hay quienes igualan una tonada mientras otros la mejoran o modifican agregando personalidad a la mezcla, eso sin mencionar cambios a la letra. Existen versiones tan distintas de un mismo tema que podrían ser consideradas, original y copia, como parientas lejanas. Además todos lo han hecho, pensemos en los Rolling Stones, los Beatles, Joe Cocker, Metallica y demás, algunos con más gracia que otros. No tiene nada de malo.

Wing ha interpretado canciones geniales. Ha deleitado a sus admiradores y provocado envidias entre sus detractores. Tiene algo en su repertorio para todos los gustos, desde ABBA a los Carpenters pasando por Michael Jackson hasta llegar a Elvis Presley, y por supuesto, AC/DC. Cuentan las malas lenguas que Angus Young invitó a Wing a sustituir a Brian Johnson dentro de la mítica AC/DC, pero Wing -una estrella solista desde su inicio- rechazó la propuesta. En su lugar ella le sugirió que mejor invitaran a un amigo gordo que conoció cuando cantaba en una clínica de obesidad. Hoy el resto es historia.

Los que la conocen afirman que es una mujer de misterio. Cuando los promotores la contratan reciben, de manos de su representante, una lista de peticiones estrambóticas: rosas amarillas, camerino individual, gong tamaño grande, menudencias de pollo en una cubeta, hamaca, ventilador industrial y un póster de un paisaje nocturno de Hong Kong. A veces sale al escenario cuando le toca, otras no. Dicen que cuando hay luna llena le da por recordar China y se pone a llorar hasta quedarse dormida. Despierta un rato después bañada en sudor frío. En una entrevista confesó que se soñaba a sí misma perdida en un bosque, y para colmo de males, en su sueño era de noche y tenía miedo de estar solita.

Para mí fue un descubrimiento más bien tardío. Anoche me la enseñaron y hace rato me enteré de que Wing se retiró oficialmente el año pasado. Más no me preocupa. La ovación popular siempre tienta a los artistas a regresar a los escenarios. Así pasó con los Scorpions.

Como andamos desatados les voy a dejar el lado B de ese sencillo, Back in Black, no sin antes añadir, para una futura trivia, que Wing participó en un episodio de South Park.

Canciones de Rock

Hoy les ofrezco un ejercicio que desarrollé en mi clase de literatura infantil y juvenil. Es un relato fantástico. Este cuento viene a cuento en este espacio porque explica el origen de las canciones de rock. Espero sea de su agrado; si les gusta regálenme un comentario o denme una señal.

Canciones de Rock

Había una vez en la selva negra un alegre clavicordio que pastaba a la sombra de un árbol. Saciado, y francamente empachado, se echó sobre su lomo a dormir la comilona. Víctima de un sueño pesado comenzó a roncar y ese resuello tomó la forma de una melodía barroca. Roncaba tan, pero tan fuerte que el sonido se alcanzaba a escuchar en un pueblo cercano. Nada podía interrumpir su siesta; nadie se atrevía a tratar de moverlo para suavizar su respiración. Estaba muy cómodo: cabeza sobre una roca, patas estiradas, tapado hasta la nariz con una cobija de césped y flores. Era la viva imagen del descanso tanto que si te acercabas podías verlo sonreír, pero nadie se atrevía porque la gente le tenía miedo.

En el pueblo acababa de instalarse un trovador. Extrañado por esos acordes preguntó a sus vecinos qué era ese maravilloso sonido. “Es el ronquido de un artefacto del diablo”, le respondieron unos. “Es una sirena come hombres”, contestaron otros. “Es un monstruo que cayó del cielo”, terció un despistado. Nadie se ponía de acuerdo. Johann, pues así se llamaba el bardo, decidió emprender una expedición a fin de investigar el origen de aquella armonía y por qué no, mirar a la presunta criatura de pesadilla. Entonces corrió a casa, preparó sus cosas: una barra de chocolate, un pedazo de pan, papel pautado, lápiz y su laúd. Caminó hasta llegar al claro del bosque de donde provenían las fantásticas respiraciones; subió sigilosamente a una colina que permitía observar al misterioso durmiente desde una distancia razonable por si era necesario correr. Se acostó bocabajo, puso atención y se sorprendió del inusual aspecto de aquel extraordinario ser vivo. Era grande como un piano de cola, tenía las patas doradas y el resto del cuerpo moteado como una vaca lechera; no era feo, solo extraño, muy sonriente y dormilón; no se ajustaba a la apariencia que se había figurado a partir de las ideas de los lugareños. El roncador continuaba imperturbable mientras Johann sacaba lápiz y papel para transcribir graves, agudos y pausas. De pronto el engendro de marras despertó, abrió los ojos cuan grandes eran, enderezó la cabeza y se puso a olisquear el aire. Su mirada se encontró con la de un sorprendido Johann que no sabía cómo reaccionar. Decidió quedarse quietecito como si se tratara de un oso, no fuera a ser que aquel individuo se sintiera amenazado y además fuera carnívoro. El clavicordio se le acercó, con la trompa abrió la mochila, examinó con su olfato las pertenencias del campista y de un solo bocado devoró el pan y el chocolate. Johann se alejó sin darle la espalda; primero despacio, después más rápido. Corrió de regreso a su casa para encerrarse a tratar de olvidar el peligro al que había sobrevivido.

A la mañana siguiente ni siquiera las campanas de la iglesia sonaron para llamar a misa. Era domingo y generalmente el bullicio de los niños despertaba a todo el pueblo; algo estaba pasando. Johann abrió su ventana para encontrarse cara a cara con el clavicordio. Tartamudeando solo atinó a decir: “p-po-por f-favor no me h-hagas d-daño”. La criatura lo miró con sus grandes ojos y le dio tal lengüetazo que por poco lo hace caer de espaldas; Johann suspiró aliviado al percatarse que el supuesto ente diabólico era mansito. A partir de ese día, ambos personajes fueron los mejores amigos. El trovador le rascaba la panza al clavicémbalo, le lanzaba una bola de estambre y hasta le hacía cariñitos detrás de las orejas; el instrumento emitía a cambio música celestial: sonatas, suites, oberturas, todo dependiendo de su estado de ánimo. La gente le fue perdiendo el miedo al artefacto al ver que no mordía a las personas y que su carácter era amable al punto de volverlo mimoso e incluso faldero. Johann se iba a trabajar todos los días mientras su fiel amigo lo esperaba en la estación de trenes. Así fue durante muchos años. Ambos compañeros envejecieron; después Johann enfermó gravemente, los juegos cesaron y finalmente falleció. Sus paisanos velaron su cuerpo, pero no dejaron entrar a su inseparable camarada porque en la funeraria no permitían la entrada a los animales; después del entierro su amado clavecín fue al panteón y lloró inconsolable; emitió un tristísimo réquiem que conmovió a las estrellas; las nubes se tornaron negras. Un relámpago cruzó el firmamento y comenzó a llover a cántaros. Al principio se precipitaron pequeños discos de color plateado: los primeros cedés; después, vinilos de colores: negro, rojo, azul, ediciones limitadas numeradas a mano. Y pensar que las canciones de rock que hoy conocemos se originaron a partir de un suave ronquido.