David Bowie (1947 – 2016)

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Enero y febrero, desviejadero. Al escuchar esa frase pensé en muchas cosas: en viejitas odiosas que se quejan de los ruidos de sus vecinos, en octogenarias con la TV a todo volumen, en ancianos muertos hacía un tiempo y delatados por el olor. Nunca pensé en David Bowie. Las estrellas de rock no deberían morir jamás.

Si ese fuera el caso, podría suceder que llegue un día en que uno de nuestros cantantes favoritos falleciera, entonces nos rascaríamos la cabeza extrañados: yo pensé que fulano era una súper estrella, no lo era… murió o mengana apuntaba a la inmortalidad, ¿en qué se equivocó? Por un instante imaginé a Ludwig van Beethoven, sordo y aburrido, atrapado en un tiempo incomprensible.

En esta ocasión no haré una semblanza de la carrera de Bowie. Voy a honrar su memoria recordando momentos en los que mi vida y su música se vieron involucradas, así ustedes se ahorran leer datos de enciclopedia mientras yo escribo con absoluta libertad.

En mi casa, mis padres no eran aficionados al rock, al contrario, mi madre escuchaba música clásica, trova cubana, conjuntos españoles edulcorados; mi padre, por su parte, era seguidor de las modas pasajeras, consumidor de éxitos radiofónicos y de todo aquello que tuviera una descarada orientación comercial. Así que, como podrán imaginar, no crecí escuchando a David Bowie. Soy un fanático tardío, pero sincero. Me inicié con el Hunky Dory (1971) no por recomendación, sino porque era el único álbum de la tienda. Me enamoré y al poco tiempo me aprendí las letras. Después, con esfuerzo, compré todos sus discos hasta llegar al Earthling (1997).

Siempre me fascinó su capacidad para adaptarse a diversos estilos dependiendo de la época. Del maquillaje y las lentejuelas a los trajes a la medida. Del folk rock a la electrónica. Bowie fue una fuente inagotable de temáticas apropiadas a cada momento, un reflejo vivo de una sociedad cambiante: camaleón, visionario, genio, artista todo terreno.

Un amigo muy querido me introdujo al álbum Black Tie White Noise (1993) y me prestó un VHS con sus videos, lo puse hasta el cansancio. Se terminaba, le regresaba, lo volvía a poner. Lo memoricé como las oraciones de mi niñez. Hasta la fecha no olvido ni uno ni otras. Después llegó a mi vida el Outside (1995). Recuerdo que copié el CD en un cassette y lo traje en el coche durante mucho tiempo. Eventualmente el disco me lo robaron durante una fiesta; la cinta se trabó en el estéreo, al sacarla se le salieron las entrañas y tuve que desecharla. Nunca lo repuse y desconozco el por qué.

Un día anunciaron el concierto en México y fui con mi primer amor. Los teloneros brillaron por su pobreza en el escenario y una falta sensible de apoyo por parte del público. No fue su culpa, en realidad ¿quién podría abrir una presentación de semejante monstruo? El concierto fue inolvidable, David Bowie resultó un artista amable, cálido, sencillo y sin pretensiones. Un genio entregado a su trabajo. Mi novia se portó fatal -no le gustaba particularmente-, pero eso no impidió que yo lo disfrutara. Ya han pasado algunos años de eso; ahora son solo recuerdos.

Durante algún tiempo le perdí la pista a Bowie. Regresaba ocasionalmente a sus álbumes clásicos: mucho Honky Dory, mucho mucho Diamond Dogs (1974), de vez en cuando The Man Who Sold The World (1970) y un larguísimo etcétera. Lo retomé en The Next Day (2013), un trabajo oscuro, lleno de canciones tristonas, videos promocionales gris plomo, esa portada que de una u otra manera presagiaba el final.

Hace ocho días desperté para encontrarme con malas noticias: Bowie había muerto. Sin salir de la cama puse su último trabajo, Blackstar (2016). Me invadió la tristeza. Blackstar es una suerte de despedida, un álbum pesado, triste, un evidente contraste con otros más coloridos, sin dejar de ser una línea interesante para su epitafio. El maestro estaba enfermo, se nota, pero este hecho no opacó la calidad de su arte, pues éste constituye la cereza de ese impresionante pastel que fue su carrera y una invitación a la reflexión: vida, fragilidad y finitud. Un día estamos aquí, mañana ya no.

No nos despedimos realmente. Bowie se reintegra al universo desprendido del cuerpo físico. Si todos somos parte de un todo, entonces no se ha ido, estamos con él y en él, forma parte de nosotros mismos, siempre lo fue. Hasta pronto.

Descanse en paz.

 

 

 

 

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